La tauromaquia, un siglo de crisis existencial.

De la desaparición de las máximas figuras a las caídas de los toros, la Fiesta siempre se sobrepone.

Por Ángel González Abad.

El toreo ha vivido siempre en un clima de pesimismo sobre su futuro. Y así desde el siglo XVIII, cuando nació la tauromaquia regulada, las corridas de toros. El aficionado ha sido, por naturaleza, pesimista y nostálgico. «Como se toreaba antes, ya no se torea», o «para toros los de antes», han sido frases repetidas generación tras generación con múltiples causas, desde la ausencia de determinados maestros, a la sempiterna añoranza sobre la bravura perdida.

Si echamos la vista atrás, hace un siglo, ante la temporada de 1923, ABC publicó un análisis desesperanzador de lo que había sido la campaña anterior para afrontar la siguiente, firmado por Eduardo Palacio Valdés. Habla de una temporada nefasta en la que desparecieron cuatro de las primeras figuras del momento. Las trágicas muertes de Varelito en la plaza de Sevilla, y Granero, en la de Madrid, y las retiradas de Juan Belmonte y Sánchez Mejías «en pleno triunfo y en plena apoteosis».

«Y desaparecidas las cuatro figuras, ¿qué queda? ¿Es posible que siga con vida la fiesta de toros? ¿Quiénes van a sostenerla?», se preguntaba el crítico, para él mismo contestarse: «En estos momentos lo ignoro en absoluto». Y daba una lista encabezada por Fortuna en la que añadía a Nacional II, Valencia II, La Rosa y Villalta. «¿Pero es éste un bagaje serio para dar cima a la próxima temporada? Mucho me temo que no».

Sin poder ni bravura

Y si entre los coletudos las cosas no se veían claras, peor veía las cosas el periodista sobre el toro. «Si no hay toreros que entretengan. Menos hay toros capaces de inspirar la esperanza de llegar a entretener», para culminar su pesadumbre con contundencia: «El elemento toro, lo que se llama propiamente toro, no existe; se lidian unas cosas similares, chiquitas, raquíticas, sin poder ni bravura».

Tanto desánimo puede entenderse al vivirse un momento de hondo pesar para los aficionados. Joselito, muerto en Talavera en 1920, las desgracias de Varelito y Manuel Granero, llamado a ser el sucesor del pequeño de los Gallo; el fin, en definitiva, de la Edad de Oro. Todo se veía negro, aunque en aquel tiempo nació la denominada Edad de Plata del Toreo, clave en el devenir de la Fiesta, que llevó de nuevo la ilusión y la alegría a las plazas con toreros como Marcial Lalanda, el propio Villalta, Chicuelo o Antonio Máquez, a los que habrían de unirse otros ilustres como Manolo Bienvenida, Gitanillo de Triana o Domingo Ortega.

Si avanzamos en el tiempo llegamos a comienzos de 1973, hace medio siglo. Entonces la mayor preocupación era el toro. Las caídas de los toros en el ruedo, la falta de fortaleza, que se vivía como una epidemia en la mayor parte de las ganaderías y con honda preocupación entre los profesionales y los aficionados. La temporada anterior no había sido buena y había un claro peligro de desafección por parte del público.

Entrevista con Miura

El 7 de enero de hace ahora cincuenta años, ABC publicó una entrevista con el ganadero Eduardo Miura, firmada por Vicente Zabala, que titulaba de forma categórica: «Miura habla claro: Estamos dispuestos a acabar con las caídas de los toros», y que el crítico abecedario introducía así: «El problema de las caídas es cada vez más alarmante. Los entusiastas de nuestro espectáculo desean contemplarle en toda su grandeza y pureza. No es frecuente que las inquietudes de los que sostienen la fiesta con su dinero alcance a los que viven de este complejo montaje. Sin embargo, por primera vez, aficionados, ganaderos, empresarios y hasta los propios apoderados y toreros están de acuerdo en evitar por todos los medios los alarmantes derrumbamientos de los toros durante la lidia».

Tras una reunión de una comisión de ganaderos con el ministro de Agricultura, el mítico Eduardo Miura se mostraba preocupado, aunque los toros de su divisa no habían teñido problemas ni con la edad ni con los pitones, «pero lo de las caídas nos afecta a todos», y hablaba de que no hay un único motivo. La cría, el transporte…

Pero es que la temporada pasada se han caído más que nunca. El transporte es el mismo. Insiste Zabala.

-Tienes razón, fue un año muy malo en pastos. Es imprescindible la hierba fresca que le viene muy bien a toro.

En la conversación afloran las investigaciones sobre la falta de fuerzas que se llevaban a cabo en las facultades de veterinaria de Zaragoza y Córdoba, y la firmeza de Miura al defender un hierro histórico: «Afirmo rotundamente que en mi ganadería no viene nadie a escoger y revolver. Van las corridas que yo aparto. No vale lo de este quiero y ese no quiero».

Miura, justa Medalla

A los herederos de don Eduardo, Antonio y Eduardo Miura, les acaban de conceder la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. Sobre ellos recae la responsabilidad de una ganadería que tiene antigüedad de 1849 y que ha sobrevivido a todas las crisis que ha atravesado la Fiesta. Una divisa, un mito, una historia sobre la que apuntalar el futuro.

Publicado en ABC