El torero de Gerena corta tres orejas y sale con fuerza por la puerta grande; Juan Ortega compone una sinfonía callada pero premiada en justicia con un trofeo; patético Talavante en una tarde de tres horas marcada por el viento.
Por Zabala de la Serna.
Daniel Luque vino a sustituir al irremplazable Morante de la Puebla y acabó por hacerse el dueño de la tarde con una rotundidad mayúscula, una plenitud exuberante que acabó en una aplastante puerta grande de tres orejas. Juan Ortega compuso una sinfonía callada, sin música, pero premiada en justicia. Nadie se movió en una plaza llena que sostuvo el cartel de «no hay billetes» hasta tres horas después en una corrida condicionada por el viento.
La duración de las corridas de toros ha desbordado todos los límites en los tiempos modernos. Volvimos a irnos por encima de los 180 minutos (y cuatro avisos), un día después de sobrepasar las tres horas, 195 minutos exactamente. Es inasumible para cualquier espectáculo. No digo ya para el taurómaco en las precarias condiciones de comodidad de las plazas. Sucediendo cosas es mucho; insufrible cuando no sucede nada. Sobran espacios muertos en la lidia, una premiosidad desesperante. Si ya devuelven un toro, dan ganas de pedir una pistola. Sucedió esto en los albores de la tarde con el primero, que apareció fundido y, para colmo, se partió un pitón. El grandón y basto sobrero, también de Puerto de San Lorenzo, no apareció con más vida, sí con más entereza, ausente la bravura. Alejandro Talavante anduvo sonámbulo en una errática lidia del manso. Se sospechaban pocas opciones en el deslucido bruto; Talavante se las quitó todas en el caballo. Para eso sí estuvo vivo. Ya soplaba entonces un viento incómodo.
A las 20.04, más de una hora después del comienzo, Daniel Luque paseaba como broche del segundo turno una oreja con el mérito evidente y manifiesto de haberle podido con firmeza al aire y al toro que tundió con un espadazo colosal. Esta contundencia con la espada sumada al cierre al alza de las populares luquecinas alcanzaron el objetivo. La guinda efectista para una trabajosa o trabajada faena. Fue costoso el pitón derecho del guapo toro, que se venía por dentro arrollando, y más luminoso por el izquierdo. Por esa mano, pese al aire, Luque lo enjaretó y le dio ritmo con un brillo cierto. La elección de terrenos -en los medios asumiendo la exposición al viento- se antojó clave para evitar las marcadísimas querencias del rajadote comportamiento.
Juan Ortega puso a las 20.18 la finura sobre el tapete de La Malagueta. Un cambio de mano cayó como la seda desde el sabroso prólogo de ayudados por alto. Ortega eligió el terreno de las rayas, supuestamente más protegido del viento, para construir poco a poco lo bello con la calidad dormida del toro. A veces Juan también se duerme… Hasta que cogió la derecha y al pulso le sumó conducción -enganchar un poquito más la embestida que gateaba- y redondeó una lenta sinfonía, curiosamente sin música. La estupenda banda de Miraflores y Gibraljaire se quedó huérfana de gusto, a lo peor atragantada por el buen toreo. Quiso concluir JO la faena por la izquierda (¿?) y enterró una estocada cabal. La oreja también fue de ley.
Cuando a las 20.59 Alejandro Talavante saludó una ovación, se constató que no sólo ha perdido el sentido del toreo, sino también el de la realidad y, probablemente, el de la vergüenza. No se puso ni una vez con el largo y notable cuarto. Cabía una pelea de perros entre el toro y el torero, con el culo en la Alcazaba. Apuró aquello cuando el toro ya se rajaba y quería irse del birlibirlonguismo. Un pinchazo y media. Y gestualizaba como si hubiera resucitado a Manolete.
Daniel Luque cuajó de principio a fin al noble quinto en la versión más afinada de sí mismo. A las 21.27 desorejaba de un modo incontestable a un toro de una obediencia infinita por encima de otras cualidades, esa humillación extraordinaria entre ellas. Fue, realmente, la faena más rotunda de su creciente temporada, un compendio de sitio, temple y ligazón. Una redondez absoluta sobre un palmo de terreno. Por una y otra mano el encaje y la naturalidad, la expresión y el desmayo, un géiser para regar su fértil verano. Acabó haciendo encaje de bolillos, mordiendo un pitón y enterrando una estocada sideral. Puerta grande indiscutible.
A las 21.55 Juan Ortega ponía fin a un enclasado sexto demasiado débil, que no hacía justicia al conjunto de la corrida de Puerto con un núcleo notable de tres toros. Y a las 22.00 horas exactas sacaban a Luque a hombros con toda su rotundidad a cuestas.
PLAZA DE LA MALAGUETA. Miércoles, 20 de agosto de 2025. Séptima de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Puerto de San Lorenzo, un cinqueño (1º) devuelto; un basto sobrero del mismo hierro (1º bis) deslucido; notable el 4º; de calidad el 3º; bueno el 5º; frágil el enclasadon 6º.
ALEJANDRO TALAVANTE, DE NAZARENO Y ORO Pinchazo y estocada (silencio); pinchazo y media estocada. Aviso (saludos).
DANIEL LUQUE, DE VERDE BOTELLA Y ORO. Estocada. Aviso (oreja); gran estocada. Aviso (dos orejas). Salió por la puerta grande.
JUAN ORTEGA, DE VERDE MANZANA Y ORO. Estocada. Aviso (oreja); tres pinchazos y estocada (silencio).
Publicado en El Mundo




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