Obispo y Oro: Serrat, uno de los nuestros Por Fernando Fernández Román.

Ahora que Joan Manuel Serrat ha dicho adiós a los escenarios, me viene a la memoria el día que fui con él a los toros, en Madrid. Era mi etapa de universitario, en la que compartía mi afición a los toros y mi devoción por el periodismo taurino con los libros de texto de resistencia de materiales de construcción, las homotecias y giros de la geometría descriptiva y otras asignaturas de engorroso aprendizaje, con las que afrontaba mi futuro más o menos inmediato para obtener la titulación en lo que, muy aína, se llamaría Arquitectura Técnica.

Fue en la mañana del 14 de mayo de 1968 cuando apareció en la redacción del conglomerado de revistas y periódicos que editaba don Eugenio Suárez, en la calle Sagasta de Madrid, el periodista Antonio D. Olano –la D, de Domínguez—y me sugirió: “¿Vienes esta tarde conmigo a los toros?; vendrá también Joan Manuel Serrat y tengo tres entradas”. La sorpresa por la invitación duró un suspiro, porque, de inmediato, acepté. En aquél momento Serrat estaba en el foco de la polémica, al rechazar ser representante de España en el Festival de Eurovisión si no cantaba en catalán… Por supuesto, en aquellos tiempos, la disyuntiva era poco menos que un intolerable y antipatriótico desafío, lo cual propició que el cantante y compositor catalán –entonces en una emergente e imparable ascensión en su carrera musical– se viera desplazado o marginado de cuantas galas o actuaciones tuvieran que contar con el implícito beneplácito del Régimen. La historia es bien sabida: su puesto lo ocupó la cantante Massiel y la intrépida muchacha, casi una desconocida, ganó el Festival con aquel “la, la, la”, que interpretó con minifaldero ímpetu, ganándose legítimamente el primer puesto en el popular Certamen de música ligera (digámoslo así), en que competían varios países del continente europeo; un galardón tan preciado como perseguido por la España de aquella época; por tanto, para un estudiante algo rebelde y en pleno mayo del 68, lo de compartir localidad en las Ventas con el también rebelde Joan Manuel Serrat parecióme una oportunidad inmejorable para testar, de primera mano, tanto sus opiniones acerca del personal estado de la cuestión como su afición a la fiesta de los toros.

He de reconocer –ahora lo hago público, sin ambages—que no saqué nada en limpio de ambas cuestiones. Serrat se llevó a los toros el ejemplar del Tendido 13 de esa semana y se limitó a hojearlo, sin demasiado interés. Tendido 13 fue una revista taurina de fugaz recorrido –apenas dos años— que fundamos tres escisiones de El Burladero: José Escamilla, Alfonso de Aricha y servidor, el mismo que en ese instante miraba de reojo a su compañero de localidad, constatando que a Joan Manuel solo parecía interesarle la información gráfica, es decir, lo que en mi pueblo llamaban ”los santos”; por tanto, mi conversación con él no pasó de ligeras explicaciones sobre algunos aspectos de la lidia y el comportamiento de los toros, mientras Antonio D. Olano no quitaba ojo a lo que se avistaba desde el tendido que nosotros ocupábamos; no tanto a lo que ocurría en el ruedo como a los movimientos de las caras conocidas que pululaban por el callejón o las barreras y contrabarreras, es decir, lo que entonces se conocía como “la jet set” o el “todo Madrid”. Olano era un periodista de los llamados “del corazón”, pero, también, un gran aficionado a los toros.

El cartel de esa corrida de la feria de San Isidro, estaba integrado por Antonio Ordóñez, Miguel Mateo Miguelín y Manolo Cortés, que confirmaba alternativa, con toros de Urquijo de Federico. Fue la primera vez que vi torear a Ordóñez en pleno uso de razón taurino. Me fascinó. Se reveló ante mis ojos como artista inconmensurable en el cuarto toro de la tarde, un murube bravo y noble, al que el maestro de Ronda le cortó las dos orejas. ¿Qué hizo Ordóñez esa tarde? Pues, verán: citar al toro con la pierna llamada “de salida” ligeramente retrasada, adelantar la muleta hasta dar con sus flecos el belfo del animal e imantarlo en la tela, muy despacito, tirando de él aún con lentitud mayor y quebrando la cintura con ampulosa armonía, para acabar el pase –circunloquio eterno– hasta muy detrás de la cadera. Y así una y otra y otra vez. Con la derecha y la izquierda, cerrando las series con el candado del pase de pecho majestuoso y desplantándose con arrogancia ante la cara del toro, plegando su muleta en un lateral de la cintura. Eso fue lo que hizo antes de matar de una estocada entera. Probablemente, en el “rincón” que descubriera el ínclito crítico Cañabate, pero puedo asegurar que esa tarde vi al público de Madrid ebrio de entusiasmo. Arrebatado. “Ordoñizado”, como nunca.

Hoy, probablemente, algunos espectadores le habrían afeado a Ordóñez el cite, o la postura –apostura—con que interpretaba su inimitable concepto del arte del toreo. Son los hijos o nietos de los que bramaban oles en cada lance o muletazo, los que vitoreaban al artista en su lentísima vuelta al ruedo. Aquel día del mayo del 68, fue sin duda una de las tardes en que más he disfrutado en una plaza de toros. La tarde del día en que me deslumbró un torero y consumí más de dos horas de mi vida junto a uno de los genios de la música española. O catalana, me da igual. Un cantautor irrepetible que dos años después se retrató en el patio de cuadrillas de la Monumental de Barcelona con Sebastián Palomo Linares, evidenciando su sintonía con algo tan genuinamente español como la tauromaquia. La anécdota que me sirve para este cometario no es más que la refutación personal de que Joan Manuel Serrat es uno de los nuestros.

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