Obipso y Oro: La última Puerta Grande de César Rincón Por Fernando Fernández Román.

Con la llegada del frío, la España taurina se congela. Más aún en estos tiempos en que el negro toro de la incertidumbre tiene colgado del pitón a una de las referencias más certeras que la tauromaquia ha tenido a través de los siglos: Hispanoamérica; dicho así, con todas sus letras, que ya está bien de hacer títeres con eufemismos al respecto. Desde los Estados americanos de Arizona, Nuevo México y Texas, hasta la punta más meridional de la Patagonia, todo dios habla español, que para eso sobre aquellos mares oscuros e inciertos navegaron Magallanes y Elcano, hace 500 años, en la hazaña marítima más apasionante que vieron los siglos, salvo que ahora sea ignorado en la nueva Ley de Educación de nuestro país. Casi al mismo tiempo, tierras arriba, llegaban al México de Hernán Cortés los primeros toros bravos, importados de España. (Digo que se habla nuestro idioma en toda esta gran tajada del mapamundi, salvando, naturalmente, Brasil, donde se entienden y comunican en portugués, que es casi lo mismo). Pero a lo que íbamos: en esa América tan querida, la fiesta de los toros está siendo zarandeada por unos vientos ideológicos que se apoyan en el brazo con que se ejecuta el pase natural y las corrientes animalistas que soplan a su vera. Van de bracete. El golpe más duro, el más trascendente por lo que su repercusión reporta, lo ha recibido la plaza de toros más grande del mundo: la “México” de la avenida de Insurgentes, en paro indefinido –cerrada “provisionalmente”– hasta que se solvente el pelito sobre una “queja” que fue admitida por la justicia de aquél país, y parece que va para largo. También en Ecuador, Venezuela, Perú y Colombia tienen problemas, de este tipo y variada envergadura. En Perú, de momento, está sostenida la ambivalencia (sí-no a la tauromaquia) por el surgimiento de la figura más taquillera de este tiempo: Andrés Roca Rey, verdadero ídolo de masas. Colombia, en cambio, ha dado un paso de gigante en favor de la pervivencia de los festejos taurinos a raíz de la intervención del torero César Rincón, el pasado día 2, en la Cámara de Representantes de Colombia, haciendo un alegato de gran carga emotiva, recordando a sus “señorías” que las plazas de toros fueron su colegio y su universidad y que su triunfo como torero en la Plaza más importante del mundo –cuatro salidas consecutivas en un mismo año por la Puerta Grande de Las Ventas—supuso el cumplimiento de un sueño que parecía imposible, una hazaña muy difícil de igualar para las siguientes generaciones de toreros. Él, un colombiano, lo logró practicando “su” tauromaquia y con ella, aseguró haber adquirido un cómputo de valores éticos y culturales que derivaron en el reconocimiento universal a su arte, incluso ser condecorado por el Presidente de la República de su país por el bien que para Colombia y los colombianos –en una época en que Colombia no era una referencia grata, precisamente—representó aquella gesta del año 91 del pasado siglo; y, sin embargo, ahora –“ahorita”—, ese mismo colombianito feliz y abrumado por tanto agasajo y tan tumultuaria veneración ha pasado de ser, para sus compatriotas, de ídolo incontestable a asesino repugnante. ¿Cabe mayor aberración? César ha suplicado, ha rogado encarecidamente, a los representantes del poder legislativo y ejecutivo de Colombia que rechacen la Ley que haría efectiva la prohibición de la tauromaquia. Resultado: la prohibición ha sido rechazada, aunque por el estrecho margen de tres votos. Es la quinta vez que los políticos de esta parte de la América taurina echan puñadas de arena entre los engranajes de la historia, la cultura y la tradición del país que gobiernan. Ahora bien, si desde la propia España los políticos zurdos y separatistas –los que nos gobiernan, vaya– no paran de arrimar leña seca a la hoguera en que maniatan a todo lo que lleve el marchamo genuino de español, ¿qué vamos a esperar de los países de nuestra lengua que siempre estuvieron unidos al nuestro por inmarcesibles lazos fraternales? Si las elites con poder decisorio no están por la labor, va a costar un trabajo ímprobo poner en marcha de nuevo la tauromaquia en América. Este invierno se nos va a hacer más largo, y más frío, que nunca. América era el bastión que mantenía a la tauromaquia en plena vigencia, la referencia imprescindible para contar cosas taurinas, la llama que calentaba pasiones e iluminaba el surgimiento de toreros que en España no acababan de despegar y de la América hispana los que llegaban hasta aquí con la benéfica aureola de valores nuevos. Menos mal que César Rincón ha echado una manita a la tauromaquia en el palenque para él más insólito, por desconocido: el del ágora o foro donde se decide, nada menos, que el régimen y modo de vida las gentes que pueblan un país, esto es, el pueblo soberano. De momento, Colombia ha ganado una batalla, una más; pero no duden que tratarán de repetir, de probar suerte. No tienen nada que perder.

En aquella corrida de Crotaurinos –15 de diciembre de 1991, creo– que tuve el honor de narrar desde la Plaza Santamaría de Bogotá para la televisora RCN, junto a mi querido y admirado tocayo González Pacheco, César Rincón se hizo presente en el ruedo envuelto en su capote de paseo. En los tendidos, una gran pancarta proclamaba: “Gracias, César, nos has hecho grandes”, o algo así. En las localidades de honor, la presencia del Presidente de la República, los que anteriormente lo fueron y eminencias nacionales, como el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. El alboroto de gozo fue ensordecedor. César Rincón, que actuaba en solitario, se desmonteró y dejó que una lagrimilla se deslizara, mejilla abajo. Me emocionó aquello –¡todavía! me emociona–, pero traté de disimular con la ayuda de mi compañero de locución. Hoy, en este invierno que asoma el hocico, el César colombiano ha vuelto a hacer de las suyas: revitalizar la tauromaquia, ponerla en el lugar que le corresponde. Y, de paso, también a su país. Gracias, torero. Acabas de conquistar otra Puerta Grande. La última, de momento. Eres –ya lo sabía—un fenómeno.

Publicado en Republica

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