Las Ventas: Se buscan toros bravos.

Rubén Pinar y Gómez del Pilar saludan sendas ovaciones ante toros con más trapío que casta de distintas ganaderías.

Por Alejandro Martínez.

Se buscan toros bravos -no toros de lidia, que de esos sí hay muchos en el campo-. ¿Dónde están esos toros que demuestran su bravura acudiendo con alegría al caballo para luego apretar con la cara abajo, metiendo los riñones? En la plaza de Madrid, en la corrida concurso de ganaderías celebrada este domingo, no. Eso seguro.

Se suponía que los astados elegidos serían los mejores de cada casa. Al menos por fuera daba gusto verlos. Animales muy en tipo de su encaste, de fuertes y hermosas hechuras y gran seriedad por delante. El de Juan Luis Fraile helaba el alma solo con mirarlo. El de Escolar quitaba el hipo con esos dos pitones… ¡qué pavo! Y el de Sobral era una auténtica belleza.

A la llamada de la corrida concurso acudieron, sin embargo, los mismos fieles de cada domingo. Los contados aficionados que quedan en Madrid. Y en el ruedo se pintaron, junto a las habituales dos rayas de picar, las otras correspondientes en un festejo de este tipo. El objetivo: colocar a los toros en suerte, cada vez a mayor distancia, para disfrutar del tercio de varas en todo su esplendor.

La intención, como siempre, era buena, pero no se cumplió. No hubo ni un solo tercio de varas para el recuerdo. A algunos de los astados solo se los colocó en suerte las dos veces que obliga el reglamento. Y ninguno tomó más de tres puyazos. Varios cumplieron bajo el peto, pero ninguno lo hizo de forma notable o sobresaliente. Es decir, ninguno se ganó su apellido de bravo.

Y este hecho, por recurrente, es cada vez más preocupante. La selección de los ganaderos actuales, mucho más preocupados en el comportamiento y duración de los animales en el tercio de muleta, está acabando con uno de los momentos más transcendentes de la lidia. Si a eso le sumamos la desidia de los matadores y la inutilidad de la mayoría de los picadores…

Un buen ejemplo de este mal hacer fue la actuación de Juan Manuel Sangüesa, encargado de picar al tercero de la tarde, de Pallarés, un ejemplar que demostró una exquisita calidad en el brillante recibo capotero de Gómez del Pilar. Perfectamente acompasado al temple de su oponente, el torero meció los brazos a la verónica, para rematar con hasta cuatro medias, a cada cual mejor.

Los tendidos, entusiasmados, hervían de emoción e ilusión. Podíamos estar ante una gran faena. Lamentablemente, en el camino de Gómez del Pilar y Pantera, que así se llamaba el toro, se cruzó Sangüesa. El puyazo bajísimo que le propinó acabó con toda esperanza de triunfo. Aunque el toro mantuvo una extraordinaria nobleza y fijeza, a cada paso que daba, en el momento en el que se quedaba quieto, dejaba un charco de sangre en la arena.

Brindó al público el torero, pero en cuanto citó al toro para el primer muletazo por el lado derecho, el animal acudió tambaleándose y sin poder alguno. Tenía casta, pero por ese maldito orificio se había evaporado casi toda la vida que le quedaba. Lo intentó Gómez del Pilar muy templado, pero aquello no tenía sentido. No era más que un simulacro de lo que debe ser esta fiesta.

A partir de ahí, la tarde no remontó. Y esa faena “que pudo ser” también pesó en el ánimo del propio Noé, que anduvo incómodo y descolocado ante el bello sexto de Sobral, que salió despavorido del caballo en cuanto sintió el hierro, aunque luego peleó por momentos. No estaba sobrado de clase y fondo, pero sí tuvo unas cuantas arrancadas que debieron ser mejor aprovechadas.

El que tampoco aprovechó una buena oportunidad fue Rubén Pinar. Si bien anduvo más que digno con el soso segundo de Fermín Bohórquez, frente al que dejó algunos naturales estimables a pies juntos, de frente y de uno en uno, no estuvo a la altura del encastado y codicioso quinto, de La Palmosilla, que acudió de largo al caballo, pero que luego salió suelto y manseando. Un toro que embistió sin descanso en la muleta de un Pinar despegado, acelerado y mecánico.

Y qué decir de Javier Castaño. Un torero con su valentía y experiencia debería saber cuándo ha llegado el momento de decir adiós. Es verdad que al salmantino le correspondió un lote muy difícil, pero también lo es que en Madrid no se puede ofrecer una imagen así.

Si desconfiado estuvo con el duro primero de Fraile, que iba cruzado, reponía y no dejaba de escudriñar la anatomía de su matador con la cara por las nubes, con el orientado cuarto de Escolar ni siquiera lo intentó. No podía con él y lo sabía mejor que nadie.

Al final, en un ambiente frío y otoñal, quedó la sensación amarga de otra corrida concurso sin toros bravos. Los hubo con casta -de la buena y de la mala-, sí, pero bravo, bravo, ninguno. Lo dicho, se buscan toros bravos.

Distintas ganaderías / Castaño, Pinar, Del Pilar

Toros de Juan Luis Fraile, duro, complicado y siempre con la cara alta; Fermín Bohórquez, noble, soso y descastado; Pallarés, noble, fijo, con casta y calidad, pero muy blando; José Escolar, duro, peligroso y muy orientado; La Palmosilla, noble, encastado, codicioso y de gran movilidad; y Sobral, manso, con cierta movilidad, pero poca clase y fondo. Todos bien presentados, salvo el de Pallarés, más justo.

Javier Castaño: pinchazo y estocada delantera y muy atravesada (silencio); estocada trasera y atravesada y diez descabellos (pitos).

Rubén Pinar: estocada (saludos); estocada desprendida (silencio).

Gómez del Pilar: estocada trasera (saludos); tres pinchazos y estocada traserilla, desprendida y atravesada (silencio).

Plaza de toros de Las Ventas. 25 de septiembre. Corrida concurso de ganaderías. Menos de un cuarto de entrada (6.721 espectadores, según la empresa).

Publicado en El País

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