Zabala de la Serna: “Yo creo que el toro bravo se encuentra en la cúspide de su selección”

Por Jesús Fernández Úbeda.

Zabala de la Serna (Madrid, 1970) nos cuenta en un bar de Argüelles que la fiesta de los toros seguirá existiendo mientras siga habiendo “un momento de verdad que no admite vuelta de hoja”: “Es ese momento en el que un hombre, en el ruedo, le pone los muslos y le ofrece la izquierda a una bestia de 500 y pico kilos. Y, más allá de la estética, más allá de que tiene que torear despacio y de unos modos, hay un hombre jugándose la vida. Los toreros son los últimos grandes héroes del siglo XXI”. El gran cronista taurino de El Mundo —“el más preciso, sagaz y escritor de las últimas décadas”, según Antonio Lucas—, forjado en la Antena 3 Radio de Antonio Herrero, su “maestro”, en el ABC de Anson y en el citado diario de Unidad Editorial, acaba de publicar Ya nadie dice la verdad: Diálogos íntimos del toreo (El Paseo, 2022), un libro hermoso, directo y libre de edulcorantes moralistas que reivindica el toreo “como arte y parte de nuestra cultura”, ilustrado con las fantásticas fotografías de José Aymá y que recoge un total de 23 entrevistas a figuras de la cosa como El Cordobés, Curro Romero, Morante de la Puebla o Roca Rey. Conversamos sobre un mundo que tose sangre, pero al que aún le queda —me ahorro el adverbio de cantidad, porque a saber— vida.


—Señor Zabala de la Serna, ¿para qué debiera servir un periodista?

—Debiera servir para trasladar al lector su pálpito, su visión de lo que sucede ahí fuera, en la calle. Y de una manera directa. Al final, la comunicación directa con el lector sobre lo que sucede, por ejemplo, en una plaza de toros, en un ring o en un estadio de fútbol, debiera servir para trasladarle el relato más fiel posible de lo que ha sucedido.

—¿Qué aprendió de su padre?

—Aprendí la independencia y, sobre todo, la honestidad que no se daba en el mundo del periodismo taurino cuando él empezó, en los años sesenta. Él trajo una regeneración brutal en todos los ámbitos, entró como un elefante en una cacharrería. Eso lo he llevado siempre como estandarte: el mantenerte limpio.

—Estamos hablando de la época de los “sobrecogedores”, como Gonzalo de Bethencourt y Carvajal.

—Tú has escrito un libro sobre Pueblo y, como sabes, el espacio taurino se vendía en Pueblo. Y había que entrar en una serie de prácticas que, lógicamente, condicionaban la crónica o la crítica.

—¿Y qué aprendió por su propia cuenta?

—Mucho. Y no dejo de aprender. Mi gran obsesión, siempre, fue ver el toro en el periodismo taurino, interpretar los códigos de la bravura, las evoluciones durante la lidia. El toro no es un balón de fútbol que se mantiene, digamos, estático en su forma, en su comportamiento. El toro evoluciona, cambia según lo que le hagas y según los terrenos o las querencias. En función del toro, debes juzgar al torero. Si no has visto al toro, no has visto nada.

—¿Por qué le gustan los toros?

—Porque lo mamé desde la cuna. En mi familia materna, mi abuelo, Victoriano de la Serna, fue figura de los años treinta; tuve un tío matador de toros; otro que se quedó en novillero pero que se sumó a las filas de José Fuentes como banderillero. Mi hermano, antes de iniciarse en otras actividades taurinas, llegó a tomar la alternativa. Y luego, por parte paterna, mi padre, desde muy niño, sólo me hablaba de toros. Me llevaron muy pequeño a los toros. Éramos de los que teníamos abono joven o infantil en la andanada del 3. Rómulo y Remo mamaron de la loba y yo de la teta del toro (risas).

—Durante su infancia, ¿cuál fue su torero favorito?

