San Fermín, una tauromaquia de ciencia ficción y el encierro más aburrido.

Por Antonio Lorca.

Cada vez que a un taurino, sea torero, ganadero o mozo de espada, le preguntan por Pamplona, la respuesta es siempre la misma: es una feria especial. Pero nadie ha explicado hasta ahora qué quiere decir con ello, qué significa la palabra ‘especial’.

¿Se referirán, acaso, a que allí se cobra más que en cualquier otra plaza? ¿Aluden a que los tendidos están llenos todos los días? ¿Se acuerdan, quizá, del toro de Pamplona, que, por lo general, no todas las tardes, muestra un trapío poco habitual en las demás ferias?

No se sabe, pero lo que está claro para todos es que la llamada Feria del Toro de Pamplona es ‘especial’.

Tan especial que, en no pocas ocasiones, lo que sucede en el ruedo se parece a la tauromaquia como un huevo a una castaña. En Pamplona, el protagonista es el toro durante las 24 horas del día, pero no la fiesta de los toros como se la conoce más allá de sus lindes geográficas.

Para empezar hay un detalle destacado que lo distorsiona todo, que no es otro que ese reglamento taurino autonómico navarro que estipula que el presidente del festejo es el alcalde de la ciudad o aquellos concejales en los que el primer regidor delegue. Solo esta disposición justificaría que algún día pudieran ser derogadas todas las normativas taurinas autonómicas y unificarlas en una sola para todo el país.

El palco presidencial de la plaza de Pamplona es una broma difícil de digerir; porque no es que presida un concejal con carácter representativo y un asesor taurino adopte las decisiones más adecuadas. No. Diga lo que diga el asesor, lo que se transmite es que el presidente/a saca o no el pañuelo cuando le parece oportuno. Y, claro, se plantea un triple interrogante: o el asesor carece de los conocimientos mínimos, que pudiera ser; segundo, que el usía escucha con atención, pero hace lo que considera oportuno, que para eso ostenta el poder en el espectáculo, o, la tercera opción, que escucha, su intención es atender el buen criterio, pero prefiere contentar a los tendidos del sol porque esas son las órdenes de arriba o, sencillamente, porque tiene decidido no enfrentarse a los más ruidosos.

Sea como fuere, lo de la presidencia en Pamplona es un insulto a la inteligencia, un desprestigio total para la fiesta de los toros y un desafuero que ningún aficionado de esa comunidad debiera aceptar.

¿Aficionado?

Con el debido respeto a quien lo sea, que los habrá y buenos en esa plaza, la impresión que se deriva de lo que en ella sucede es que la afición brilla por su ausencia, y el que decide es el sol, poblado por jóvenes, ellos y ellas, a los que les importa un pimiento el toro, el torero, el caballo, el capote y la muleta. Comen, beben, canturrean cada tarde las mismas canciones, están a lo suyo, muchos de espaldas al ruedo, y ni saben ni quieren saber si lo que sucede allí abajo es importante o no. Solo están atentos a la estocada, sí; si es de efecto rápido, piden la oreja; y si el torero les ha brindado el toro, muletea de rodillas, da manoletinas y su labor la ejecuta en los terrenos cercanos a los bebedores, exigen las dos. Y ya está.

Pero Pamplona es especial, según todos los taurinos.

Es especial hasta la Casa de Misericordia, propietaria de la plaza y organizadora de la feria.

Con el reconocimiento general por la labor social que realiza (en 2022 recibió el Premio Nacional de Tauromaquia) elige los toros con más trapío de las ganaderías más reconocidas. Bueno, no siempre ni lo uno ni lo otro. Cuando se anuncian las figuras, la presencia del toro baja y nadie protesta; y la Casa es conservadora respecto a los hierros que acuden cada año, porque, con razón o sin ella, suelen repetir. (Y no se olvide el muy injusto veto que la reconocida Casa de Misericordia impone cada año a Diego Ventura, que aún no ha debutado en Pamplona).

