Los doce de José Tomás.

Su personalidad crece libre en los pliegues del alma y toma forma en la danza grávida del temple con el toro, en la lentitud excelsa de sus muñecas.

Por Jaime Roch.

El pasado domingo me reencontré después de algún tiempo con el maestro Diego Urdiales, siempre cargado de incitaciones luminosas, justo delante de la puerta grande de la plaza de toros de Alicante y tratamos de desgajar el delirio producido por los naturales de José Tomás una hora antes. Hablamos del sueño y la emoción que produce su toreo, capaz de propiciar piruetas y efluvios oratorios. Lo demás, como siempre, son palabras. Pero queda lo vivido y lo sentido en Alicante, plaza concebida por la figura de Galapagar como una especie de apostolado para compartir con su grey todo aquello que lo deleitaba y que no se pudo ver en su reaparición en Jaén.

Minutos después también saludé al matador de toros Alejandro Esplá, hijo del legendario diestro alicantino Luis Francisco Esplá, y sentenció que los doce naturales que trazó en su segundo toro solo los puede realizar José Tomás. Nadie más.

Precisamente, fueron solo tres tandas de naturales a «Azuzado», toro de la ganadería de Garcigrande, que no parece mucho a simple vista, solo que fueron un auténtico derroche de torería si se tiene en cuenta que cada una se compuso de al menos diez muletazos -la primera serie de hasta doce naturales- sin que el torero despegara los talones de la arena, cuando la mayoría de espadas de la actualidad no pasan de cuatro o cinco muletazos y el pase de pecho. Esos doce naturales fueron una sacudida emocional, se sintieron como si se tuviera la sensación de que una corriente eléctrica recorriera nuestro sistema nervioso.

En una técnica de claroscuro, las distintas faenas del torero de Galapagar se contemplan, se potencian en el recuerdo y se deconstruyen en cada vídeo. Por eso no veo a José Tomás en vídeo. Porque el propósito inicial es ver y vivir en directo esa explosión de torería que supone su forma de hacer el toreo tan pura como transparente. Y es que su tauromaquia es más que lenguaje porque alcanza zonas de nuestro inconsciente y nos adentra en nuevas dimensiones. Su toreo es terapia emocional, quiebra barreras que parecían inexpugnables en nuestro tejido sentimental.

El toreo de José Tomás es la vida misma con toda su realidad de luz y de tragedia, de túneles oscuros y de valles vestidos de sol. Nace proteico, generoso, arriesgado e indócil. Florece con una plenitud que envidiarían las rosas en primavera.

Él torea sin ser esclavo del tiempo, sin el chirriar de las cadenas de sus pies. Porque su personalidad crece libre en los pliegues del alma y toma forma en la danza grávida del temple con el toro, en la lentitud excelsa de sus muñecas. Porque toda su tauromaquia lleva en su carne la fuerza de la vida.

A primera vista, sentado en el tendido, todo parece normal, anodino, hasta que llega el impacto de su gran faena y te internas en un mundo insaciable, colmado por un ejercicio hedónico de valor y un gusto ecuménico por el toreo.

Él, con unos destrozos vitales en sus arterias tras la gravísima cornada de Aguascalientes que le obligan a un tratamiento semanal de anticoagulantes, refleja un indomable impulso de supervivencia, de la preservación de la forma frente al caos, del esfuerzo sobre la abulia, del espíritu sobre la materia uniforme.

Ese es José Tomás, un torero que, como los marineros de antaño que faenaban en las aguas feroces de Gran Sol, siempre regresa y se viste de luces porque el ruedo, como el mar, es el único sitio en el que es capaz de soñar con los ojos muy abiertos.

Publicado en Levante-Emv

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