Por Heriberto Murrieta.
Enrique Ponce forma parte del cuadro de honor de los toreros españoles que han sido idolatrados por el público mexicano.
En la lista aparecen los nombres de Manuel Rodríguez “Manolete”, Paco Camino, Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de la Capea”, Julián López “El Juli” y Pablo Hermoso de Mendoza. En menor medida, Manuel Benítez “El Cordobés”, José Tomás y Morante de la Puebla.
Desde su presentación en la Plaza México en diciembre de 1991, Ponce encantó por su estética, sitio, poderío, depurada técnica y un entendimiento cabal de las cualidades del toro mexicano, de menor alzada y mayor lentitud que el español.
Sus faenas, rayanas en la perfección y en ocasiones demasiado largas, cautivaron a la sensible afición de nuestro País.
Para el valenciano no ha existido toro aborrecible. Se ha empeñado, y se le agradece, en “sobar” e insistir al máximo hasta arrancar muletazos que parecían imposibles, desquitando con creces la elevada paga.
Surgió de inmediato una relación de enamoramiento con el público de aquí. Ponce llegó a ser un irresistible imán de taquilla y eje de temporadas enteras durante 30 años, capaz de convocar a 25 mil espectadores al coso capitalino en cada una de sus comparecencias.
No faltaron las desavenencias dado que, al igual que otras figuras españolas, exigió condiciones de exagerada comodidad. Inevitablemente también llegó el desgaste propio de una figura tan vista y con tantos años en el candelero.
En tiempos recientes, mientras se mantenía temporalmente alejado de los redondeles, su imagen apareció demasiado en las frívolas páginas de la llamada prensa rosa, esa aberrante distorsión del verdadero periodismo, que busca chismear, en lugar de informar, y escandalizar a costa de lo que sea.
No cabe duda que en el balance final, Ponce quedará marcado como uno de los diestros más importantes e influyentes de la historia.
Hasta la fecha, su valor sereno no se nota y le sigue permitiendo desarrollar trasteos artísticos de gran clase, belleza y sello propio. Eso ha sido: un torero con clase.
Por todo lo que representa y por su momento actual de plena madurez, resulta imperdible verlo hoy en la Monumental Monterrey por última vez.
Ponce alternará con dos jóvenes valores norteños, el regiomontano Sergio Garza y el lagunero Arturo Gilio, para lidiar un encierro de la ganadería de El Junco.
Publicado en El Norte




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