Este año se han celebrado ocho corridas: La Palmosilla, José Escolar, Cebada Gago, Fuente Ymbro, Núñez del Cuvillo, Jandilla, Victoriano del Río y Miura.

Salvo mejor criterio, solo en la de Jandilla (galardonada con el premio Feria del Toro) han destacado tres toros por su encastada nobleza, y tres más (‘Forajido’ ha recibido el premio Carriquiri) en la de Victoriano del Río; y de todas las demás se puede y debe hablar de un fracaso sin paliativos. La Palmosilla, mansos de solemnidad, ásperos y deslucidos; José Escolar, muy mansos, broncos y duros; Cebada Gago, muy mansos y deslucidos; Fuente Ymbro, blandos, muy sosos y descastados; Núñez del Cuvillo, muy mal presentados y desfondados; y Miura, cumplidores en los caballos y muy deslucidos.

¿Y los trofeos?

Pamplona es una tómbola de pueblo. Se han cortado 24 orejas, pero ningún torero ha merecido las dos en un toro (ni El Juli ni Roca Rey), y, por encima de los merecimientos de cada cual, prevalece la ausencia del criterio en la petición y la arbitrariedad del palco a la hora de sacar el pañuelo. De cualquier modo, en el cuadro de los honores figura con cinco trofeos Roca Rey, tres orejas han paseado El Juli, Perera, Ginés Marín y Cayetano; con dos, Isaac Fonseca y Jesús E. Colombo, y con una, Juan del Álamo, Daniel Luque y Tomás Rufo.

Sin duda alguna, la idiosincrasia de Pamplona y su Feria del Toro es la que es y resulta una quimera imaginar que sería posible cambiarla. El protagonista de sus fiestas es el toro, pero no la tauromaquia. Como es ilusorio pensar que algún día habrá un reglamento taurino para toda España, con lo que la ridiculez presidencial de San Fermín continuará vigente para escarnio de la fiesta de los toros. Por fortuna, seguirá la feria ‘especial’ para el beneficio de ganaderos y toreros, que son bien pagados; para el mejor mantenimiento de las personas acogidas en la residencia de ancianos de la Casa de Misericordia, pero para mofa del prestigio de la tauromaquia. Lo que allí se celebra es ciencia ficción, a años luz de la realidad.

¿Y los encierros?

El encierro es una locura. Carece de toda lógica racional que dos mil jóvenes se jueguen literalmente la vida corriendo al lado de seis toracos bravos a los que echan a las calles abarrotadas de un gentío ruidoso. El riesgo es máximo, y prueba de ello es el amplio y luctuoso parte de bajas entre muertos, heridos y contusionados a lo largo de su historia. Pero el riesgo es la esencia de San Fermín; la cercanía del peligro es el cimiento de esta fiesta.

El problema es que el encierro ya no es lo que era; que el riesgo se ha minimizado, y que el peligro no está tanto en el toro como en las caídas, los resbalones y en las negligencia y descuidos de los corredores.

Los toros están acostumbrados a las carreras y se desplazan con inusitada velocidad, el líquido antideslizante permite que las pezuñas de los animales se agarren al suelo y rara vez pierdan el equilibrio. En consecuencia, la manada suele correr hermanada y compacta, y no hay toro que quede rezagado y ponga en serio aviso a los corredores.

En consecuencia, el encierro ya no es el mismo; hay toros y corredores, pero la emoción se ha esfumado a medida que se han ido aplicando medidas de seguridad, y los ganaderos han convertido los toros en veloces atletas que se aíslan del bullicio y corren a la búsqueda de un récord.

El encierro del siglo XXI sufre la peor enfermedad posible: que se parezcan unos a otros como dos gotas de agua, que sean previsibles, que el auténtico peligro resida en los propios corredores y que amenace con ser el más aburrido de su historia.

En fin, que la Feria del Toro es una historia singular, por la idiosincrasia de la sociedad de Pamplona, su historia, sus peñas, su reglamento taurino y particular percepción de la fiesta.

La tauromaquia es otra cosa.

Publicado en El País

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