Obispo y Oro: A vueltas con el “medio pecho” Por Fernández Román.

El pasado viernes, tuve la fortuna de recalar en Osuna –a requerimiento de su Círculo Taurino–, y me quedé flipado ante la exuberante belleza de su arquitectura urbana. Iba serpenteando en mi coche por sus calles angostas y se me echaban encima de la vista palacios, casonas e iglesias de distinto rango, con sus capillas dedicadas a la liturgia de devociones varias. Blasones por doquier y ventanas de reja casi hasta el suelo, especie de prisiones con fraileros que parecen encerrar promesas y amoríos de antaño, en ese “pelar la pava”, tan genuinamente andaluz, acuñado por el romanticismo de hace doscientos años. Osuna es una urbe limpia y hermosa, la cual, a la inconclusa luz del incipiente anochecer, parecióme tener parentela con los travertinos de la Roma imperial. Todo es piedra en Osuna, al menos en el cogollo de su viejo casco urbano. Una piedra preciosa. Un ejemplo fehaciente de la consecuente política urbanística que, siglas de partidos aparte, ha sabido enaltecer y cuidar su patrimonio histórico, librándolo de las voracidades de grúa y andamio que han prostituido la monumentalidad de ciudades emblemáticas en la España de anteriores decenios. También su coqueta y centenaria plaza de toros es un monumento arquitectónico de primer orden. Remodelada sin atisbo alguno que sugiera pérdida de identidad con la principal función a que se dedica –escenario de festejos taurinos— la inauguraron Antonio Montes y Machaquito, ambos figuras de la tauromaquia en el primerizo tramo del pasado siglo. Allí me llevaron los más significados miembros del citado Círculo, poco antes de que se abriera el portón de la Casa de la Cultura y diera comienzo el acto para el que fue recabada mi presencia: hablar de toros y tratar de averiguar el lugar hacia dónde va la Fiesta en este tiempo de preocupaciones e incertidumbres. Y allí, al calor del animado coloquio que epilogaba una breve alocución, en la que me permitir advertir de las corrosiones exógenas que acechan a la tauromaquia contemporánea. Y, comoquiera que puse en escena las “canonizaciones” implícitas que –a mi juicio– llevan siglos rigidizando las formas de torear, a golpe de estereotipos y obtusas incoherencias (unas, fruto de la venalidad y otras de la ignorancia), me di de bruces con el “medio pecho”.

Definición, oída y repetida en multitud de ocasiones: para torear bien, hay que citar ofreciendo el “medio pecho” al toro. Quien no dé el “medio pecho” al toro en el cite, está abocado a la perdición. Todo lo demás, esta maculado de facto. Sin el “medio pecho” previo, la suerte nace prostituida. Y digo yo; ¿por qué solo “medio”, y no “todo”? Y alguien me responderá: “porque así lo mandan los “cánones’”. Ah, los “cánones”; pero, cuales, ¿los de Pepe Hillo, los de Paquiro, los de Guerrita, los de Domingo Ortega? ¿A qué “cánones” me agarro yo para preconizar lo del ”medio pecho”? Mucho ojito, porque, con independencia de las épocas en que fueron difundidos, entre ellos no hay más que contradicciones.

Ahí, en la fotografía de arriba, tienen ustedes un ejemplo de cite con el “medio pecho”. Perfecta, la imagen. Bella a más no poder. Pablo Aguado mira fijamente al toro, enfrontilado con él y, se supone, la muleta en la mano izquierda para interpretar el pase natural. ¿Cómo será ese pase? ¡Ah, no se sabe! Aún está por hacer. El cite (con el “medio pecho”, o sin él) no es más que un previo imprescindible, una insinuación postural para provocar la arrancada del toro y poder ejecutar la suerte. Y la suerte, que es lo verdaderamente importante, tendrá belleza y magnificencia… o será un trapazo deslavazado, según sea la embestida del animal o la capacidad artística –la de Aguado, por cierto, no se discute—del torero para conducirla; por tanto, el cite no es más que el preámbulo del asunto a tratar; y todo preámbulo tiene como misión advertir sobre lo que viene a continuación, y en la cuestión que nos ocupa, podríamos definirlo como una declaración de intenciones, de buenas intenciones si se quiere, pero no es en forma alguna condición sine qua non para interpretar el arte del toreo, porque en todas las artes –y el del toreo, lo es– la obra es lo principal, no su preámbulo.

Es como lo del “toreo eterno”. Oiga, no; el toreo, el Arte del Toreo, siempre ha contado con maestros irrepetibles que dejaron una huella imperecedera, genios puntuales que han marcado (enmarcado) épocas bien definidas, motivo por el cual pasaron a la historia con el nombre de sus más preclaros intérpretes. Uno tras otro, han ido abriendo paso a la inevitable y necesaria evolución de la Tauromaquia, empleando formas diferentes de crear arte frente a un riesgo llevado a sus máximas consecuencias. Por tanto, de “eternidad”, nada. Las normas, o “cánones” de los canónigos de años –¡siglos!—atrás, fueron inexorablemente pulverizadas por los genios capacitados para aportar las nuevas emociones que acabaron llegando con el paso del tiempo. Cinco o seis toreros irrepetibles, no más. Todos, sin excepción sufrieron el latigazo de los sanedrines coetáneos; pero acabaron con el “paso atrás”, el “codilleo” y demás zarandajas precursoras del rosario de tópicos que todavía se usan en la actualidad. En resumen: el “medio pecho”, sí, es una forma de ponerse ante la cara del toro. Una más, pero no la única.

Habría que ver cómo se ponían los galanes de Osuna ante la reja del ventanón de la calle de San Pedro para conquistar a la mocita morena, de moño apretado, que le sonreía tras la celosía de hierro forjado. Labia y maña. Exhibición de cintura de mimbre y patilluda faz. Ni más ni menos. Entonces, lo de pedir que se ofreciera el pecho –ni siquiera el “medio”– debía ser pecado mortal. Como ahora en los toros, pero al revés.

Publicado en República