Aniversario Luctuoso: Cinco años sin Miguel Espinosa «Armillita Chico»

Por Trianero.

Miguel Espinosa Menéndez partió hace cinco años hacia las Alturas para continuar allá toreando como nadie con la muleta en la mano izquierda. Su aclamada faena terrena llegó a su clímax y ahora la reanuda entre los privilegiados que, como él, han tenido la dicha de ver cara a cara al Creador.

Miguel ya no está más entre nosotros y su salida nos dejó apesadumbrados. No esperábamos que se fuera todavía joven y duele que un amigo de las prendas humanísticas que acumuló, haya emprendido el camino que no tiene regreso.

Es urgente, antes de continuar, deslindar las dos personalidades fundidas en él: la del torero que rayó a las mayores alturas, que triunfó en todas la plazas y que alternó con todas las figuras. Y la del ser humano que supo dar amistad.

Miguel fue un digno continuador de la dinastía Armillita nacida de sus ancestros y que encontró en su padre, el Maestro de Maestros don Fermín Espinosa Saucedo, a su máximo símbolo. Estando activo en el toreo, repetía que el sobrenombre ayudaba para su carrera en los ruedos, pero que era mayor el peso de la responsabilidad.

Era de pocas palabras, porque él hablaba con el capote, con las banderillas -hasta que las lesiones lo hicieron olvidarse de colocar palitroques- y, principalmente con la muleta: esa zarga de intenso color fuego que encendía pasiones y arrebatos en los tendidos, más cuando la portaba en la mano zurda.

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Una vez escribí, y lo creo uno de mis pocos aciertos descriptivos, que como Miguel Espinosa nadie toreaba con la izquierda. De aquí y de allá. Y después se lo escuché decir a Enrique Ponce, que lo admiraba como persona y lo reconocía como torero.

¿Y de qué era capaz Miguel al lidiar los toros propicios por ese pitón?. Pues de construir magistrales conciertos de bien torear y de enloquecer a los aficionados. Las faenas que ejecutaba acababan con el corte de rabo o llegaban a la excelsitud del indulto. Una vez, en la Monumental de Aguascalientes, toreando un primero de mayo, se desató el vendaval y la tormenta de tierra lo cubrió todo. Los aficionados nos resignamos a que el animal, que tenía buenas hechuras, se iría al destazadero con las orejas porque la muleta de Miguel se ponía horizontal.

Sin embargo el torero lo fue a carta cabal. Se impuso al huracán y en la mitad del ruedo cuajó un trasteo por el lado siniestro, que fue la perla mayor del joyel. El público enronqueció de tanto jalear los pases e hizo dar al lidiador tres vueltas al ruedo, tras del indulto del bravo ejemplar. Pero aquello no fue jornada de excepción, sino una de las muchas, muchísimas tardes en las que Miguel Espinosa abandonó los cosos en hombros de los aficionados.

Ni es la circunstancia, ni tampoco viene al caso hacer una biografía taurina de quien fue figura de los redondeles sin adornos de plástico. Miguel tenía la virtud no de reinventarse, que no era necesario porque su estructura torera era sólida, pero sí de refrescarse para que su toreo perfumado soltara nuevas fragancias tarde a tarde.

La otra parte de Miguel Espinosa era su calidad como amigo. Lo fue de verdad. Si a los toros no les daba coba, a los amigos menos. Franco, sincero, sin medias verdades, llamaba a las cosas por su nombre, sin dobleces.

Los que lo admiramos como hombre de una sola pieza, muchos o pocos, conservaremos imborrable su recuerdo y le repetiremos, ahora que está en las Alturas, la consigna que tantas veces le oímos decir a su queridísima señora Madre, doña Nieves Menéndez, en la finca de Chichimeco:

Miguel, ¡la pata pa´lante!.

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