El Diálogo de Platón.

Por Ramòn Rozas.

Toros de Garcigrande para El Juli, José María Manzanares y Tomás Rufo. Nobles pero justitos de fuerzas. Plaza de Pontevedra. Primera de La Peregrina 2022. Tres cuartos de entrada. Actuó como presidente Diego González Vicente y como asesor artístico Gonzalo Lorenzo Roldán.

El Juli, de ultramar y oro: Silencio. Una oreja que no recoge. Ovación.
José María Manzanares, de cobalto y oro: Oreja. Silencio.
Tomás Rufo, de marfil y oro: Oreja. Silencio.

Bueno, pues parece que nada ha cambiado y, en cambio, todo es ya diferente. La pandemia, rodeada de miserias y desafíos, si algo nos ha podido enseñar es el disfrutar cada uno de los instantes que la vida pone ante nosotros. Dos años sin toros son muchos años para una plaza más que centenaria, para una afición que, en su mayor parte, solo ve toros cuando llega La Peregrina, de ahí que el ambiente de este sábado en la plaza tenía un latido diferente al de los años anteriores al 2019, cuando el tiempo se detuvo.

Los tendidos ofrecieron una gran imagen que despeja cualquier duda sobre la implantación de la Fiesta en nuestra ciudad, para soponcio de los antitaurinos que se pasaron días y días colocando carteles, o pintando, sobre los carteles anunciadores de los festejos de este fin de semana. Una plaza que era un permanente rugido mientras mostraba las ganas y el deseo de conectar con los toreros, al tiempo que honrar a tantos miles y miles de pontevedreses que antes que ellos se vincularon a la Plaza de San Roque.

El rugido fue clamor cuando los tres espadas hicieron el paseíllo, pero el voltaje sonoro ya alcanzó su cénit en las dos decisiones de la presidencia que marcaron la tarde. La primera de ellas negarle el segundo trofeo a Tomás Rufo; la segunda, más de lo mismo, pero con diferente protagonista, El Juli. Tan fino hiló el presidente, y su asesor, que dejaron marchar dos orejas que pudieron ofrecer, dudas, más la primera que la segunda, pero que eran más que merecidas ante lo hecho por los diestros. Sobre todo El Juli en su segundo toro, ante el que hizo todo lo que debe hacer un torero, inventándose hasta el toro y culminando con una estocada inapelable que ya de por sí merecía la oreja ganada, pero antes del último instante hubo mucho y eso lo despreció una presidencia, y su asesor, para fastidio de los tendidos, pero, sobre todo, y esto es lo importante, en perjuicio de la Fiesta que en muchas ocasiones no precisa de esos alardes gratuitos del Cossío para premiar las faenas como si esto fuera Sevilla o Madrid.

Arrancó el paseíllo con unos minutos de retraso por la acumulación de espectadores en los vomitorios y entradas a la plaza que fue el termómetro, por un lado, de que se llega sobre la hora al festejo, y por otro, de que estábamos ante una gran entrada de público. Lo hizo desmonterado Tomás Rufo, como corresponde a su bautizo ante el público pontevedrés, que lo esperó con los brazos abiertos y lo despidió entre el clamor repetido de un apellido que viene para quedarse en el orbe taurino y que desde este sábado estableció un férreo vínculo con esta ciudad y este coso.

Abrió plaza El Juli con un mal toro, un flojito ejemplar de Garcigrande, como lo fueron sus compañeros de tarde. Ofrecieron nobleza pero poco motor y El Juli tuvo que emplearse a fondo para que no se cayese cada dos por tres el astado, pero la faena era imposible, y todo se quedó en silencio y a la espera de su segundo oponente. En ese momento Manzanares y Rufo ya se habían cobrado sendas orejas, así que El Juli sacó de galones y se empleó a fondo con su oponente, Bromista de nombre. Un toro que el propio Juli fue esculpiendo muletazo a muletazo y cuando parecía que allí no había más que carne para el guiso el enorme torero que es El Juli apareció y se inventó toro y faena, culminándola con la estocada de la tarde.

Ambas cosas no las supo ver el presidente, y su asesor, o no las quisieron ver ambos, mientras hablaban, hablaban y hablaban entre el clamor de pañuelos que pedían una oreja que ya debía darse al instante. Pero el jueguecito de los gachós era el de dejar pasar los segundos y los minutos, para que la petición de una segunda oreja quedara diluida en un tiempo que se les debió hacer eterno, ya que el flamear de pañuelos no cedía, yendo a más. Se dio esa oreja pero El Juli la dejó pasar mirando al palco desafiante ante lo que había ocurrido y que todo el mundo veía menos los que seguían dándole al palique.

Un toro que El Juli esculpió muletazo a muletazo, inventándose un toro y una faena, culminaba con la estocada de la tarde

Manzanares entendió muy bien a su primer oponente, el toro con más movilidad de la tarde. Lo recibió maravillosamente con el capote y después, con la muleta, pudo sacarle varias tandas con la mano derecha que tuvieron transmisión con el público y, tras una media estocada, suficiente para hacer caer al de Garcigrande, cobrar una merecida oreja. Voluntarioso con su segundo, sus escasas fuerzas le impidieron cualquier tipo de combate. Tardó en matar tras varios pinchazos, llegando un aviso, y pasaportándolo con el descabello.

Se esperaba a Tomás Rufo con ese gusto de esta afición por acoger a los nuevos toreros, a los que afrontan ese paso hacia adelante que supone enfrentarse a un toro y a toda una carrera. Lo traían hasta aquí los mejores vientos de una gran temporada y si algo dejó claro Tomás Rufo es que viene para quedarse, que será un descomunal torero a poco que las cosas le salgan bien, y no se encuentren a presidentes, y su correspondiente asesor, tan cicateros como los que este sábado tuvieron que valorar su labor.

Sobre todo con el primer toro de su lote. el segundo era imposible de fijar en la muleta y todo se quedó en silencio, pero antes vino el lío con un toro que costó templar en el capote pero al que supo meter en el cesto y sacarle unos esplendorosos capotazos, como demostró también en el quite posterior. Brindó a la afición, ya en ebullición ese primer toro pontevedrés, e inició de manera portentosa la faena con la rodilla en tierra y muy artista. Toreó con ambas manos alcanzando momentos muy intensos entre el batir de palmas del público. Con la izquierda, el pitón más complicado, se alargaba la mano exigiéndole al animal, al que supo cobrarle meritorios pases. Volvió a la derecha, que era el lado bueno y engarzó buenas tandas que hacían completa la faena que ya solo esperaba la suerte suprema para un éxito rotundo. La espada cayó un pelín baja, y eso puede ser lo que explica la negativa a esa segunda oreja, no sin antes otro prolijo diálogo entre presidente y asesor que ríanse ustedes del Diálogo de Platón.

Si algo dejó claro Tomás Rufo es que viene para quedarse, será un descomunal torero a poco que las cosas le salgan bien

La tarde remató con los tres coletas yéndose a pie entre una clamorosa ovación repartida a partes iguales, con El Juli cabreado, Manzanares como si acabase de posar para Armani y Tomás Rufo sonriendo ante el idilio que se acababa de establecer con una afición que este sábado respondió y atronó.

Publicado en Diario de Pontevedra

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