Opinión: Tauromaquia y muerte.

Por Manuel Fernández Leal.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Era un patio donde no maduraba el limonero, pero que estaba adornado en sus cuatro geométricas partes por cabezas de toro.

Mi infancia son recuerdos de mis padres leyéndome muy de pequeño el magistral cuento infantil “Blanquito y Toro”, escrito por el polifacético escritor norteamericano Robert Vavra e ilustrado por el no menos singular John Fulton.

Vavra era un californiano que atraído por la fiesta vino a España y se sumergió de tal modo en la tradición taurina y la vida del toro bravo que su pasión culminó con la publicación de un libro titulado “Toros de Iberia”. Fue amigo personal de Juan Belmonte y trabó gran amistad también con John Fulton, singular torero de Pensilvania que tomó la alternativa en la Maestranza en 1963 y luego se establecería en Sevilla con un estudio de fotografía en la Plaza de la Alianza.

En ese cuento se narraba la amistad de una garcilla bueyera o espulgabuey llamado “Blanquito” y un toro bravo llamado “Toro”.

En un principio “Toro” salva la vida de “Blanquito” y se comienza a fraguar su amistad en la dehesa. Cuando mandan a lidiar a “Toro” a la Maestranza este demuestra su bravura y salva la vida porque Blanquito llama a todos los espulgabueyes e inundan el cielo de blanco pidiendo el indulto.

Aunque es pieza de colección, todavía pueden regalarlo a sus hijos o nietos por Reyes para comenzar a fomentar la afición.

La muerte se esquiva para los niños en este cuento, porque muchas veces casi toda la verdad oculta nos es negada en esa edad infantil y en algunos casos a cualquier edad.

Mi infancia son risas de la mano de mi padre viendo el Bombero torero y los enanitos toreando, introduciendo a los niños en la tauromaquia.

No se ha valorado suficientemente la gran labor de Pablo Celis, José Colomer, Carmelo Tusquellas o Rafael Dutrus “Llapisera”.

Tusquellas actuaba vestido de Charlot y acuño el término “charlotada” para denominar estos espectáculos y “Llapisera” tiene el honor de disputar al mismísimo Chicuelo el invento de la chicuelina, que surgió en un espectáculo cómico taurino para eludir al toro.

Los absurdos y falsos convencionalismos sociales han prohibido estos espectáculos que tanto nos hicieron disfrutar a toda una generación con el máximo respeto, cariño y consideración a sus participantes.

Y mi infancia son corridas de toros de la mano de mi padre. Dicen que el síntoma más claro de la infantilización social es como se nos preserva de la existencia de la muerte.

Pero cuando siendo pequeño vas a los toros comienzas a entender que allí está contenido el misterio de la muerte.

Ya lo decía Juan Belmonte: “En la plaza se muere de verdad. Hay otros lugares donde la muerte se invoca, como el teatro o la ópera, pero allí jamás se presenta. La muerte sí aparece en una plaza de toros.”

Los toros y la tauromaquia te enseñan a comprender la muerte. No hay tapujos ni tabúes.

Obviamente la muerte en la tauromaquia no es más que un complemento para entender la misma. Por encima de ese complemento está la concepción cristiana de “la hermana muerte”, como la llamaba San Francisco de Asís, que no es más que es el principio de la Vida.

En una de sus últimas homilías Monseñor Asenjo decía ” La muerte es el final o el principio, depende de cómo la miremos. Los santos son los muertos más vivos. Hoy día se contrapone el humanismo materialista, inmanentista de la nada absoluta al principio cristiano de la muerte como la vida verdadera, de la fe como consuelo, fortaleza y esperanza”.

Mi infancia, yendo a los toros con mi padre es un tratado de tauromaquia de cosas no vividas y contadas que llegan a provocar lo que los expertos llaman anemoia o nostalgia de lo no vivido. Pero te lo contaba tan bien que llegabas a echar de menos lo no vivido.

Así he llegado a sentir nostalgia de faenas de toreros que nunca vi torear como Manolete, Arruza, Armillita, Manolo González, Pepe Luis, El Vito, Dominguín; Ordoñez, Rafaelito Chicuelo o los inicios de Curro Romero.

Hoy me permito utilizar esta columna taurina para rendir con estas reflexiones desordenadas un homenaje a mi padre, recientemente fallecido, que me inculcó esta bendita afición que tanto ayuda a comprender la vida en muchas de sus facetas, incluida la muerte.

Decía Baltasar Gracián que “para los jóvenes la muerte es un naufragio y para los mayores es llegar a puerto”.

Pero mientras estamos en la vida siempre a todos nos parece temprano para que llegue a pesar de que nacer es empezar a morir.

Como me decía un buen amigo “hay que pensar que la muerte siempre te gana el partido de la vida y está tan segura de vencer que te da toda una vida de ventaja. Que cuando llegue te encuentre muy vivo para ver si duda en llevarte, pero no te preocupes que lo único que nos separa de la muerte es el tiempo, por lo tanto como no te preocupaste de nacer tampoco te preocupes de morir”.

En realidad lo que pensamos de la muerte solo tiene importancia por lo que la muerte nos hace pensar de la vida.

Entretanto, vivamos mientras morimos.

* Manuel Fernández Leal es licenciado en Derecho, máster en asesoría jurídica de empresa, docente en diversos cursos de postgrado. Aficionado práctico taurino. Conferenciante en temas de la historia de la tauromaquia. Autor del blog “Leales del toreo”. Coordinador del Aula Taurina de Antiguos Alumnos del Colegio Tabladilla. Colaborador en tertulias taurinas en Radio Ya, Radio Decisión y Onda Capital y en la revista francesa “Toros”, decana de la prensa taurina en Europa.

Publicado en El Pespunte


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