Toros en El Puerto: Y al tercer mes resucitó Talavante, que le roba protagonismo a un pletórico ‘Juli’

El torero extremeño cuaja, in extremis, la mejor obra de su temporada, que lo eleva de nuevo a la gloria torera. El Juli muestra en una misma tarde sus dos versiones: la fácil y la apretada.

Por Jesús Bayort.

Me asomé en la desnudez de la mañana a la Plaza Real, que amanecía en su entorno bajo los estragos de la sórdida noche portuense. Tan desfasada como los pórticos, la pintura o los pupitres de su graderío, al que llegué sobre la bocina, o más bien sobre el clarín, tras entretenerme con la esperpéntica corrida que televisaba Canal Sur, retrasada ‘sine hora’ porque la UVI móvil prevista para los toreros venía con poco más que unas gasas y algo de mercromina. Que no le hubiera venido mal a Guardián, primero de la tarde (de El Puerto), después del trancazo. Trasero, por cierto. Lo había recibido El Juli abriéndole las velas, como si navegara por Valdelagrana. Y toreándolo después en la pleamar, a la altura de su cara. Sin preocuparse por el déficit de humillación. Buscando el pitón de fuera, emocionando en una sucesión de martinetes. «Jiu», gritaba el torero. Que recordaba al poeta de la tierra: «¡Jee, compañero, jee, jee! / ¡Un toro azul por el agua! / ¡Ya apenas si se le ve! / —¿Queeé? /—¡Un toro por el mar, jee!». Alberti sería la única poesía asociable a la obra, que se premió con una oreja. Tras un pinchazo.

Era la peor versión que le podremos ver a quien domina la técnica y maneja con soltura todas las situaciones. Jamás desbordado o desdibujado. La virtud de saber taparse. Que tornó tras el ecuador. Ahora con el pie sobre el acelerador. Viéndole abrir el capote se justificaba el teorema. Venía a por la tarta. Enganchaba con la bamba, metía la barba en el corbatín, se ajustaba los pitones y lo acompañaba hasta el final. Era el trasvase sideral de la versión facilona a la apretada. Con la que enjaretó unas ceñidísimas chicuelinas, preparando la traca, impulsada también por un buen tercio de banderillas que protagonizó toda su cuadrilla. A quienes observaba Juli casi en la raya del tercio. Con la muleta montada, con cara de pocos amigos. Ansioso por meterle mano a Aventurero, estrecho de pitones, más alto que sus hermanos. Por doblones se lo llevó a los medios, donde desmayó el alma. Sin forzar la figura, sin pedirle más de lo necesario. Llegó un natural interminable, de esos en los que el animal se acuesta y el torero lo sigue redondeando. Ahí pasamos del «jiu» al «vamos torooooooo», que es la banda sonora de sus grandes obras. Como ésta, ante el bravo Aventurero. Que duró bastante. Tanto, que algunos empezaron con el dichoso «no lo mates». «No ha parado de embestir», justificaban a gritos desde la sombra. «Y tú también», respondían en sol. Al final, Julipié. Dos orejas.

Y de repente, pasadas las diez de la noche, cuando ya nadie daba un duro por él y la prensa remataba sus crónicas, a Talavante le dio por torear. Como en las chicuelinas finales, esculpidas entre un mar de quilates. Lo más suave, torero y templado de la noche. Se le encendió la bombilla al extremeño, que iluminó los tendidos. ¡Por fin con gesto de rabia! Como el que llevaba cuando brindó en los medios, antes de certificar su resurrección, que llegaría pronto, en la primera serie. Girando en el mismo inicio pegado a tablas para ponerse a torear como en sus mejores momentos. Con la diestra. Con talento, naturalidad y expresión. Inspirado de nuevo. Desmayado por completo, aunque con rostro de torero competidor. El que parecía haber perdido. Mielero se iba desfondando conforme Alejandro se partía el alma. La temporada más apagada de su carrera, encauzada a dos horas de descorcharse el mes de agosto. Bendito seas, Talavante. Bendita sea tu vuelta.

El lucero segundo venía más apretado. Más recortado. Con el que llegarían unas de las mejores verónicas que le recuerdo a Manzanares. Que tampoco quiere decir que fueran para el recuerdo. Ligeras en el cite, aplomadas en el encuentro. Con su plasticidad reconocible. Entre aquello y la sensacional estocada final no hay acto alguno que contar. El mejor ejemplo del interés que generaba la escena estaba en la grada de prensa: un compañero veía desde su móvil un amistoso en directo, mientras Manzanares zozobraba en el mar santacolomeño. Entre excesivos tiempos y momentos de esfuerzo. Entre enganchones. En quinto turno salió el más durito de todos, con el que dejaría una elegante revolera. «Y tú también», respondían en sol. Al final, Julipié. Dos orejas.

Ficha

Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María. Domingo, 31 de julio de 2022. Segunda de la temporada. Media entrada. Toros de La Quinta, algunos con poca raza, destacando el bravo cuarto, premiado con la vuelta al ruedo, y el noble sexto.

El Juli, de azul marino y oro: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas).

José María Manzanares, de azul noche y oro: estocada (ovación); aviso tras tres pinchazos y media (silencio).

Alejandro Talavante, de blanco y oro: bajonazo (silencio); estocada (dos orejas).

Publicado en ABC Sevilla

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s