—A principios de los ochenta, me deslumbró la reaparición de Chenel. Para mí, fue un descubrimiento de muchas cosas: del clasicismo, de las distancias, de la geometría del toreo, de la torería, del empaque… Como dice Díaz Yanes, “descubrí que en su izquierda estaba el paraíso”.

—En una entrevista recogida en Ya nadie dice la verdad, le cuenta El Cordobés: “Está el papa. Y hay cardenales, obispos, sacerdotes… Pero quien tira es el papa, que es la locomotora. Yo he sido el papa”. Para usted, actualmente, ¿quién es el papa?

—El papa del toreo está siendo Roca Rey, indudablemente. Es el que ha llegado cogiendo ese cetro del toreo. El Cordobés me parece la leche. Es un icono pop de los años sesenta. Fíjate de donde sale, y alcanza tres portadas de la revista de la revista Life en español. Él, que era muy colega de Julio Iglesias, se lo decía: “No las tienes ni tú”. Los sesenta se explican por tres mitos: los Beatles, Mohamed Alí y Benítez. Y la locomotora de ahora mismo es Roca Rey, sin duda.

—¿Sabría decirme cuál fue la faena con la que más disfrutó?

—¡Uff, muchas! Yo, en 2022, he sido absolutamente feliz viendo a Morante. Los cronistas taurinos… Hay gente que prefiere la palabra “crítico”; yo prefiero “cronista”, implica algo más. Y ver a un torero de ese palo, de esa estirpe de los toreros de arte, con esa regularidad, con esa capacidad, con ese estado de gracia, con ese compromiso ya no sólo a la hora de querer torear las cien corridas en homenaje a ese mito que tiene él en la cabeza, Gallito, sino con ese compromiso con el toro, de dar el paso adelante y, como te digo, de conseguir una regularidad, a mí, si me quedo con una temporada reciente y con un torero, Morante, este año, me ha devuelto la alegría de escribir de toros.

—Para usted, ¿qué debe tener un buen torero?

—Ahí hay muchos matices. Primero, ¿qué es un buen torero? Siempre he dividido a los toreros en dos. Por un lado están los que te entran por la razón, por la admiración, porque no tienes más remedio que decir: “joder, me puede tocar más o menos la fibra, pero qué bárbaro lo que hace”, como El Juli, que ha sido una locomotora del toreo durante veinticinco años. Por otro lado, están los toreros que te enamoran. El torero que te enamora, para mí, ¿eh?, tiene ese puntito de fragilidad que te llama la atención. Es el toreo de la sensibilidad, que torea con los vuelos, con las yemas… un torero de arte. Entonces, ¿qué es un buen torero? Están los toreros que enamoran y los que entran por la admiración. El torero perfecto me saldría sacando algunas cosas de unos y de otros.

—Hábleme de alguna faena que le decepcionara especialmente.

—Es muy recurrente esa escenificación verbal de: “¿Dónde vas?”, “¡¡A los toros!!”; “¿De dónde vienes?”, (baja la voz) “De los toros”. El toreo es un espectáculo tan imprevisible y tan complicado que depende hasta del viento que hace una tarde. La mayoría de las tardes que se van por el desagüe de la desilusión vienen por el fracaso del toro: por la falta de bravura o de entrega. La mayoría de las tardes, y son muchas, sales decepcionado de la plaza. Pero siempre te agarras a algo que has visto. También te digo: somos un sector muy autocrítico. No hay otro sector de la industria cultural que tire tantas piedras contra su propio tejado. Somos especialistas en vendernos muy mal.

—Como le dice Curro Romero: “A un pintor nadie le chilla por detrás: ‘¡¡Así no!!’”.

—Claro. Creo que Curro lo dice pensando en Madrid, en el 7, que interfiere tantas veces en el desarrollo de las lidias. Cuando a Curro le preguntaban: “¿Tú qué público prefieres?”, él respondía: “El del tenis” (risas). Imagínate que estás pintando y hay un tío detrás: “¡Así no! ¡Dale más perspectiva!”. Es complicado concentrarse así cuando, además, tienes delante un animal de 550 kilos, con unos pitones así (separa las manos), que te está exigiendo mucho. ¡Que te está exigiendo la vida!

