La Pasión y las Broncas de Luis Castro “El Soldado.

Algo deben de tener las plazas de toros cuando en ellas se aprende más que en las universidadesJacobo Zabludovsky.

Por Luis CuestaDe SOL y SOMBRA.

Luis Castro “El Soldado” nació el 25 de agosto de 1912, en Mixcoac. fue un torero singular, con una personalidad propia, inconfundible y de relieve. Vivía cerca de un cuartel y gustaba de vestirse como los militares, con ropa que ellos le obsequiaban. De ahí el mote de El Soldado pues además, de niño daba órdenes militares a sus amiguitos, y, como era común en tiempos de rebeliones, los hacía marchar incesantemente. Luis Castro se formó en el rastro de Tacubaya, considerado en aquellos tiempos no sólo una escuela taurina, sino una auténtica universidad.

Como novillero debutó en 1931 en la plaza de Mixcoac y dejó ver, desde ese momento, su singularidad. En “El Toreo” de la Condesa lo haría el 3 de abril de 1932.

Fue rauda y exitosa su campaña novilleril, pues al año siguiente, el 5 de marzo de 1933, tomó la alternativa de manos de Joaquín Rodríguez Cagancho y como testigo David Liceaga, ganado de Coaxamalucan, doctorado al que renunció para irse a España, donde dejó constancia de sus cualidades en esas confrontaciones con Lorenzo Garza, sobre todo en Madrid. Aquellos mano a mano despertaron pasiones en la capital española, en especial la tarde en que El Soldado se tiró a matar con un pañuelo y obligó a que Garza hiciera el engaño con la mano.

Esos triunfos del 33, con pleno reconocimiento, lo llevaron a tomar la alternativa en marzo de 1934, en la primera feria anual de España, Castellón de la Plana. Su padrino fue nada menos que el sevillano Rafael Gómez El Gallo, con una corrida de Carmen de Federico, encaste de Murube.

El mismo diestro andaluz, Rafael El Gallo, se la confirmó el 12 de mayo del mismo año en la Monumental de Las Ventas de Madrid, con toros de Clairac, y como testigo Marcial Lalanda, quien empezaba a concebir el boicot contra los toreros mexicanos

“El Soldado” a la veronica.

Muchas temporadas triunfales tuvo Luis Castro también en México. El Soldado gustaba de vestir con elegancia. Debido a eso en ese tiempo se le llamaba “El torero más caro del mundo”. Imborrables tardes de gloria tendría el maestro. Ahí están los toros que fueron inmortalizados, con trasteos de mucha belleza y sensibilidad, como su toreo.

Dos faenas marcaron su vida “Rayito” y “Famoso” de San Mateo que reunieron esa elegancia del maestro. Su peculiar caminar ante la cara de los toros, ese trazo nítido y natural era el sello de la casa.

Para la historia del toreo las verónicas que instrumento a “Porrista” de Torrecilla, todas impregnadas de arte y buen gusto. Todas las mañanas, justo a las cinco, se levantaba el maestro a ensayar a Chapultepec, una, dos, cien verónicas con el capote a lo alto. A la número sesenta ya los brazos pedían tregua por el esfuerzo, pero el corazón de torero le exigía la perfección.

Las Broncas

También armó broncas tremendas, entre ellas las del 11 de enero de 1942 con el toro “Corvejón” de San Diego de los Padres. Cuando actuaba mano a mano con el maestro Fermín Espinosa ArmillitaEl Soldado, mal y de malas aquella tarde que el ruedo se le cubrió de almohadillas y, dentro de un burladero, le dio una puñalada a mansalva…

¡La bronca fue sin precedente! Es de los líos más imponentes que se hayan registrado en la historia de la fiesta brava en la capital. La gente se lo quería comer vivo…

Al domingo siguiente armó la grande pidiéndole, ante el azoro generalizado, un cojín a un espectador. Uno de los muchos que le arrojaron los suyos una semana antes, y que inundaron el ruedo de El Toreo, cuando tuvo la almohadilla; el maestro la colocó en la arena, se paro en ella e inició la faena con unos ayudados por alto suficientes para reconciliarse con el público.

Las Cornadas

Sobre este tema el propio Soldado le comento a José Pagés Rebollar en una entrevista que quedo plasmada en el libro “Los machos de los toreros” (1978).

“Yo conocí la cara de la muerte en el ruedo. La muerte estaba pintada en la cabeza de dos toros: “Buena suerte” y “Calao”. El primero me echó los intestinos para afuera…

“Calao” me dio una cornada grande, en la femoral…y ya te imaginarás la cantidad de sangre que me salía. Pero cuando el Dr. Rojo de la Vega me apretó la vena el chorro paró aunque yo iba aflojándome la taleguilla mientras pensaba: ¡Ni madre, de esta no me voy a morir!

“Cuando llegué a la enfermería yo mismo me embadurné la cara con vaselina para que entrara mejor la mascarilla de cloroformo, cosa rara en mi que no me gusta leer, recordaba esa poesía que en algún lugar escuché y que en ese instante de gravedad la hice mía: “Vida nada me debes, vida nada te debo; vida estamos en paz”.

Recordaba también aquella otra que tarareaba tanto en Sevilla y que después en 1947 volví a escuchar cuando en Córdoba cargué el ataúd de Manolete:

“Cuatro caballos llevaba el coche del Espartero…

Manuel García, El Espartero él fue rey de los toreros…”

Y para mis adentros dije: “Cabrones, ¡Así al Soldado no se lo van a llevar!”

“Calao” era la muerte pero no pudo conmigo porque yo quise vivir. El dolor, a veces no existe; es sólo un adormecimiento que crece y crece hasta marearte como la gloria. “Alguna vez me dijeron que escribiera mi biografía, otros me piden que les cuente mi vida. La revista Life me pagaba un montón de dólares por mi historia pero yo no hice caso porque mi vida tiene nomás catorce capítulos: las catorce cornadas que están en mi cuerpo. ¡Cómo carajo escribir eso en algún lugar!

“Sólo puedo añadir una cosa: en el medio taurino tenemos la creencia que los grandes deben tener las heridas de la cintura para abajo; los demás tienen las cornadas de la cintura para arriba.”