Feria de San Isidro Entre el ludibrio y el esperpento.

Por Fernando Fernández Román.

Madrid. Vigésimo sexta de feria. Ganadería: Adolfo Martín: Corrida deslucida, mal presentada, excepto el primer toro. La mayoría con aviesas intenciones, salvo el primero. El cuarto, se congestionó en el ruedo y hubo de ser apuntillado. El sobrero de Martín Lorca, manso de libro y con peligro. Toreros: Antonio Ferrera (estocada sin puntilla, ovación y buena estocada, aviso y palmas), Fernando Robleño (excelente estocada, aplausos y gran estocada, aviso, leve petición y vuelta) y Manuel Escribano (pinchazo y media estocada atravesada, aviso y silencio y estocada, aviso y ovación). Subalternos: Miguelín Murillo y Ángel Otero destacaron en la brega y en banderillas. Entrada: Casi lleno. Incidencias: Tarde veraniega. La corrida duró dos horas y cuarenta y tres minutos.

La tarde se presentó con un calor pegajoso bajo el brazo. El “sol y moscas” que preconizaba Guerrita como ambiente climático ideal para torear y ver torear, volvió a ratificar su categoría de broma de mal gusto. Guerrita, al parecer, solía soltar cosas como estas, ante el rendez-vous o el “sí, bwana” de la feligresía que le servía de escolta en su Club de la calle Gondomar de Córdoba. Guerrita –figura cumbre de la torería de su tiempo, no se olvide— dictaba sentencias bastante tontorronas y vaticinios absurdos que delatan su pertinaz capacidad para engendrar boutades. El sol primaveral y las mariposas volanderas son una cosa y el rejonazo abrasivo del solazo y los mosquitos que huyen de chiqueros, son otras. Hoy, en Madrid, nos metimos en Las Ventas con el segundo caso en voracidad plena.

La tarde, sin embargo, tenía como principal aliciente la despedida de los ruedos un torero de Madrid: Fernando Robleño. Las despedidas “oficiales” de los toreros suelen recibirse con emoción contenida, en sincero reconocimiento a una trayectoria, si no excelsa, sí al menos de una honorabilidad intachable. Entrecomillo la palabra “oficiales” porque este tipo de decisiones casi nunca son definitivas. En el año 18 del pasado siglo, una figura emblemática como Rafael el Gallo también se despidió del toreo en Madrid, matando un solo toro –el “fácil”, de Contreras, los demás eran de Guadalest– y al año siguiente reapareció, con gran disgusto de Joselito, su hermano menor, tan crítico con este tipo de informalidades. “¡También se había retirao Maura”!, replicó el Divino Calvo para justificar su retruque.

En el caso de Robleño, las circunstancias son bien distintas. Se va de los ruedos un torero que ya ha cumplido veinticinco años de alternativa y ha tenido a esta Plaza como referente principal en su larga trayectoria por los ruedos del mundo. Es, pues, un torero de aquí, de Madrid; un tipo humano de primera calidad y un artista cuando el toro lo propicia, pero siempre con una honorabilidad intachable. Antes de la salida de su último toro en Madrid, le obligaron a saludar una ovación y el cumplió con creces el detalle del público que casi llenaba la Plaza, con una faena a desgarrapellejo ante un toro de Adolfo Martín que vendía caras las cercanías y le costaba un mundo tomar las telas de torear. Solo permitió algunas tandas al natural de cierto empaque y excelente trazo, a costa de que Fernando se jugara el tipo en cada trance. La faena, de largo metraje, mostró la embestida lánguida y corta del toro y el valor a palo seco del torero, en un contraste que sirvió para que, en esa supuesta última corrida, este Robleño que se nos va recorriera el ruedo en triunfo, saludando una ovación consensuada y sincera. También en el primero de su lote, Fernando sacó pases de una embestida incierta, muy comprometida para el torero, que no volvió la cara jamás.

La corrida de Adolfo Martín no respondió a las expectativas. Se esperaba un lote de toros en el tipo del primero, con sus buenos 602 kilos y una expresión de seriedad que espantaba al más pintado. Un torazo que empujó en varas y siguió la capa azul purísima de Antonio Ferrera con beatífica embestida. Antonio se explayó en redondo y al natural con la muleta, pero a la conjunción toro-torero le faltó un punto emocional, porque, a decir verdad, Ferrera anduvo con el “Adolfo” a gorrazos. En cambio, lo del cuarto fue un lamentable espectáculo, un despropósito colosal. También fue un toro que rebasó levemente los 600 kilos, de morfología asaltillada. Sorprendentemente, comenzó a dar síntomas de estar congestionado, arqueando el espinazo y encogiendo las patas traseras sin dar opciones a los toreros para desarrollar una lidia medianamente eficiente. Era un toro moribundo que se mantuvo en el ruedo cerca de quince minutos, pidiendo el público que Florito soltara su parada de mansos aunque, obviamente, el bravo no los iba a seguir de manera alguna. Al fin, se enteraron los del palco presidencial que lo lógico era dar la puntilla, pero hubo de esperarse a que el pobre animal doblara las manos mansamente. Esto sí que es munición gratuita para los antituaurinos.

El sobrero de Antonio Lorca hizo honor a su nombre, Rociero, porque con sus 615 kilos parecía que acababa de escaparse de alguna carreta que discurre estos días por la senda que lleva a la ermita de la Blanca Paloma. Manso-mansísimo el toro, pero Antonio Ferrera se emperró en meter en la bamba de su muleta a un semoviente de pelo castaño que se movía como una carreta atollada en las arenas del pinar. Iba y venía al ralentí, sin pizca de casta. Y en esos momentos, surgió la payasada de los olés de guasa por parte de un grupito de espectadores que se divierten con el ludibrio más impresentable: el de mofarse de un hombre que está delante de un animal y, en cualquier momento, puede causar un daño irreparable. Daño, también para quienes tenemos que soportar este tipo de comportamientos en la que, dicen, es Primera Plaza del Mundo.

Manuel Escribano se midió con un ave de rapiña, jugado en tercer lugar y una alimaña que cerró el festejo. ¡Menudo lotecito! Con ambos mostró una seguridad de torero cuajado, forjado en mil batallas de este tipo. No regateó lances y ni pares de banderillas (uno de ellos, al sexto, por poco le cuesta un serio disgusto, al estampanarse contra las tablas) y robó muletazos donde parecía no haberlos, manejando después la espada con absoluta contundencia. A pesar de no cortar orejas, se va de Madrid con la cabeza bien alta.

De modo y manera que uno de los protagonistas de la corrida, el futuro “cesante” Fernando Robleño, solo pudo arañar una vuelta al ruedo, eso sí saboreando lentamente la entrega de la afición de Madrid. El resto, ya lo han leído, nada que declarar en la aduana de este difícil escenario taurino, donde ayer echaron un pulso el ludibrio y el esperpento. Punto final: Morante, ya está llamando a la puerta.

Publicado en El Día de la Rioja


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