—¿Algunos antitaurinos son taurinos mal informados?

—Todos los antitaurinos están mal informados. Mejor dicho: no es que estén mal informados, es que malinforman a conciencia, que es peor. Una de las actividades más ecológicas que existen explicadas desde el campo es la tauromaquia. El gran guardián del campo es el toro bravo. Donde está el toro bravo, hay biodiversidad y riqueza medioambiental. Estos ecologistas de andar por casa, estos ecologistas urbanitas a los que se les llena la boca con “la España vaciada” y no hacen otra cosa que legislar contra la España vaciada, ocultan que el toro fija empleo: están el mayoral, el de los aperos, el de los forrajes, el de los piensos, los veterinarios… No es que estén mal informados, es que malinforman, manipulan, tergiversan la realidad, la cuentan al revés. El discurso me preocupa mucho porque lo ha adoptado la izquierda. Una izquierda que, hablando en términos generales, ha renegado de su pasado y de su historia. Y a la izquierda le pesará en su conciencia haber renegado de la tauromaquia. Es un error terrible, imperdonable. ¡Por un puñado de votos! Hay gente que defiende la teoría de la apropiación: la derecha se ha apropiado, de una manera identitaria, de la defensa de los toros. No es cierto. La derecha se ha posicionado. Y lo ha hecho por abandono de la izquierda. Hay alguno que dice: “Tenemos a Page”, pero donde ha habido leyes abolicionistas siempre estaba el respaldo del PSOE. La gran traición del PSC en la abolición de los toros se produjo dando libertad de voto en el último instante. No deberían haber abandonado nunca el barco del toreo porque, además, si tiene algo la fiesta es que es un espectáculo, un arte subversivo, rebelde y del pueblo. No pueden intentar vender que este es un espectáculo de las élites, porque no es cierto. Las raíces del toreo se hunden en el pueblo. Donde nace el toreo es ahí, en la calle. Y a esto ha renunciado la izquierda.

—Le dice Paco Camino: “Corren tiempos de adoptar perros y abandonar a los padres en las residencias de ancianos”. ¿Suscribe?

—Absolutamente. De pitón a rabo. Es un retrato de lo que está pasando en estos días con todos estos que no es que quieran salvar su alma, ¡es que quieren salvar la tuya! Mire usted, no me salve y déjeme en paz. Tengo muy claro cuáles son mis principios y mis valores. El mascotismo, dentro del animalismo, es uno de los grandes cánceres de la sociedad actual. Están anteponiendo el animal al ser humano. (Piensa) En un experimento universitario, creo que en la Complutense, llegaron a preguntar, entre los alumnos, por quién se decantaban en la lucha del toro y el torero. Y se decantaban por el toro. ¡Es terrorífico! El antitaurinismo es una parte más del movimiento woke. Te das cuenta de que van a por un modo de vida, de que quieren imponer una sociedad. Fíjate: si antes, los de la moralidad estaban en la derecha, ahora están en la izquierda. Son los que te van dando todas las pautas por las que tienes que regir tu vida, y una de ellas es la de “no vayas a los toros”.

—En las entrevistas a los toreros más veteranos se repite una constante. Por ejemplo, Curro, Paco Camino o Rafael de Paula manifiestan, citando al último, que “el toreo ahora ha cambiado mucho y a mal”. ¿Está de acuerdo?

—En algunas cosas, sí; en otras, no. De todas formas, ese mensaje se repite a lo largo de toda la historia del toreo: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Desde la época de Gallito y Belmonte, que los toros no son los que mataba el Guerra, y así van pasando época a época: siempre sitúan el foco de unas bondades mayores en el pasado. En esto no estoy de acuerdo. Yo creo que el toro bravo se encuentra en la cúspide de su selección, en una excelencia impensable en los años sesenta, en los setenta y en los ochenta; toros que, con ese volumen, ese peso y ese trapío, se muevan y se empleen y tengan las cualidades de carácter tan definidas como ahora y con esa duración, esa preparación y esa salubridad. Siempre estamos con “el toro de antes”. El toro de antes era más atávico, más irregular, más agreste, más montaraz, si quieres. Quizá había antes una mayor imprevisibilidad en el espectáculo en lo que se refiere a la variedad del comportamiento; ahora, se ha uniformado, es más previsible el toro. Pero es un toro extraordinario.

