Roca Rey sigue pensando que hacer temporada en México es venir de vacaciones a escuchar mariachis todo el día, beberse el mejor tequila con amigos, asolearse un poco y de paso llevarse una cantidad importante de dólares sin esforzarse mucho.
Por Juan Carlos Valadez – De SOL y SOMBRA.
Mucho se ha escrito en los últimos días sobre el regreso de los toros a la Plaza México y las difíciles batallas legales que se tuvieron que sortear para que se lograra. La prensa nacional el día de ayer incluyó en sus portadas la enérgica protesta de los antis afuera del Monumental y otros cedieron sus espacios más importantes para registrar la impresionante entrada.

Y si, la entrada fue espectacular, mi enhorabuena para sus organizadores pero aquí vamos a hablar de toros, que es lo que nos interesa. Y hay que empezar por lo primero, los toros.
No se puede hablar de que regresaron los toros, si lo único que no regreso el pasado domingo fueron precisamente los toros. El público que abarrotó la plaza, quiero suponer, pago por ver el regreso de una corrida de toros que estuviera a la altura del evento. Pero el único regreso que vieron fue el de los toreros, porque de toros nada.
Saltaron al ruedo seis toros de Tequisquiapan, o siendo más precisos; se lidiaron seis medios toros, adulterados en su bravura, fuerza, clase y condición que solo sirvieron para vender su carne. A esto hay que añadirle que la corrida estuvo desigualmente presentada, con algunos toros gordinflones, otros anovillados, pero todos ellos con poca cara.
Es evidente que este hierro apetecido por casi todas las figuras, lo es solo por su docilidad y su excesiva ración de nobleza, que deja estar a su aire a sus lidiadores.
Ante el medio toro desfallecido en la muleta por los tremendos puyazos traseros que les recetaron los varilargueros, lo que prevaleció toda la tarde fue el toreo de truco, que solo valió para sostener al toro en pie y sacarle la media arrancada que le permitían su falta de fuerza y de casta.
¿Y la autoridad? Perdida como siempre. Ya puede protestar el público toda la tarde, que al juez de plaza le dará igual y se hará de la vista gorda como sucedió con el manso de libro que salió en tercer lugar. Todos sabemos que los jueces de la Plaza México están entrenados para aguantar sistemáticamente todas las protestas e irán cambiando ligeritos los tercios para que llegado el último, la presencia del toro protestado sea un hecho consumado y el público se tenga que conformar -y si no se conforma, cuidado señores, porque lo van a volver a echar de la plaza- mientras los taurinos aguantándose la risa se frotan las manos de gusto en el callejón, porque le acaban de quitar a la afición la cartera de la manera más burda y sencilla a la vez.
Pero en el “regreso de los toreros” también hubo toreo, no crea usted que no, pero en realidad muy poco. A los toreros mexicanos del cartel habría que recordarles que cuando te colocas bien mandas en el toro. Si te colocas mal, el que manda es el toro y al terminar el pase quedas descolocado como le pasó a Diego Silveti que no termina por entender que al terminar el muletazo, hay que ganar otro paso para quedar nuevamente colocado enfrente del testuz. Así de sencillo y así de fácil.
Joselito Adame contribuyó un poco a la diversión toreando con alegría. Sus dos faenas fueron un examen de grado observadas con lupa por un sector de la afición, en donde unas veces se escuchó el olé largo de la plaza y otras el corto. No hay en México una afición que matice tanto sus olés como la México; por eso es la cátedral del toreo en nuestro país.
Lo de Roca Rey sí que fue para el olvido, aunque hay que señalar que tuvo un lote infumables, pero en la pena lleva la penitencia el matador peruano, ya que gracias a sus imposiciones por torear este tipo de ganado en nuestro país, sus corridas generalmente terminan en sonoros fracasos.
Ni siquiera la evidente inutilidad del tercero y las protestas del público, indujeron al juez de plaza a devolverlo. Ante los reclamos del tendido y los olés de chunga, Roca cejo en su empeño de pegarle más pases al torito y se fue por la espada.
Con el sexto todos los esfuerzos por hacerlo embestir -y lo probó en el tercio y en los medios- fueron inútiles. El último recurso habría sido colgarse de un pitón, pero ante ese astado tan descastado, no le hubiese servido de nada. Y se dejó el toro vivo.
Su legión de partidarios que le disculpan todo, podrán decir misa. Pero los tres avisos no es una más, sino la mayor de las afrentas que puede sufrir un matador de toros. Dejarse un toro vivo es el colmo de la incapacidad profesional.
Los toreros, que tanto dicen que “un respeto para los que se ponen delante”, más vale que recordaran en qué consiste el respeto y a quién hay que respetar. Sonó el segundo aviso y Roca, impávido, continuó descabellando esperando sin éxito que el toro doblara. Sonó el tercero y el broncazo fue contundente.

Pero Roca Rey sigue pensando que hacer temporada en México es venir de vacaciones a escuchar mariachis todo el día, beberse el mejor tequila con los amigos, asolearse un poco y de paso llevarse una cantidad importante de dólares sin esforzarse mucho. Aunque este señor lo que en realidad hace, es venir a burlarse de la afición mexicana, toreando generalmente toros sin trapío en casi todas las plazas en donde se presenta.
Esto es Roca Rey en México. Una mala copia de su temporada en Europa. No vale la pena pagar por verle aquí de vacaciones, claro, si lo que usted espera es que este hombre haga lo mismo que hace en España. Ya que si ese es su caso, mejor cómprese un boleto en Iberia y vaya a verle a Madrid porque aquí, seguramente va a salir defraudado.
Y para terminar. Señores taurinos, por favor, no continúen haciendo méritos para acabar con la fiesta en la capital mexicana. Si no rectifican en el tema ganadero, no van a ser necesarios más amparos antitaurinos para conseguirlo.




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