Manzanares, Deborah Kerr y Dominguín (con su Picasso) en una tarde de San Juan.

A principios de los años setenta del pasado siglo, un joven alicantino que acababa de aprobar sexto de bachillerato se disponía a disfrutar de las Hogueras de San Juan. Después de permanecer confinado varias semanas preparando los exámenes finales, se dio cuenta, al poco de pisar la calle, de que se respiraba un ambiente diferente al de otros años. La prensa y las radios locales no paraban de anunciar la corrida de la tarde de San Juan y de resaltar que el diestro del barrio de Santa Cruz, José Mari Manzanares, tomaría la alternativa.

Una mañana, tomando un aperitivo en un bar, escuchó una conversación de dos taurinos. Uno enumeraba los éxitos del novillero de la ciudad y el otro enfatizaba que Luis Miguel Dominguín —que había reaparecido hacía dos semanas después de su retirada una década atrás— torearía en Alicante porque quería apadrinarlo y que el testigo sería El Viti, uno de los grandes espadas del momento. El joven estudiante había oído hablar de Manzanares, aunque ignoraba su carrera como aspirante a torero, pero lo que sí conocía y bien eran las andanzas de Dominguín, porque sus padres solían comprar revistas del corazón.

Conforme se acercaban las fiestas, se sorprendía al ver que el aluvión de noticias que inundaban la capital no guardaba demasiada relación con el evento taurino en sí. La que más destacaba era que Deborah Kerr, protagonista de dos de sus películas favoritas —Las minas del rey Salomón y Quo vadis?— asistiría a la corrida. Por esos días, leyó en un periódico una entrevista con la estrella de Hollywood, en que le preguntaron el motivo de estar en Alicante y ella, que hablaba un español bastante fluido, respondió que había venido con su marido a ver torear a Luis Miguel, pues lo conocían desde hacía muchos años y que, como esta corrida era muy importante para él, necesitaba a sus amigos para animarlo. Por si faltara poco, circulaba el rumor de que Dominguín luciría un capote de paseo diseñado por Picasso.

Ante tal expectación, se dijo: “Esto es algo más que una corrida de toros, es un evento de la historia de Alicante que no hay que perderse”. Así que se apresuró a comprar una entrada, antes de que se agotasen. Tuvo suerte y pudo adquirir una a un precio asequible para su bolsillo. Llegó la fecha esperada. Partió con tiempo y, al llegar a los alrededores del coso, vio que era un hervidero de gente. Curiosos, espectadores y numerosos medios de comunicación: periodistas, fotógrafos, locutores de radio y equipos de televisión. Nunca había visto nada igual.

Entró a la plaza, tomó asiento en lo alto de un tendido y oteó el graderío. “En unos minutos estará hasta la bandera”, pensó. Poco después de que la banda de música amenizara el preámbulo con A la llum de les fogueres, dio comienzo el paseíllo. Nada más aparecer la terna, la parroquia estalló en un clamor. “El público está entregado y, aunque hagan una petardà, seguro que recibirán aplausos. Los pitos están terminantemente prohibidos esta tarde”.

Y, al igual que muchos, sus ojos convergían en Dominguín. Por un instante, se perdió en sus recuerdos y evocó los comentarios de un tío suyo que, en cierta ocasión, le contó que las malas lenguas le echaban la culpa del desafortunado percance de la corrida de Linares donde Manolete sufrió la fatídica cogida. Escudriñó su capote de paseo y efectivamente le pareció picassiano, apreciación que la prensa confirmó al día siguiente.

Cuando todos estaban en pie ovacionándolos, miró hacia abajo y se percató de que en las localidades de la exclusiva barrera, alguien concentraba todas las miradas. Era una mujer elegantemente vestida que lucía un cabello rubio platino. Y, justo cuando hilaba cabos, uno de la fila de delante se lo confirmó. “Esa es Deborah Kerr”, anunció en voz alta mientras la señalaba puro en mano.

Al asomar el primer ejemplar por la puerta de toriles, enseguida descubrió que correspondía al de la terreta. Se extrañó porque en el cartel figuraba que era el tercero en el orden de actuación. Preguntó el motivo a un aficionado de al lado y le aclaró en un tono docto que el diestro que toma la alternativa actúa siempre en primer lugar. Cuando llegó el momento de la lidia, asistió con curiosidad a la ceremonia de la alternativa en la que se intercambiaron los “trastos”, capote y muleta con espada, entre Manzanares y su padrino. El de Santa Cruz ejecutó una extraordinaria faena que le valió los máximos trofeos. “No hay duda de que va para figura del toreo”.

Y lo que la concurrencia más ansiaba llegó cuando apareció el primer toro de Dominguín, que se encontraba apostado en el callejón muy próximo a su amiga. El joven vio cómo el matador escrutaba a su pareja de baile, mientras daba unas caladas a un cigarrillo acodado sobre la barrera. Después de que el morlaco recorriera el albero, apagó el pitillo, cogió el capote que le entregó un subalterno y salió al ruedo por el burladero más cercano. Avanzó unos pasos y se paró mientras abrazaba el capote y mordía la esclavina. Dominguín atrajo su atención desplegando el capote y moviéndolo en alto en un armónico vaivén. El astado se cuadró, lo miró desafiante y partió a todo galope en su busca. El padrino cortó en seco su embestida con el engaño, seguido de una serie de verónicas, algo pintureras y gustándose, que arrancaron los primeros olés de la afición. Se mascaba la apoteosis. Algunos fotógrafos se habían colado al callejón y eran sacados por las fuerzas del orden y miembros de las diferentes cuadrillas.

Tras los picadores y banderilleros, Dominguín cambió el capote por la muleta y marchó lentamente hacia el centro del anillo, sin perder de vista a su enemigo, entretenido por un subalterno que entraba y salía, como en un gag cómico, por los dos accesos de un burladero, mostrando en un visto y no visto su capote. “Verdaderamente, esto es caminar como un torero: erguido, hombros atrás, mentón elevado… y, además, con un innegable aire de chulería”. En ese momento, le vinieron a la memoria los reportajes del ¡Hola! donde aparecía acompañado de actrices de sus numerosos romances: Ava Gardner, Rita Hayworth, Lauren Bacall…

Dominguín detuvo sus pasos, mostró la franela roja al toro y lo citó con una sonora interjección taurina. El animal lo oyó y arrancó veloz al encuentro, dando comienzo a una lucida serie de pases que pronto arrancó los aplausos. Al continuar la faena con el silencio expectante del público, un vozarrón rugió desde el tendido: “¡Maricón!”. El diestro madrileño giró la cabeza un instante hacia donde procedía el exabrupto y, sin parar de torear, le respondió con un sonoro “¡Tu padre!”. Una fuerte ovación llenó la plaza entre el regocijo general. Un aficionado cercano al estudiante dijo con sorna: “A Dominguín se le podrá llamar de todo, menos maricón”.

El Viti tampoco defraudó al respetable con su primero, pero el joven pensó que esa tarde la gente estaba más pendiente de sus compañeros de terna que de él. El toricantano, ya torero, y su padrino, repitieron triunfos en los segundos de su lote por lo que fueron paseados a hombros, poniendo el broche de oro a una tarde para recordar en la historia de la ciudad. Satisfecho de la glamurosa experiencia que había vivido, el joven estudiante cenó con su cuadrilla de amigos en una barraca y, luego, como todos los años, bajaron a ver la cremà de la hoguera del Ayuntamiento.

Publicado en Alicante Plaza

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