Por Corina Canale.
El 6 de julio de 1923 el escritor, que no sabía con qué se iba a encontrar en esa fiesta, contaron lo que vieron con rigor visceral.
Y eso fue posible porque su experiencia no se limitó a la mera observación de la fiesta.
Es que, precisamente, él corrió delante de los toros, bebió vino hasta el hartazgo, ganó amigos y sintió la alegría y la euforia que desatan los sanfermines.
Y asistió, como contracara festiva, al dolor por la muerte de un joven corredor, en 1924, la primera feria en la que fue un activo protagonista.
Hemingway continuo asisiendo hasta 1927, con una falta al año siguiente, pero reanudando hasta 1931.
Después llegó la oscuridad de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial.
Pero regresaría a los sanfermines de 1953 a 1959. Este sería el último año en el que el norteamericano visitó la ciudad.
Y cuando el 6 de julio de 1961 los jóvenes de Pamplona desempolvaban el pañuelo rojo y ataban con cintas blancas sus tobillos, en Ketchum, un pequeño pueblo del estado de Idaho, en Estados Unidos, un grupo mínimo de amigos acompañaban a la viuda de Hemingway a despedir al escritor.
Habían pasado exactamente 38 años desde aquel 6 de julio de 1923, en que el joven escritor, en ese tiempo habitante de la colonia americana en París, aguardó el comienzo de una fiesta que le inspiraría el libro con el que inició su exitosa obra literaria.
Días antes, el 2 de julio, el hombre premiado con el Pullitzer en 1953 y con el Nobel, un año después, se había quitado la vida…
Via: La Nueva





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