El Cubil: El verdadero valor de Rafael de Julia.

Por Zabala de la Serna.

La primavera, ahora sí, se despereza en Madrid. De la sierra blanca por las nieves recientes desciende aún un frío madrugador, un aire afilado y cristalino que hiela las tardes. Lo sufrimos el domingo pasado en la plaza de Las Ventas cuando el sol se escondía, sin atreverse del todo después de tanta lluvia. Fue dura la tarde en la que Damián Castaño cayó herido durante la lidia y Rafael de Julia ya salió con el cuerpo hecho jirones y la mente dañada. «Esa delgadez extrema, enfermiza», firmé.

No consistía la cosa en desarrollar una crítica ácida porque no se trataba de un naufragio artístico, sino de una debacle humana. Me habían advertido, no sin preocupación, discretamente, sobre Rafael. «Tienes que comer», le habían aconsejado en un tentadero reciente. Por eso, y por lo que vi y relacioné inmediatamente, tiré de la anilla del airbag de la crónica, para amortiguar la caída. Los episodios de falta de fuerza en las piernas se habían dado en más ocasiones. Y el otro día, cuando la oscuridad se cernía como un buitre negro, las facultades tampoco respondían. Si la responsabilidad de pisar una plaza sin poder apenas con los 21 gramos del alma falló, no puede fallar ahora para afrontar la enfermedad que se enclavija en la salud mental. Y no va a fallar.

Hablé en estos días con su apoderado, José Antonio Carretero, preocupado como todos los suyos. Sólo RdJ puede marcar sus tiempos, consciente del camino para priorizar la salud sobre el toreo, al hombre sobre la profesión. Miguel Abellán escribía en la red social X sobre la crueldad de los comentarios y los arrepentimientos que vendrán el día que se sepa toda la verdad. Así será. Pero el público, parte de la prensa y bloguerillos de baja ralea no están obligados a conocerla si no se les cuenta. Sólo vieron a un profesional naufragar, hundirse a plomo en su propia tempestad. Si bien es cierto que la impotencia, física y anímica, alcanzó tal magnitud que bien podrían haber sospechado que allí sucedía algo más. Pero ya sabemos cómo somos de hijos de puta. Todavía hay quienes sospechan del cuento de Morante

Rafael es un buen torero. A veces hace falta más valor para enfrentarse a la enfermedad que al toro -el valor de tomar conciencia de enfermedad-, pero estoy convencido de que lo encontrará. Como lo encontró para renacer como artista a sus 40 tacos largos, y regalarnos fotografías de la esencia del toreo el último septiembre en Madrid. Los trastornos alimentarios vienen de muy hondo, silenciosos, invisibles, devastadores. Sólo espero que cuando se conozca el mal de RdJ haya respeto. Todo el que ahora, desde la ignorancia, no hay

Publicado en El Mundo


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