Morante, un dios del toreo.

Por Jaime Roch.

A las cuatro de la madrugada del sábado, en casa del matador de toros Martín Pareja-Obregón, mientras escuchábamos un flamencoque nacía de unas voces tiernas a las que le faltaban horas de tabacoy alcohol, no cabía otra pregunta: ¿Morante le hubiese cortado el rabo al cuarto toro en Sevilla? Recordarlo a esas horas era ya directamente como invocar a un santo laico. ¡Maldita espada! Y, en cualquier caso, lo que pudo suceder ya jamás lo sabremos. Pero teníamos plena consciencia de que estábamos fabricando una acción narrativa que solo en parte correspondía a la atmósfera ominosa que nos perturbó durante la tarde.

Pero, efectivamente, si el genio de la Puebla del Río llega a enterrar el acero, la Maestranza, arrebatada como pocas veces se ha visto, sí que se lo hubiese pedido. Porque no fue una faena más de Morante en Sevilla. Fue la faena de su vida. Robusta, inmensa y nada artificiosa. La más comprometida, llegó a afirmar sin pudor el taurino Enrique Peña esa noche en plena vigilia con su cuñado Pareja-Obregón: «Es al único torero que le he lanzado mi sombrero. Y ha sido esta tarde. Cuando me lo ha dado, nos hemos dado un abrazo», apuntó el torero onubense.

Parecía que, para creérselo, había que volver a relatar esa experiencia onírica vivida en la plaza. Una historia a la que intentábamos proveer de rostros y ademanes pertinentes para dar cuerpo y no deconstruir los poderes mágicos de Morante en nuestro espacio psíquico. Ángel, un amigo de la universidad, se frotaba los ojos después de verlo torear: «No quería que se acabara», apuntó. Víctor, otro buen amigo sentado a mi lado, no se quitó el nerviosismo de lo vivido hasta que se metió en la cama, horas más tarde.

Porque ver torear a Morante es entender la aventura deslumbradora de la creación poética del milagro que supone el toreo. Porque el toreo es un verdadero milagro. Tanto en su nacimiento privilegiado como en su vivencia en directo dentro de la plaza. Porque Morante es la feliz idea de conservar, o de restaurar, el toreo de siempre, el memorable, que le llevaba a uno a sentir que en verdad había encontrado la faena en la que podría incluso quedarse a vivir.

En esta faena, su transformación como torero radicó en su ambición desmedida, desatada, y creció paulatinamente gracias a su sereno valor y un conocimiento exacto de las condiciones del animal, con una conducta de inválido en los primeros tercios.

Se olvidó totalmente del cuerpo para torear con el alma. Dejó claro que el toreo, cuando el sentimiento está por encima del músculo, es un espectáculo único, incomparable. Parece que se abusa del adjetivo onírico al calificar fenómenos que escapan de la noción habitual de la realidad. Pero Morante parece torear dentro del Jardín de las Delicias porque, como en todo El Bosco, parece irreal, plenamente onírico.

En esencia, la faena tuvo aquel apasionamiento creativo de Julio Aparicio con «Cañego» de Alcurrucén en Madridel año 1994. Y de aquella conmoción de valor que produjo César Rincón frente a «Bastonito» de Baltasar Ibán en Las Ventas el año 1991.

Morante obró la suspensión del tiempo gracias al temple que tan hondamente proyecta su muleta. Despacio, largo y profundo llevó la embestida con poca ligazón. Pero no importó. La magia del genio mejoró las virtudes del toro y reunió un paradigma de su camino vital como torero. ¿Tendrá alguien la capacidad de soñar mundos tan fabulosos y extravagantes como este?

La obra escultórica de su toreo a la verónica, con todo su personal expresionismo abocado al abismo de su creación, ya enloqueció Sevilla en su primer toro. Ahí faltó que la banda del Maestro Tejera le tocara la música. Sus verónicas parecen greguerías.

Tras salir de la plaza, abatidos emocionalmente, una sentida procesión de la Virgen del Rosario recorría los aledaños del coso del Baratillo camino de su capilla. El silencio abrasaba los adoquines de las calles. Pero quien de verdad debió procesionar por ellas fue Morante, un hombre que esa misma tarde se había convertido definitivamente en un dios del toreo.

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