Si su tiempo, para ustedes, merece ser salvado. Entonces mejor comiencen a nadar, o se hundirán como una piedra. Porque los tiempos están cambiando.
Bob Dylan.
Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.
Absurdo sería no admitir que los tiempos están cambiando para la tauromaquia en México desde hace muchos años. Quizás haya sido esta negación la misma que nos tiene en un punto que parece de no retorno -al menos que ocurra un milagro en materia legal- para que continúen las corridas de toros a la usanza española en la Ciudad de México.
Alcanzado este punto, no es descabellado pedirle a las asociaciones que comiencen a plantear cambios en los reglamentos taurinos, para que estos ‘aligeren’ el desarrollo de la corrida y que puedan servir para afrontar los graves problemas que se avizoran para la tauromaquia en el resto del país.
Si bien es cierto que eliminar la sangre del toro en su totalidad es la antesala de la desaparición de la tauromaquia, o, al menos, de su desnaturalización. Pienso que es el momento ideal para buscar transformar el espectáculo y volver a apostar por la integridad del mismo. No va a ser fácil, es cierto, habrá que trabajar mucho para conseguirlo, ya que algunos políticos y animalistas continúan empeñados en reducir el peligro y la esencia del espectáculo.
Equivocados también están quienes piensan que la gente ha dejado de ir a los toros por la visión de la sangre, la realidad es otra, se han alejado porque se aburren, tantos abusos en las ultima década y una excesiva mansedumbre en el campo bravo mexicano han terminado por echar al público de las plazas. Sin embargo existe una fórmula para terminar con esto, que es regresar al toro encastado y poderoso a los ruedos. Porque el problema no es la visión de la sangre, sino la falta de emoción y de verdad en la mayoría de los festejos.
Tenemos que ser concientes que modernizar no debe significar humanizar a los animales que, a mi juicio, es el mayor maltrato que puede haber. Una cosa es que la tauromaquia evolucione y se puedan cambiar algunos aspectos para que el espectáculo tenga un menor grado de crudeza, pero en ningún momento se debe de alterar su integridad. Pero si tenemos que trabajar por una tauromaquia diferente a la que conocemos, para que esta perduré en el presente siglo, en donde pienso que se podrían suprimir las banderillas negras, reducir el tamaño de las puyas e incluso pensar en eliminar un par de banderillas en el segundo tercio, así como acordar un determinado número de descabellos y quizás reducir a uno o dos los avisos. Creo que no tenemos porque estar cerrados a los cambios, si podemos aligerar la parte final del toro en el ruedo.
En conclusión, modernizar sí; reformar el reglamento, también, pero buscando siempre que la fiesta mantenga una sensación de peligro y riesgo, y para ello es fundamental un toro con casta así como evitar el fraude en las plazas de toros.
Lamentablemente los principales actores del espectáculo (algunos matadores y subalternos) son los máximos opositores para cambiar o modernizar la tauromaquia. No son pocos los que quieren mantener un espectáculo a medias y sin verdad. Si analizamos con calma y profundidad, llegaremos a la conclusión de que los profesionales en los últimos años hicieron poco para darle una mayor seriedad e integridad a su fuente de trabajo, aún cuando el peligro de una prohibición era inminente.
Por todas estas razones y con el agua hasta el cuello, es momento de que el sector taurino abandone los complejos y trabaje en la creación de un reglamento para todo el país en lo general, con medidas que fomenten, protejan y aseguren el futuro de la fiesta, y no solamente intentar hacer un brindis al sol, con el único objetivo de contentar temporalmente a los antitaurinos de los partidos que prohibieron la corridas de toros ‘con violencia’ en la CDMX.
Es lo que digo yo.




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