Lama de Góngora, un torero curtido en mil batallas con cara de niño bueno.

Encandiló a Sevilla por la Puerta del Príncipe como novillero sin caballos, ha madurado en América y mantiene la ilusión por el triunfo.

Por Antonio Lorca.

En la anochecida del 12 de julio de 2012, la Real Maestranza de Sevilla se encandiló con el toreo de un chaval nacido a pocos metros de los muros de la plaza y lo sacó a hombros por la Puerta del Príncipe. La afición quedó embelesada por el sentimiento de aquel novillero sin caballos que, además, se anunciaba como Lama de Góngora, sus sonoros apellidos reales que parecían elegidos con mimo para un artista.

Sevilla, tan veleidosa siempre, lo adoptó como hijo propio; no en vano había nacido en el taurino barrio del Arenal, donde se ubica el templo maestrante, procedía de una familia de clase media (la madre, secretaria judicial, y el padre, perito agrícola) y tenía una enternecedora cara de niño bueno. Aquel joven —solo tenía 19 años cuando el trascendental suceso zarandeó su vida— reconoce hoy, a pocos meses de cumplir los 30, que ese triunfo fue “muy impactante”. “A esa edad”, explica, “solo tienes sueños, e intentas ser consciente cuando uno de ellos se hace realidad, pero carecía de la madurez necesaria para asimilar lo que me sucedió”.

No ha perdido su semblante, pero ya es un hombre maduro y curtido por una experiencia vital que, profesionalmente, no ha sido todo lo propicia que aventuraba aquel resonante triunfo maestrante. Tomó la alternativa hace siete años, aún no la ha confirmado en Madrid y necesitó refugiarse en México y Perú para buscar las oportunidades que aquí no encontraba.

A pesar de todo, Francisco Lama de Góngora Paco para su entorno—, no ha perdido la fe en sí mismo. “Creo que soy un torero que aún tiene mucho que decir”, afirma, “y solo necesito un empujón; me siento preparado y prueba de ello es que esta temporada he triunfado en diez de las doce corridas que he lidiado”. Vuelve la vista hacia el mes de julio de 2012, y recupera vivencias que no ha olvidado. “Un triunfo así es bienvenido siempre”, afirma, “pero yo carecía de la capacidad para asimilar todo lo que surgió en torno a mí en un solo festejo”. Y añade: “Recuerdo que alguien me dijo algo que odio: ‘Ya no estás en los sueños, ahora estás en el negocio’; y esto no es para mí un negocio, sino una filosofía de vida, porque no concibo mi vida sin el toreo, y yo no estaba preparado para el negocio”.

“Recibí muchos elogios, es verdad, pero no creo que me afectaran negativamente. Lo cierto, no obstante, es que, en ese momento, el torero estaba muy por encima de la persona. No es que viviera en una nube, pero como cualquier chaval que consigue algo importante, iba con un talante que no le viene bien a nadie. Tenía solo 19 años y me vi discutiendo y tomando decisiones con taurinos muy sabios, algunos de ellos más listos de la cuenta; era muy difícil saber qué debía hacer, y, quizá, no tuve al mejor consejero a mi lado”, asume.

Lama de Góngora hace hincapié en la dureza del camino que recorrió antes de hacer el paseíllo en La Maestranza. Cuenta que participó en muchos festejos sin caballos en los que se enfrentó a novillos más fuertes que los que se lidian en corridas, sin más apoyo que el de la escuela taurina de Sevilla (de la que era alumno), con poco dinero… “Tiempos en los que sufrí el ninguneo de ganaderos, empresarios y apoderados, pero yo estaba convencido de que algún día me llamarían”.

“Y ese momento se produjo tras salir por la Puerta del Príncipe aquel 12 de julio de 2012. Cuando llegué al hotel, tenía cuatro ofertas de apoderamiento (una de ellas de un señor que me había ignorado días antes) y una botella de champán sobre la mesa de la habitación”.

Pregunta. ¿Quién le puso los pies en el suelo?

Respuesta. La espada…; sí, el estoque. Ese invierno toreé más vacas que las que hubiera soñado en toda mi vida, y mi preparación fue muy digna. Cuajaba todos los novillos que lidiaba, pero a todos los pinchaba en la suerte suprema. En una palabra, que no pude mantener las expectativas que el aficionado había depositado en mí.

Comenta el torero que su etapa como novillero con caballos no estuvo exenta de dificultades. Se vio anunciado en las principales plazas de España, pero los reiterados fallos con la espada truncaron sus sueños. Durante cuatro meses se encerró en el campo “y me reventé la mano entrando a matar a una alpaca de paja, con la ayuda de Espartaco padre”. Confiesa que llegó a sentirse obsesionado, que dejó de lado a sus amigos y llegó a la conclusión de que si no triunfaba no había alegría en su entorno, ni en su cuadrilla ni en su propia familia. “Noté que no me trataban como Paco, sino como Lama de Góngora”, concluye, “y la culpa era mía, porque solo me importaban el capote y la muleta”.

Solucionado el problema de la espada, y tras encerrarse con seis novillos en La Maestranza el 12 de octubre de 2014, se plantea la alternativa en la Feria de Abril del año siguiente, el 24 de abril, con Enrique Ponce de padrino y José María Manzanares como testigo.

“No estaba preparado para ese gran paso ni para competir con las figuras”, reconoce Lama. “Fue una tarde digna, lo di todo, pero el aficionado esperaba mucho de mí y…”.

P. ¿Qué pasó entonces?

R. Me quedé parado. Me dejaron mis apoderados y mi novia. Me quedé solo, con mi madre y el mozo de espadas. Lo pasé mal, me sentí desorientado…

P. Y surgió el viaje a México…

R. Yo estaba bien, pero tenía claro que moriría siendo torero, y necesitaba demostrarme si era capaz de seguir adelante o no.

Un amigo mexicano de su familia lo invitó a su casa, y en el invierno de 2015 aterrizó en el país centroamericano, donde estuvo casi tres años.

P. ¿De qué vivía?

R. La verdad es que… Fue una época bonita, pero muy, muy dura. A veces, me sentía como un bufón. Toreaba por una miseria de dinero.

De México, donde ha participado en casi 40 festejos, a Perú, donde cuenta que ganó dinero, pero…

“Los viajes en ese país son muy complicados, de muchas horas, por carriles por la sierra en los que no caben dos vehículos, en una furgoneta con el conductor mordiendo coca para no dormirse, con el problema del mal de altura…”.

P. De vuelta a España, cree que sigue siendo una promesa.

R. Sin duda. El triunfo aún es posible. Y me siento un privilegiado porque son muchos los aficionados que siguen confiando en mí. Mi sueño es confirmar cuanto antes en Madrid.

P. Imagine que tiene delante al empresario de Las Ventas.

R. Le diría que soy un matador maduro y formado, que ha encontrado el equilibrio entre el hombre y el torero; y mi aval es mi forma de torear, que aún sigue ilusionando.

Francisco Lama de Góngora no ha perdido su cara de niño bueno, pero se le notan las cicatrices de la dureza de una profesión que no está dispuesto a abandonar. De momento, los días 2, 4 y 5 de febrero vuelve a estar anunciado en Perú; el 18, en Sanlúcar la Mayor, y no pierde la esperanza de encontrar un hueco en Sevilla y Madrid.

Publicado en El País

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