Opinión: El niño y el toro.

Hace 66 años se estrenó una película moralista, tierna y conmovedora, que pretendía mostrar el rito taurino ibérico como una tradición cruel y desalmada, pero que, entendida en su prístino sentido, resultó ilustrando el amor de un niño por un toro de lidia al que había criado con delectación y mimo como su mascota, y el que, enviado a la plaza a cumplir con su destino, salvó su vida con el indulto al haber demostrado la nobleza de su bravura y de su raza.

Desde tiempos inmemoriales, desde que al hombre le dio por jugar con el toro para dominarlo valientemente, la fiesta había venido siendo objeto de escarnio, hasta el punto de que el papa Pio V, en 1.567, pretendió abolirla sin éxito, puesto que, teniendo aquélla profundas raíces populares, la gleba se levantó contra la autoridad eclesiástica y Felipe II no acató la orden de que los cristianos no asistieran a ese “espectáculo vergonzoso”, y todo quedó como venía, al menos en España, en donde la zootecnia ha producido con los años un animal excepcional que es atendido en la dehesa como un dios entre encajes de pasto y olivares.

Las corrientes animalistas contemporáneas, sin embargo, no descansan en su propósito de imponer sus obsesiones y pregonan, aquí y allá, como en el siglo XVI, que eso de las corridas nada tiene que ver con el arte y la cultura, y que, dados sus contenidos crudos y dramáticos, no pasan de ser un espectáculo bárbaro y asesino, quitándole cualquier atisbo ceremonial.

Días atrás, debido al anuncio de la comparecencia en Cali y Manizales del joven torero Marco Pérez, quien ya se había presentado el año pasado en Colombia, el Ministerio del Trabajo, por decreto, prohibió la presencia del adolescente en el ruedo con el pretexto de salvarlo del peligro. No es cierto.

Lo hacen para desincentivar la fiesta. Más les valdría ocuparse de la gente sin trabajo y de los niños utilizados como mendigos. Violencia hay en las guerras y en las luchas revolucionarias que reclutan menores, en la cofradía de los flagelantes, en el boxeo y en el narcotráfico. Marco Pérez, quien anda siempre con sus padres, es torero por el amor que le tiene al toro. Torear para él es como tocar el piano o pintar sobre un lienzo. Una pregunta: ¿han disminuido las masacres en el país, o la inseguridad en las calles, desde que no se dan corridas en Bogotá y Medellín? ¡Gilipollas!

*Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.

Publicado en El Meridiano