Opinion: Las dos Francias.

Por Francis Wolff.

La campaña antitaurina en Francia ha fracasado finalmente. Escucho a unos amigos españoles decir: «¡Ya te lo habíamos dicho! En Francia pasa como en España: la izquierda ataca la tauromaquia porque es progresista y animalista, y la derecha la defiende porque es tradicionalista y humanista». Pero olvidan que no se puede comparar la situación de España con la de Francia.

Es cierto que los antitaurinos presentan los mismos argumentos a ambos lados de los Pirineos: el bienestar animal, la necesidad de acabar con un espectáculo arcaico, etc. También es cierto que al comienzo de este proyecto de ley abolicionista, el diputado francés Aymeric Caron, fundador de un partido radical antiespecista, fue rescatado por el partido de extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon, que defendió esta ley en el Parlamento con el apoyo de los Verdes. Pero era pura demagogia por parte de este político, quien prácticamente admitió que solo buscaba atraer a un nuevo electorado. De hecho, cuando era eurodiputado en el Suroeste defendió las corridas, pues ahí están permitidas, al ser una región con tradición taurina.

Además, durante los debates previos a la votación, los partidos de izquierda estaban tan divididos como los de derecha sobre la cuestión: el Partido Socialista no dio instrucciones a sus diputados, como tampoco lo hicieron los partidos de centro (macronistas), de derecha o extrema derecha. El único partido que apoyó oficialmente las corridas de toros y estuvo a punto de votar en contra de la abolición fue… ¡el Partido Comunista! Durante la campaña también se vio que el diario de izquierdas Libération publicó tanto artículos a favor como en contra, o que la lista de personalidades de la literatura y la cultura que habían firmado una columna en la prensa para defender las corridas de toros se inclinaba significativamente hacia la izquierda (e incluso en algunos casos hacia la extrema izquierda), ¡algo impensable en España!

En este foro protestamos contra la absurda tendencia de los Verdes a confundir ecología y antiespecismo. Aseguramos que «para las regiones del sur de Francia en cuestión, la desaparición de las corridas de toros significaría el fin de toda una ecología en territorios poco comunes o protegidos. (…) El notable ecosistema de la tauromaquia extensiva, gracias a los equilibrios bioecológicos que preserva, contribuye a la lucha contra el calentamiento global…». Para defendernos de cualquier posición elitista, añadíamos que «el fin de las corridas de toros acabaría con las gigantescas fiestas populares de capitales de región o pequeñas ciudades, atentaría contra un arte único, una cultura y una sociabilidad particulares que está a favor de la integración de jóvenes con escasos recursos económicos, quienes a través de escuelas especializadas, encuentran en la tauromaquia un camino hacia el reconocimiento social».

Por último, hacíamos hincapié en que, si bien la muerte del animal en las corridas de toros indigna a algunas personas, «se trata de un animal venerado y se lleva a cabo con nobleza y respeto en lugar de ser deshumanizado y encubierto por la industria alimentaria». Y concluíamos: «La tauromaquia encaja a su manera con el sentimiento animalista ampliamente compartido por los franceses».

La distinción entre izquierda y derecha no es, por tanto, un criterio correcto para entender la situación de las corridas de toros en Francia. Lo decisivo es la división territorial entre un extenso norte que lo desconoce completamente todo sobre la tauromaquia y un reducido sur donde se considera un aspecto fundamental de la existencia. Antes del debate público, las encuestas mostraron que el 75 % de los franceses (todas las regiones combinadas) estaban a favor de la prohibición. Pero esta cifra tiene poco sentido, ya que las corridas de toros ya están prohibidas en el 90 % del territorio y la cifra no paró de descender a medida que se acercaba la fecha de las votaciones, porque muchos franceses se sorprendieron al descubrir la vitalidad de una cultura taurina en Francia que creían moribunda.

