Por Fernando Fernández Román.
Madrid, 28 de mayo de 2025. Decimoséptima de feria. Ganadería: Garcigrande, corrida cinqueña, de aparatosa arboladura, muy igualados los toros en la báscula en torno a los 500 kilos, excepto el sexto que pesó 630. Bravo y muy noble el primero, toreable el tercero y deslucidos el resto. Todos, sin excepción empujaron en varas con desusada codicia, tanta, que alguno, como el lote de Talavante, llegó totalmente agotado al último tercio. Mención especial al cuarto, de embestida incierta, que apenas tomó media docena de muletazos: los que Morante quiso dar. Toreros: Morante de la Puebla (petición mayoritaria de oreja aviso y gran ovación, y estocada defectuosa, bronca). Alejandro Talavante (bajonazo y silencio y pinchazo y estocada, silencio) y Tomás Rufo (dos pinchazos y estocada, silencio y estocada trasera y caída, silencio). Subalternos: Destacaron picando Manuel Cid y José Antonio Barroso, en la brega Curro Javier y con las banderillas Joao Ferreira y Fernando Sánchez. Entrada: Lleno. Incidencias: Corrida de la Pensa. Tarde muy calurosa en lo que al clima se refiere y polémica apasionada en el climax establecido a la muerte del cuarto toro.
La verdad es que no sé por dónde empezar. Tengo costumbre de llevarme el cuadernillo de notas para reflejar, sobre todo, la estadística de puyazos, pinchazos, estocadas y descabellos, con la correspondiente sanción a favor o en contra de toros y toreros, así que tomé asiento en mi localidad habitual y me dispuse a tomar medidas para mitigar el calor senegalés que nos ha caído en Madrid a finales de mayo, cuando caí en la cuenta de que la Corrida de la Prensa, que ya no es lo que era; ya no hay manos a mano entre una pareja de matadores (o novilleros) de postín, ni representación de las máximas autoridades nacionales, el Rey, vamos, que este vez no fue y acudió la presidente de la Comunidad, señora Ayuso; dicho los cual, abro el cuadernillo de marras y lo encuentro sin anotaciones de la primera parte de la corrida. Está en blanco. ¿No pasó nada, entonces? Al contrario. Llegó el desiderátum, que es lo más de lo más, lo que aturulla los sentidos y pone congojas ignotas en el alma (no sé si me estoy pasando; bueno, dicho está). Eso es lo que vimos ayer en Las Ventas durante la lidia del primer toro de la corrida, por buen nombre Seminatista.
Ya digo que no me pidan precisiones estadísticas, porque no me acuerdo de nada y mi bock está en blanco, como mi mente, solo ocupada por lo que hacían en el ruedo el toro y el torero. Solo sé que salió Morante, se abrió de capa y allí estalló el desiderátum. Nadie de los allí presentes había visto cosa semejante: la danza limpia y lenta de un capote tras el cual, el toro va en su pos con métrica y ritmo perfectamente encajados, para que la capa vuele tersa y lenta y el toro la huela, pero no la coma.
Eso es lo que hizo un torero impredecible e inigualable. Torear para sí mismo y trasladarlo al toro y al público, en un alarde de extrema generosidad. Claro, cuando el público recibe ese caudal de sensaciones, impactantes, por inesperadas, de momento, queda perplejo, pero en seguida estalla en una tormenta de aclamaciones con ese “Ole” de origen arábigo, que quiere decir “¡por Dios!”. Hasta hizo estallar una ovación al hacerle un quite a cuerpo limpio a un banderillero.
Así lo vi y lo sentí, como lo vieron y sintieron las más de 22.000 almas que me acompañaban; porque para hacer eso, amigos, algo divino debe andar de por medio. Todo lo que hizo Morante con ese buen toro salmantino tuvo que tener algún apoyo espiritual. Esa forma de mover la muleta, en la curva de la embestida, cada vez más lenta en el toro y más cadente en el torero, ¡qué barbaridad! No crean que conté las series y los pase de adorno y la filigrana del molinete invertido o los desplantes de venial arrogancia (¡para contar, estaba uno!), ni crean que indagué cuánto perfecta estaba la espada, entre el pelo dos millones trescientos veintitrés mil tres y veintitrés cuatro del morrillo del toro. Estaba donde tenía que estar: en su sitio. El que no estaba en su sitio era el presidente de la corrida, que negó el trofeo de la oreja a Morante porque al amorcillarse el toro junto al estribo tardó en doblar, hubo de utilizar el verduguillo dos veces y le envió un aviso. ¿De qué le avisaba? ¿En base a qué le negó un trofeo clamorosamente solicitado? Ah, del Reglamento…
¿Pues, sabe lo que le digo? Usted, con su memez reglamentista, se ha cargado una corrida que rebosaba expectación; porque a partir de esa decisión, Morante se negó a dar la vuelta al ruedo, que es un premio de consolación, y éste genio del arte del toreo no tienen necesidad de que nadie le consuele por una “pinche” oreja, que dirían en Colombia. Miró José Antonio al palco, esbozó una breve sonrisa y pensaría: “solo me faltaba dar una vuelta completa al ruedo, ¡con este calor!”…
Esto último es de mi propia cosecha, pero lo cierto es que la tarde se enturbió a partir de entonces, Talavante se enfrentó a un lote de toros que dejaron en varas su caudal de casta brava, y Tomás Rufo quiso torear a un buen toro, el tercero, pero la silbatina y el corrector automático de ortografía taurina que sale del tendido de sol, le abocaron a rematar de inmediato sus faenas. Debió ser entonces cuando Morante pidió la hora a su mozo de estoques, echó cuentas y resolvió su actuación en el cuarto toro, incierto y boyancón, con media docena de muletazos, para liquidarlo después de un sartenazo, susurrando para su coleto: “todavía me da tiempo a ver el partido del Betis”.
Lamentablemente, el resultado no favoreció a “su Beti”. La vida, a veces, es así de cruel; pero a mí nadie me va a quitar el recuerdo de haber visto torear en Las Ventas como tantas veces los toreros sueñan torear. Morante; por tanto, también es un sueño nuestro, al haber coincido en su época de esplendor y disfrutado de un verdadero desiderátum. Y, con todos los respetos: usted, señor presidente, para el tinte.
Publicado en El día de la Rioja





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