Por Fernando Fernández Román.
Madrid, 29 de mayo de 2025. Decimoctava de feria. Ganadería: Toros de El Torero, todos cinqueños. Corrida desigual de presencia, con dos primeros toros escasitos de trapío y el resto más apropiados; estos últimos, en general, bravos en varas y galopones en banderillas, sobresaliendo el quinto, por su duración y el sexto, más encastado que sus hermanos. Toreros: Diego Urdiales (pinchazo, buena estocada y descabello, aviso y silencio y buena estocada, silencio), Andrés Roca Rey (gran estocada, silencio y estocada desprendida, oreja) y Rafael Serna (estoconazo traserillo, silencio y estocada, oreja). Subalternos: Puchano colocó un buen puyazo al primer toro y destacaron en banderillas Viruta y Antonio Chacón. Entrada: Lleno. Incidencias: Otro día de calor veraniego. Rafael Serna confirmaba alternativa.
Todavía candente la colosal faena de Morante de ayer, la actitud de un presidente inepto y la trifulca entre el público por la respuesta del cigarrero, negándose a recoger el premio de “la pedrea”, que es dar una vuelta al ruedo, y hacer una faena de súper-aliño en su segundo toro, la gente de Madrid y de otros lugares más o menos lejanos a la capital de nuestro Reino volvió a llenar la Monumental de Las Ventas hasta los topes. Se notaba un olorcillo a morbo por los aledaños del patio de arrastre (lo del “desolladero” me horripila), y dentro de la Plaza, también: torea Roca Rey, la otra estrella indiscutible del escalafón actual de matadores de toros. Hay, pues, material de sobra para volver a las andadas.
Sin embargo, el público que reventaba las localidades, hasta agotarlas por completo, parecióme una masa compacta de sopor, como esas siestas de cabezada en el sofá que se pegan los comensales que se acaban de engullir unos manjares exquisitos, tanto, que merece todavía el regodeo de la digestión. Es una dormidera corta y dulce, como la que llaman “siesta del Obispo”. Vayamos, pues, al asunto que nos incumbe:
Salieron dos toros chicos, vive Dios, pero nadie protestó su escasa presencia, el primero, además rabón de cola, circunstancia esta que le hace achicar aún más su desmedrada anatomía. El toricantano Rafael Serna se afanó desde el principio por demostrar que venía a Las Ventas a por un triunfo gordo, mientras Diego Urdiales se estrellaba con un toro guasón y molestito, que no valió un duro. El de Sevilla nos dio una de mosqueo cuando buscaba el destinatario del brindis que tenía pensado para el toro de la confirmación de alternativa, y al no encontrarlo en el amasijo de caras se forman piña en los tendidos optó por dedicárselo al público, desde los medios ¡Hombre, no!, eso de poner al que llaman “respetable” como plato de segunda mesa quedó algo feo; pero, en fin… a cualquiera, y más en esta Plaza, se le va la olla.
Esa olla enorme de Las Ventas, que se pone a presión de no sé cuantas atmósferas en cuanto huele que en el condumio que le han echado dentro figura una figura (se entiende del toreo), recuperó su habitual talante en cuanto Roca Rey se puso delante del que hacía tercero de la corrida, un castaño algo más cuajado que sus hermanos anteriores. Bravísimo el toro en varas, fue yendo a menos conforme avanzaba una faena que inició Roca Rey de forma explosiva, con las dos rodillas en tierra y una serie de pases cambiados por la espalda y en redondo de tal guisa. Ahí, en ese punto, una parte del público, tres cuartos, comenzó a decantarse a favor del torero y, el otro cuarto en contra. Bueno, al menos la gente había espabilado de la cabezadita y ya estaba en condiciones de meterse en faena. No obstante, este torero más que Roca es roquedal en sí mismo y aprovechó el caudal de embestidas de un toro venido muy a menos, al que exprimió hasta la última gota. La estocada, de libro. Hasta el momento, la mejor de la feria. Pañolada y gestos de incredulidad, demandaban a voces el trofeo para el peruano; pero héte aquí que un tal José Luis González González, creyó ser el de la Gonzalera de José María Pereda, y se las tuvo tiesas con el público. “A ver si voy a ser yo menos que mi colega de ayer; si éste le negó a Morante, yo, también a Roca Rey, faltarías más…”, pensaría el susodicho. En esas estamos a estas alturas de la Feria.
Por lo demás, la corrida volvió a entrar en una nueva fase de dormidera. El cuarto toro fue un precioso ejemplar de pelo burraco, aleonado de cuarto delantero y astifino de cuerna. Bravísimo en varas, puso en un brete a los banderilleros y se fue apagando en el último tercio. Diego brindó a su paisana Cuca Gamarra (ahora los toreros, en Madrid, brindan mucho a la clase política) y realizó un trasteo de limpieza y sosiego, hasta que el toro, harto de tan buena compostura, se agotó. La estocada, en lo alto, dio con el toro en el suelo y el silencio se adueñó de la Plaza.
Cuando Roca Rey se puso delante del cuarto toro, todo el mundo entró en situación: oreja denegada con mayoría parlamentaria contrastada, y segunda oportunidad para que este torero saliera en triunfo en su primera tarde en Madrid. Serio y bien armado, el toro encastado se fue hacia los picadores como un obús, empujando de veras en el peto protector de los caballos. Comenzó Roca a torear de muleta, y la gente como quien oye llover. Les traía al pairo lo que hiciera o eso se traslucía de la desatención a la faena… hasta que, en lo que se entendía como epílogo inevitable, Andrés se descaró con el toro, lo citó en corto con la mano de derecha y le enjaretó ¡cuatro! series de muletazos en redondo, ajuntándose el toro a la cintura y despidiendo las tandas con larguísimos pases de pecho. ¡Ay, amigos! La Plaza se tornó una impensable colonia del frenesí. En apenas unos minutos, Roca Rey había dado la vuelta a la tortilla en la sartén dorada y caliente de Las Ventas. Cuadró al toro y le recetó una estocada algo desprendida; pero en los tendidos la petición de oreja fue de tal calibre, que el que se creía el Gonzalo Gonzaléz de la Gonzalera de Pereda, dio su brazo a torcer –quizá muy a su pesar—y el trofeo cayó al esportón del peruano. Después, se hizo un silencio aterrador. Rafael Serna se arrodilló delante de la puerta de chiqueros para recibir al sexto. Milagrosamente salió indemne de la temeridad –me pega que estos alardes no están en el manual de estilo de su toreo—y el público le empujó con un cariño poco habitual en esta Plaza. Y el muchacho lo agradeció con una actuación aguerrida, con detalles de calidad artística. Le pegó una estocada al toro y se ganó una oreja legítima. Misión cumplida. De la dormidera, al triunfo, así acabó la tarde de toros de este San Isidro divino y hermoso.
Publicado en El día de la Rioja





Deja un comentario