Pablo Aguado levanta un prodigio sobre las ruinas de la tarde y el cadáver de Juan Ortega en Las Ventas.

Pablo Aguado triunfó en un mano a mano contra Juan Ortega en Las Ventas, destacando por su sevillanía y naturalidad en el toreo. Aguado ejecutó una faena etérea y grácil con un toro de Torrealta, mientras que Ortega enfrentó dificultades con los toros de Juan Pedro Domecq, mostrando problemas para adaptarse a las características de cada animal. La corrida, marcada por la desigualdad del ganado, culminó con la victoria de Aguado, quien cortó una oreja.

Por Zabala de la Serna.

A última hora, cuando se vencía la noche y la derrota, Pablo Aguado levantó un prodigio de sevillanía sobre las ruinas de la tarde y el cadáver de Juan Ortega. La luz en su izquierda, la gracia en los remates, el toreo de otra tierra, y puede que otro tiempo, deletreó Aguado sobre un buen toro de Torrealta. Una faena etérea, grácil, salpicada de detalles y torería, cimentada en la naturalidad del toreo natural, esa forma de posarse la muleta. Pero sobre todo, o antes de todo, ofreció la imagen acumulada, a lo largo de todo el mano a mano, de un tío centrado -ni todas las voces contrarias lo sacaron de su eje-, más certero en las elecciones de terrenos y en todas las decisiones, no sólo en el toreo, que su desnortado rival.

Y si esto se planteó en términos de un duelo, hubo una victoria por KO aplastante. Le consintió al torrealta, lo espero, y fluyó la memoria de un arte antiguo, frágil y bello. Solventó un desarme por una colada con un desplante rodilla en tierra, y en pie remató la maravilla hacia tablas pegando muletazos por bajo que hacían asomarse a Antonio Bienvenida y Pepe Luis a los balcones del cielo bendiciendo la danza al paso. Una estocada, una oreja con sabor.

En eso, en el marcador, pero no sólo, Pablo Aguado le ganó la partida, una lección de cabeza torera.Y, después de pasaportar a un toro que increíblemente había pasado la criba veterinaria, que se defendió constantemente, eligió los terrenos exactos: en paralelo a las rayas del “6”, donde debió ser alguna de las faenas orteguistas. Lo preciso para un toro que, con más cara que cuajo, había apuntado buen son en las caras verónicas del recibo aguadista. La faena tuvo su enjundia y su pulso, sus momentos en la derecha y su búnker mental ante el permanente castigo de los descontentos con el ganado, con muchísima razón, pero no siempre para boicotear faenas a piñón fijo. Gustó ya entonces Pablo antes de hacer la luz en la oscuridad.

El ambiente para este mano a mano, dado en llamar del arte, había trasladado el corazón de Sevilla a Madrid. Juan Ortega y Pablo Aguado cuelgan del hilo del toreo que baja desde el núcleo de la sevillanía con diferentes estilos y, por tanto, son estilistas distintos. Ortega y Aguado estrenaban ternos encargados para la ocasión. Gris perla y oro aquél; corinto y azabache éste.

De la desfondada corrida cinqueña de Juan Pedro Domecq, quedaron cinco supervientes de 11 -algunos más no debieron pasar-, y hubo que remendarla con un toro de Torrealta, de Pilar Prado. Esto dio pie a las porterillas de corrala que chismeaban con la relación de Pilar y Pablo -el amor funcionó- o hacían chanzas con que el primero de Juan se llamase Solterón. Ya ves.

Pues Solterón abrió plaza con su cara acucharada, su remate agalgado, más bien escaso, como el aliento, ese aire de vaca vieja. A Juan Ortega le vino preciso, tan templado el empuje, para dibujar cinco verónicas, especiales por el derecho. Como la segunda de las dos medias. Humillaba el juampedro, apenas picado, con cierta clase. Pablo Aguado se soltó por delantales y una larga serenísima que elevó el quite. Contaba Solterón con el fondo exangüe, apenas para 15 o, a lo sumo, 20 muletazos. Para hacerlo con una precisión en la que no entraba equivocarse de terrenos, y llevárselo a los medios. Como sucedió. Un cambio de mano brotó hermoso, gateando despacioso el toro. Que lo poco que se dio fue cuando JO se lo llevó en paralelo a la segunda raya, territorio Chenel. Otro cambio de mano superior. Muy venido abajo. Los 15 ó 20 pases se gastaron.

Quizá demasiado poco para armar el toreo. Compremos el argumento. Que se cae con un tercero que fue un toro bueno, noble, templado. Con su porte además. Juan Ortega tiene un problema grave. Que sale a hacer “lo suyo”, no lo que necesita el toro. Volvió a trazar un camino desde el tercio hasta los medios, otra vez, -entre doblones y preciosismos al paso- para una vez allí merodear como un hombre sin brújula. Sólo busca la estética: las escasas veces que enganchó la embestida, lo que se dice traértelo toreado, el juampedro escanciaba embestidas muy notables. Y el muletazo también lo era. El problema añadido venía luego, cuando había que imponerse. Que te desborde éste “amigo”, hecho para torear bien, es una cosa. Hubo como una unanimidad en el “Ortega no está” -ya se ha visto en Sevilla-, lo que sería solucionable. Lo grave es que no le entre.

Juan Ortega es un torero que estudia el toreo, no le fluye. Lo construye. Pero si lo construye mal el edificio se desmorona. Los planteamientos de faena -en este año especialmente- son nefastos. Apuntaba también notas el castaño y apretado quinto, que subía en seriedad. Lo brindó al maestro Roberto Domínguez. Y acto seguido abrió faena allí mismo -en el “2”- por alto, con ayudados, violentando al toro, que no tenía mucho, para sacárselo a los medios. Al juampedro ciertamente le faltaba empuje para salirse de la suerte y a Ortega todo lo demás. Un castillo de naipes. Le convendría alejarse de palmeros, entornos nocivos y tontitos de distinto nivel, esa maquinaria de hacer enemigos, y centrarse en el toro. Sí, en el toro. El toreo viene luego. Usted es necesario.

MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Sábado, 24 de mayo de 2025. Décima cuarta de feria. Lleno de «no hay billetes» . Toros de Juan Pedro Domecq y uno de Torrealta (6º ); de muy desigual presentación y pobre fondo y triste empuje; bueno el 3º, notable el 6º.

JUAN ORTEGA, DE GRIS PERLA Y ORO. Pinchazo y estocada honda delantera perpendicular (silencio); media estocada desprendida (silencio); y media estocada delantera desprendida (silencio tras aviso).

PABLO AGUADO, DE CORINTO Y AZABACHE. Dos pinchazos y estocada atravesada (silencio); media estocada atravesada (ovación); y estocada (oreja).

Publicado en El Mundo


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