—Recuerdo que, por mayo, en el 7 se desplegó una pancarta en la que se podía leer: “Hay que recuperar el toro de Madrid”.

—Sí. En Madrid existe, de manera perenne, esa reivindicación desde ese sector.

— Madrid es una plaza jodida.

—No es fácil. Nunca lo ha sido. El 7 tiene su embrión en la andanada del 8 en los tiempos de Navalón. En el fondo, ellos son los que están a lo largo de toda la temporada, y esto no les da, digamos, derecho a que muchas veces interfieran de la manera en la que se interfiere en la lidia, pero sí cierta legitimidad a la hora de exigir determinadas cosas. Ellos se consideran los guardianes de Madrid y su asistencia de manera continuada, quizá, les legitime. Yo creo que se han quedado en un tiempo pasado, pero como muchos críticos también. Quieren conseguir lo que ya se ha conseguido. Mi padre, por ejemplo, que inició la lucha por la integridad del toro, que logró que saliera el cuatreño, que es el toro con cuatro años, en un momento en los años ochenta, dice: “No puedo seguir en esta especie de reivindicación del toro-toro porque ya se ha logrado. Ya no podemos seguir alimentando lo del toro grande, ande o no ande”. El 7 tiene unos códigos y unos mensajes un tanto anquilosados. Y yo soy muy defensor del toro de nuestros días.

—Hoy por hoy, ¿el toreo goza de buena salud o tose sangre?

—Tose sangre. Está complicado el asunto. Es verdad que la vuelta de la pandemia no ha sido tan grave como me la esperaba, pero sí que en algunas zonas, como el País Vasco… Bilbao siempre ha sido un estandarte. Siempre decíamos que la fiesta tiene tres plazas pilares: Sevilla, Madrid y Bilbao. Bilbao está herida de gravedad. El entorno sociopolítico no ayuda. Sí es verdad que tose sangre y, sobre todo, tose sangre en todo ese tejido industrial, rural, que ha ido desapareciendo, de pueblos donde se daban toros y se han dejado de dar. Desde hace unos años a ahora, en torno a 400 pueblos han dejado de dar toros. En Cataluña dejó de haber toros. Cuando hablamos de Cataluña, siempre pensamos en Barcelona, pero antes de Barcelona fue cayendo Gerona, Tarragona, Sant Feliu de Guíxols, Figueras…, una barbaridad. En Asturias, una alcaldada de una señora que se ha inventado unas deficiencias en la plaza de toros ha dejado a Gijón, que era la última plaza de Asturias, sin toros. También te diría que, a la vuelta de la pandemia, en cuanto a número de festejos, ha repuntado la fiesta. En esto, creo que ha tenido mucho que ver Morante, que ha ido a muchos sitios por esto de torear 100 tardes. Para mí, lo que ha hecho Morante este año tiene mucho valor, y muchas otras figuras debieran tomar ese camino.

—Hemos hablado antes de los antitaurinos, pero pocos ambientes hay más cainitas que el taurino.

—Es un ambiente terriblemente cainita. Ahora hay un buenismo incluso entre los propios toreros, pero, por detrás, es terrible. En los toreros de antes era más descarado. Antes llegaba un torero al patio de cuadrillas y le decía cuatro barbaridades al otro. Había una barbaridad más enconada que se ponía de manifiesto. Cosa que también viene bien.

—Le daba salseo.

