Desafortunado regreso de Urdiales a Bilbao.

Por Javier Cámara.

Volvió Diego Urdiales a pisar la negruzca arena de Bilbao. Su Bilbao; su plaza; su feria; la de los triunfos grandes y la de aquellas tardes rebosantes de torería, valor y grandeza. Una ausencia de cinco años, que es lo que viene a durar una pandemia y las consecuencias de dos desprecios tan injustos como crueles. La parábola del hijo pródigo, pero guion cambiado esta vez.

Una ovación para celebrar su reencuentro con Bilbao se vio obligado a saludar Urdiales antes de que apareciera por toriles su primer toro. Que hasta tres tuvieron que salir, descordado ese primero y rota una mano del que hizo de sobrero. Apareció así un toro de Valdefresno, rematado, aunque sin decir gran cosa por delante, que vino a desdecir la finura y la bella expresión de aquel que se había enlotado como titular. Con las manos por delante y como encogido embistió de salida. Aunque tardo, se desplazó ya con cierta largura en banderillas. Devolvió aquel cariño que recibió Urdiales brindando su obra al público y hete aquí que tuvo Urdiales que resolver la ecuación de la elección de los terrenos: evitar la querencia hacia las tablas del toro de Valdefresno o verse molestado por el viento en los medios.

Dos derechazos esbozó Urdiales buscando profundidades y alcanzando hondura, empaque y mando. Dos, como digo, que alcanzaron categoría de verdaderos carteles de toros. Llegaron a favor de querencias y sepultaron el breve poder de un toro que se vio podido y echó la persiana para rajarse. Un pinchazo precedió a la estocada y ésta a la ovación y el respeto de Vista Alegre.

Brindó Urdiales su segundo a Pablo Hermoso de Mendoza. Fue este un toro feo, sin la plaza que concede la vuelta del pitón y la dirección de este hacia el cielo. Cantó la mansedumbre la manera tan suelta de salir del caballo. Y empezaron las huidas, las prófugas embestidas desordenadas. Tan brusco y tan violento. Tan a contraestilo para hacer el toreo. Tan como de otros tiempos en los que la bravura no se seleccionaba con tanto tino. Hasta tiró unas cuantas coces. Se eternizó ahora Urdiales con la espada ante un toro que sólo sirvió para que ‘El Víctor’ y ‘Tito’ arriesgaran y se lucieran con las banderillas.

Dos orejas paseó Pablo Hermoso de Mendoza en su adiós de Bilbao. Un aurresku vino a decir el respeto y el reconocimiento de Vista Alegre al caballero de Estella. ‘Agur jaunak’, rezaba una pancarta, que quiere decir ‘adiós, caballero’. La obra del triunfo estuvo ahora cimentada en el ajuste y también en el temple. Y temple y ajuste orquestados siempre en los medios. Destacaron las piruetas en la cara a lomos de Malbec, lo que sumado al certero rejón de muerte, desembocaron en el último triunfo a un romance entre Pablo Hermoso y Bilbao que comenzó a finales de los ochenta. Las buenas condiciones del toro de San Pelayo, por nobleza, franqueza y duración, vinieron a facilitar el feliz desenlace de esta última lidia.

No hubo tanto acierto en el toro que abrió el festejo. Faltó ajuste y reunión y sobró un rejón de castigo que vino a acelerar el fin de las buenas embestidas de aquel también noble toro de San Pelayo.

Debutó en Bilbao Juan Ortega, donde la despaciosidad de su toreo cayó de pie. Desde el saludo a su primero, tan esbozado al ralentí, tan predecibles en su grandeza aquellas verónicas de mejor planteamiento que ejecución. La cadencia y la despaciosidad del inicio de faena pusieron la obra a favor de Ortega. Alternó el sevillano pasajes de rebosante delicadeza y torería con otros más tropezados. No terminaba de seguir los engaños el noble toro de La Ventana del Puerto y eso, sumado a que Ortega no rectificaba la posición, escatimó la reunión y el ajuste en varios tramos de la faena. Hizo hilo el toro la única vez que Juan se puso al natural, lo que, sumado a la defectuosa colocación de la espada, antojó exagerada la oreja concedida.

Bueno fue el saludo a la verónica en el sexto, por erguido, despacioso, templado y mecido. Como el quite por chicuelinas abrochado por una media que fue antológica hasta que terminó tropezado el capote en el último tempo. Tan halada, tan delicada, tan volada y tan despacio se cantó. Parecía que era ese el momento en el que Urdiales tenía que haber participado en el quite. No para pedir perdón, pues no hubo nada que perdonarle al riojano, pero sí para decir lo que había echado de menos a Bilbao. El inicio a dos manos de Ortega resultó de suma belleza, más quizá no el más propicio por poderoso y exigente. Poco a poco se fue diluyendo el toro y también el trasteo.

La ficha

Plaza de toros de Bilbao. Séptima de las Corridas Generales. Un tercio de plaza en tarde encapotada y con lluvia intermitente. Toros para rejones de San Pelayo, colaboradores y nobles. Un toro de El Puerto de San Lorenzo, segundo tris, desfondado y sin poder. Uno de Valdefresno, el quinto, manso; dos toros de La Ventana del Puerto, el tercero, noble y con posibilidades; el sexto de escasa duración .

Pablo Hermoso de Mendoza: silencio y dos orejas.

Diego Urdiales: ovación y silencio tras aviso.

Juan Ortega: oreja y saludos.

Antes de romper el paseíllo, se le dedicó un aurresku a Pablo Hermoso de Mendoza por su última actuación en Bilbao. Se desmonteraron ‘El Víctor’ y ‘Tito’ tras banderillear al quinto.

Publicado en Nuevecuatrouno


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