Además, otra encuesta mostró que el 78 % de los habitantes de las ciudades taurinas (alrededor de cincuenta) considera que la tauromaquia forma parte de su cultura y que debe seguir ocupando un lugar central en la organización de las fiestas locales. Es por ello que todos los alcaldes y concejales municipales de las ciudades taurinas, así como los presidentes de las regiones afectadas, indiferentemente de su partido, han formado un frente común contra el proyecto de ley del diputado parisino Aymeric Caron, que no tuvo más salida el día de la votación que retirar con pena su propuesta (¡como un toro manso refugiándose en la barrera de las picas!) gracias a la obstrucción de todos los diputados de las comarcas taurinas, coordinada por la Unión de Ciudades Taurinas de Francia, apolítica y apartidista.

De este éxito (¿temporal?) se pueden aprender varias lecciones.

La primera es que los defensores de las corridas no deben tratar de ponerse en el lugar de sus oponentes (el espectáculo del sufrimiento del toro, etc.), ya que se trata de una cuestión de sensibilidad y no de argumentación. Todos tenemos muchos amigos que no soportan ver ni imaginar un toro herido o muerto. Por mucho que les expliquemos que no vamos a ver sufrir a un animal, sino a admirar como un toro pelea y un hombre se enfrenta a él, el conflicto de la sensibilidad es insalvable. A la inversa, nadie tiene derecho a reclamar el monopolio de la moralidad: «Los pueblos del toro» son tan sensibles como los demás al sufrimiento animal o humano (que, sin embargo, no confunden) y se movilizan tanto como ellos frente a las injusticias del mundo.

La segunda lección es no confundir «cultura» con «tradición». Como he dicho en reiteradas ocasiones, no defendemos el toreo porque sea tradición, sino por dónde es tradición. Porque, como bien repiten constantemente los opositores «progresistas», todo el progreso moral de la humanidad se ha hecho en contra de la tradición: el suicidio de las viudas en la India, el vendado de pies en China, la mutilación sexual de niñas, etc. En cambio, un conocimiento del toro de lidia, una cultura que se transmite de padres a hijos y que se convierte en una segunda naturaleza, se vuelve más poderoso cuanto más arraigado está.

La tercera lección de esta victoria de la afición francesa es que las corridas se defienden mucho mejor cuando están en minoría que cuando pretenden imponerse a la mayoría. El argumento que finalmente agrupó a muchos parlamentarios vacilantes, hasta realmente hostiles, fue el respeto por la diversidad cultural, que ahora se reconoce como un derecho universal. Porque no se debe confundir universalidad con uniformidad. Las corridas son parte de una cultura particular que debe ser defendida como tal, pero también conlleva valores universales.

Esta es la última lección que aprendí en estos debates: solo se puede defender la tauromaquia explicando los valores que encarna. Coraje, abnegación, dominio de sí mismo: el torero combate tanto al animal fuera de sí mismo como a la animalidad que hay en él. Respeto al adversario: la moral taurina defiende que solo quien ha puesto su vida en juego tiene derecho a matar al animal respetado. La dimensión trágica, la grandeza épica y la singularidad de las emociones estéticas que nos regala. La emoción taurina produce belleza en un contexto donde existe el riesgo de muerte. Por eso es tan desgarradora. Nunca deja de vacilar, al borde del abismo en el que corre el riesgo de caer en cualquier momento. Todos sienten que nunca podrán tener o retener dicha belleza, pero al final la contemplarán. Cada segundo que persiste ante todo, a pesar de todo, a pesar del miedo, es como un milagro, porque una emoción contraria la vence y amenaza: el miedo a la ruptura, a la herida, a la muerte del hombre. Estas dos emociones, el miedo y la belleza, se suman en lugar de anularse como en cualquier otro arte.

Estas son las lecciones que aprendí de este debate. Pero volverá, aquí como en todas partes. Porque no se desarmará. Sabemos que el toreo morirá algún día como cualquier obra humana. Solo debemos asegurarnos de que muera de hambre y no porque lo asesinen. En cuanto a mí, ¡no quiero ver esta muerte! (¡que no quiero verla!)

F. Wolff es autor, entre otros, de ‘¿Por qué la música?’ (serie Gong editorial) y ‘Filosofía de las corridas de toros’ (Bellatera).

Publicado en El Mundo

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