Morante de la Puebla, el arte sobrenatural del hombre entre tinieblas.

Hagas lo que hagas, siempre tendrás a la mitad de tu gente en contra cuando dices en voz alta que hay toreros por los que aún tiene sentido acercarse a una plaza de toros. Toreros como Morante de la Puebla. Toreros capaces de convertir una circunstancia violentísima en una expresión del arte. Tipos como él, que alojan en la mirada la cicatriz de un sentimiento. Seres a la manera de este hombre que torea como si no hubiera pasado el tiempo y su cualidad de artista justifica un riesgo. Leí en Zabala de la Serna (el mejor cronista taurino de las últimas décadas, el de prosa y sentido más precisos) la faena de Morante de la Puebla el viernes 2 de mayo en Sevilla a un ejemplar de la ganadería de Domingo Hernández. Luego pude cazar algunas imágenes. Y ahora esto: escribir de lo extremo de algunos instantes de su tauromaquia, de la condición tan abisal de su toreo, del individuo herido por dentro, del hombre que se ha hecho hombre entre tinieblas, con la cabeza (de sien a sien) cruzada de vientos y alguna resonancia de caverna.
En esta vida, ya se sabe, la valentía siempre viene de alguna fatalidad. Asistir al toreo de Morante de la Puebla está más allá de la pena o la alegría de torear. La estética de la figura, el ritmo del movimiento, la gracia del adorno, su instinto o su experiencia. Y la montera de morillas con los machos caídos en ecos de Joselito El Gallo. Y el vestido con fulgores bordados de muy atrás. Y el vaso de plata para matar la arena con la que hace montoncitos en la boca el miedo. Y la manera en que el tiempo se dispone a detenerse cuando la muerte frente al toro tiene su horario y las verónicas y los naturales burlan los pitones que esperan la orden de entrarle al corazón para cobrar su deuda. Torear tan minucioso y desarmado como Morante es el milagro. Vivir con tanto desasosiego, un impreciso infierno. Vivir así es otra manera de volver el fusil hacia uno mismo, apoyar la barbilla en la punta del cañón y a lo que salga.

Este es un artista dañado y de su quietud sube algo incalculable a veces, el enigma sugerente de los impares. El silencio que acumula es de tal calidad que no quieres ni respirar para no espantar el prodigio. Los humanos, mayormente, somos mitad luz y mitad noche. En él es más grande su mitad de noche y en ocasiones ésta lo ocupa todo más allá de sus defensas. Se puede decir que Morante de la Puebla es un artista del linaje de los extraviados. Y el toreo, cuando lo cuaja, ocurre exactamente en el intervalo que hay entre él y él. Esto parece fácil de decir, pero es la sustancia de su diferencia, incluso de su honda rareza desigual. Son quienes convierten su estado de gracia en un estado de alerta.

Claro que el toreo es barbarie, no iba yo a dejar de decirlo. Pero también es una manera de llegar a sentir el arte de otro modo. Ni siquiera quienes braman diciendo “¡asesinos, asesinos!” aciertan con la verdad. Aquí existe la muerte, pero no el crimen. También sucede en la plaza la grosería tantas veces, pero no el delito. Y los más peligrosos son quienes presumen de prohibir o alientan la prohibición y ondean una moral de asfixia impidiendo sentirlo todo de todas las maneras. Nadie me va a descubrir la zafiedad, la estupidez, el ánimo de regimiento de infantería, el estraperlo ideológico, el mal gusto y lo bruto que existe en una parte ancha del mundo de los toros, porque lo conozco. A nadie intento convencer de lo que siento si Morante levanta el vuelo alguna tarde, porque esa emoción es sólo mía y así está bien. La tolerancia se da en ocasiones como una suerte de lucidez inversa. No se puede ni se debe ser todo en este mundo. Ni sentirlo todo de todas las maneras. Ni ser sublime sin interrupción, aquella consigna hortera de Baudelaire.

Pero lo suyo es otra cosa: Morante de la Puebla torea desde el desvalimiento del artista de alma oscura (porque el toreo tiene alma como la tiene la poesía, la música, la pintura o el cine cuando la tienen). Morante torea crujido de desconciertos, desde el desprendimiento de la enfermedad mental. Y en el conglomerado en bruto de su condición tan frágil alcanza una pureza extraordinaria, concentrada y desplegada al mismo tiempo. Él es lo más soberbio que está ocupando en este tiempo una plaza de toros. Lo suyo es una cuestión de matiz, de asombro y de impronta que se dice en un misterio, como pedía El Gallo. Torear de un modo tan distinto que uno no sabe cómo ha llegado hasta ahí.

“Soy un torero que se mueve por pulsiones interiores. Siempre estoy en busca de mí mismo. Muchas veces vivo en pensamiento”. Lo de vivir en pensamiento da la dimensión telúrica de este torero. Vivir en pensamiento, en su caso, es vivir sobrevolando el abismo, el miedo, lo inexplicable. Habla de él hacia él. En medio de sus silencios geométricos se puede oír pasar los pájaros. Existe una belleza inesperada que sólo sucede en su toreo, en la forma tan contraria de aceptarlo. Una suerte de sinfonía que no ha sonado antes y que resulta esquiva, casi secreta. Tiene algo de ser imprevisible confiado al milagro.
Quizá la ceremonia de los toros está en agonía, como dicen los amigos antitaurinos. Importa poco. También la democracia resiste amenazada en más de la mitad de occidente y aquí seguimos. Entre sol y sombra pasa la vida. Pero hay momentos tan fuertes, yo no sé, en que alguien transforma lo vulgar en un instante infinito y por un momento te lleva a donde nunca has estado.

Por Antonio Lucas – Publicado en El Mundo


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