—Claro. El “voy a acabar con este” y tal y cual. Sí, es un ambiente muy cainita. El periodismo taurino es terriblemente cainita. Somos un mundo muy endogámico y muy cabrón para con nosotros mismos. Somos pocos y mal avenidos. Estamos siempre puteándonos. Esto podría serlo de puertas para dentro, pero si hubiesen sabido, o hubiésemos sabido, me incluyo, llevar un relato de puertas para fuera, un relato potente… Nos ha faltado explicar la tauromaquia. El pobre Víctor Barrio, que murió en el ruedo, decía que la tauromaquia no hay que defenderla: hay que explicarla. Nos ha faltado explicarla con un relato, además, verde: la tauromaquia nace en el campo. Tiene su defensa, por supuesto. Y su defensa económica. Es un coñazo haber abundado siempre en la defensa cultural del toreo. Es decir, acudir a Lorca, a Alberti, a lo que ha inspirado. Mire: el toreo es un arte en sí mismo, sin necesidad de las otras artes que inspira. Y, sobre todo, hay un discurso ecológico y económico que hemos tardado demasiado en cogerlo. Donde hay una feria potente, existe una riqueza hotelera, hostelera, del sector servicios. Imagínate en estos años, sin Feria de Sevilla, lo que ha supuesto para el sector hotelero y hostelero de Sevilla. Si la gente va a Sevilla es porque hay una feria taurina. Pamplona: lo de Pamplona ha sido un drama. Los ingresos de esta gente de todo un año es lo que se genera en San Fermín. Y eso es por el toro. Pamplona es el último milagro que tenemos de los toros. Son las 24 horas del toro como eje: el encierro, las vaquillas, los espectáculos que hay en la plaza, la corrida de la tarde, que justifica el encierro… porque hay algunos listos del animalismo que dicen: “Se podrían hacer los encierros sin corridas”. No, no. Ni esto, ni las corridas sin muerte. Es una entelequia que se han inventado. Lo que no quieren es que se vea la muerte. En el fondo, que muera el toro les da igual.

—Porque al toro lo acaban matando dentro.

—¡Claro que lo matan dentro! Y estos que hicieron la ley balear de “sin muerte”… no, sin muerte, a los ojos del público. Porque este es el gran tabú que tenemos hoy en día: vivimos de espaldas a la muerte. Al toro le pegan un puntillazo dentro que es indigno y muere como en un matadero, que es la muerte más triste que puedes querer para un toro. Un toro bravo tiene su justificación, su origen, su crianza y su final en la grandeza de la muerte que tiene. Sin la grandeza de la muerte en la plaza, no existe todo lo demás.

—La tauromaquia tose sangre, pero ¿puede recuperarse?

—Hombre, este año hemos visto cosas muy buenas, plazas que siguen manteniendo ese tirón de público, como Madrid y Sevilla. En Madrid, en concreto, se ha visto mucha gente joven. Roca Rey arrastra a muchísima gente joven.

—Claro. Y no sólo eso, Jesús: es la incoherencia del discurso, la incoherencia del mensaje: o sea, ¿tú, con menos de dieciséis años, no puedes ir a los toros y puedes abortar? ¿Cómo es esto? Entonces, surge un movimiento de cierta rebelión, es verdad, de gente joven, que dice: “Coño, no me podéis decir lo que tengo que hacer. Si me gustan los toros, ¿por qué no puedo ir a los toros?”. Es verdad que esto se da a partir de una edad, porque una de las batallas que ha ganado esta gente del animalismo, del ecologismo mal entendido, es la batalla de la pedagogía. Han ido a la base. Y crecen generaciones a las que es muy difícil darles la vuelta.

—Finalmente, si yo le digo José Aymá, usted me dice…

—Es el que ha engrandecido las entrevistas, el que les ha puesto escaparate, foco, potencia. Más allá de la justificación periodística de cada personaje, le ha dado una dimensión, una belleza y una unidad estética que es el 50% del libro. Es una reivindicación de lo que hemos querido hacer. Yo no tengo abuela, pero queríamos darle una vuelta de tuerca al periodismo taurino, darle otro enfoque, otro prisma. Un periodismo de más largo recorrido. Más allá de la entrevista al torero de “¿cómo te encuentras?”, “¿en qué momento de tu carrera estás?”.

Publicado en Zenda Libros