Opinión: Pepe Faroles.

Desde el 7 de septiembre de 1943, desde el número uno del semanario Torerías (…) y hasta el número 58 (…) Pepe Faroles publicó crónicas taurinas cada martes.

Por Javier García – Gallano.

La tauromaquia es también una forma de geometría, de arquitectura, de danza, de escultura, de pintura, de música, de literatura…

Entre las derivaciones de géneros que proceden de la tauromaquia persisten plazas efímeras que retornan cada año como La Petatera en Villa de Álvarez, en Colima, creada cada febrero para las fiestas que llaman “Charro-taurinas” dedicadas a San Felipe de Jesús con madera recubierta de petates como la que rememora en Zapotlán el Grande, en el sur de Jalisco, Juan José Arreola en La feria. Se ha conformado asimismo de combinaciones de sonido de trompeta que sirven de anuncios y de un género musical inconfundible: el Paso doble. Agustín Lara, se sabe, le compuso uno al que designaron, no sé si de broma, Faraón de Texcoco: Silverio Pérez. Con naturalidad ha requerido de la creación de palabras y expresiones que ha adoptado la lengua común y también son parte de la lídia del toro como “olé”, “echar un capote”, “cuarteo”, “al alimón”, “farol”, y el género de la crónica se ha convertido en una suerte taurina.

Recuerdo un mano a mano en Bucareli en donde se discutía un foto-reportaje taurino, del libro editado por Ficticia en 2001 de Pepe Malasombra, en donde Francisco Montellano Ballesteros y José Francisco Coello Ugalde refieren la historia de la crónica fotográfica captada en 31 imágenes por los estadounidenses Charles B. White y William Scott de la corrida en la plaza de Bucareli de la Ciudad de México en la que alternaron, el 26 de diciembre de 1897, los toreros españoles Luis Mazzanttini y Nicanor Villa, Villita.

No pocos escritores mexicanos como Renato Leduc, Rafael Solana, Salvador Elizondo, Ignacio Solares, que fue juez de la Plaza México, Jorge F. Hernández, Marcial Fernández han escrito de toros. Desde el 7 de septiembre de 1943, desde el número uno del semanario Torerías, que ideó con su amigo Alfredo Valdez, y hasta el número 58, que circuló el 10 de octubre de 1944, Pepe Faroles publicó crónicas taurinas cada martes. No intentaba la descripción crítica de corridas de toros, sino que se trata de apuntes que recreaban lúdicamente lo que sucedía en el ruedo, en los tendidos, los personajes en que suelen convertirse ciertos espectadores, sus gritos ocurrentes, ciertos personajes que se vuelven espectadores, como María Félix y Agustín Lara. Sin mayores pretensiones, como un aficionado agudo, también se detiene a conjeturar sobre la temporada que se anunciaba en noviembre de 1943 o contemplar con admiración, sin profundidades falsas ni afectaciones de remedos andaluces acerca del toreo de Luis Castro, El Soldado, del que sostiene que “cada uno de sus pases es una escultura monumental” y en el de Luis Procuna, que cuando “ríe en el centro del ruedo, la muerte sale huyendo de la plaza”.

Alejandro Toledo refiere que “un día un amigo (boxeador) de un torero (Arruza), molesto por la reseña de la última corrida, anuncia que irá a la redacción de Torerías a golpear a Pepe Faroles; ahí conversa un rato con Josefina (Vicens) hasta que ella le dice:

“—Empiece a golpearme.

“—¿Por qué, señora?

“—Porque yo soy Pepe Faroles.”

Recientemente, el Fondo de Cultura Económica ha publicado el libro Crónicas de Pepe Faroles y otras escrituras de una escritora peculiar que no deja de descubrirse: Josefina Vicens, editado y prologado por Norma Lopero Vega, y un epílogo de Alejandro Toledo.

Publicado en El Universal

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