Por culpa de su primo Carlos Canales Rivera tuvo que pagar una deuda de 15.000 euros. “Hacemos equipo. Nos llevamos muy bien”
Por Juan Diego Madueño.
Todavía no ha llegado la cuadrilla a Zahara de los Atunes. Es viernes santo. Cayetano está anunciado el sábado con su primo José Antonio Canales Rivera en un festival -una versión ligera de la corrida de toros- homenaje a Paquirri, que nació aquí. El torero baja de su habitación en el hotel Doña Lola pasados dieciocho minutos de las 21.00. A la cena con Carlos Canales Rivera, el hermano de José Antonio, lo acompaña Samu, el fisioterapeuta. El restaurante está a cinco minutos a pie por una calle a medio arreglar que transcurre paralela a la desembocadura del río del Cachón. En uno de los portales, un azulejo recuerda a Paquirri y Cayetano se detiene debajo. Su padre fundó un hogar del pensionista. “Pásabamos tiempo en Barbate con él”, cuenta. “Nos llevaba de noche al mar. Él solía salir con la zodiac a esas horas. Nosotros lo esperábamos en la orilla con la toalla. Al llegar a una distancia suficiente de la costa, se metía en el agua, en pleno mar. Era una de sus maneras de demostrarse que tenía valor, de ganar valor. Yo no puedo meterme de noche, tan lejos de la orilla. Tengo miedo al mar”, admite.
El restaurante tiene dos plantas. Corona una terraza con vistas a la bahía, tan negra y, además, oscura. A estas alturas del año el vientecillo, la brisa y el aire, como si en este rincón soplaran por turnos las tres frecuencias del viento, hace desapacible cenar en el balcón. Carlos, su mujer y su hija ya esperan. Cayetano carga el carrito por las escaleras. Su sobrina va medio dormida en los brazos de su primo. “Francisco es de la cuadrilla de José Antonio. Carlos y yo siempre hemos sido como hermanos. Me llevo con él mejor que con el resto de hermanos”, dirá más tarde. La típica situación en la que nadie quiere tomar la decisión de elegir la mesa adecuada, donde todos miran al camarero y a su vez el camarero devuelve las miradas la resuelve Cayetano. “Mejor aquí”, dice en referencia a la mesa más resguardada.
“Pues mira, rechacé ser la imagen de Nespresso porque no me gustá el café”, coge el hilo de una conversación. Su primo reprende, con cierta guasa, su manera de ver las cosas. “¿Ahora, por Armani o Loewe sí, no?”, pregunta. “A mí ya me gustaba Loewe antes de que me llamaran. Y utilizaba ropa de Armani. Me acuerdo de que en un tentadero, El Sabio de Tarifa [Juan Luis Muñoz, uno de los célebres personajes que Quintero popularizó en Canal Sur], cuando terminaba las tandas, me decía ‘¡Puro Loewe!’ antes de que me contratara Loewe”.
Cayetano mantiene la fascinación por Estados Unidos. Una querencia como la que tienen algunos yuppies. Hay una sofisticación vieja ahí. “Lo que no voy a hacer es anunciar marcas que no consumo. En Estados Unidos no te dejan. Está prohibido. O al menos lo estaba. No me sentía a gusto anunciando café si no lo tomo. También me ofrecieron anunciar las Lays Gourmet, pero no las como. No pruebo ese tipo de comida”.
Carlos reconstruye algunas historias de cuando eran adolescentes. Cayetano de vez en cuando consulta el móvil. Lo sostiene con la mano derecha y con la izquierda, a la vez que pulsa la pantalla, deja medio levantada, como una portezuela entornada, la funda contra cotillas. El sábado se reunirán con el resto de la familia Rivera. Con el tenedor podría tomarse una muestra de la nostalgia que flota en el ambiente.
EL CARÁCTER RIVERA
Cayetano insiste en que no corre con el coche. Carlos, que hace de chófer a un jefe con mucho dinero, presume de restar diez minutos a los viajes por cada hora. “Una vez estrelló un coche”, adelanta Cayetano. Carlos sonríe y añade: “Tenía 18 años”. Continúa Cayetano: “Era el Toyota Celica del padre de un amigo. Estaba nuevo. Había puesto el coche para ir a la feria de El Puerto de Santa María. Estábamos en un bar desayunando a las ocho de la mañana cuando Carlos pide el coche”. Interviene Carlos ahora: “Quería llevar a Sanlúcar a dos tías”. Cayetano: “Al amigo le digo que me hago responsable. Al rato, aparece Carlos muy serio. Lo primero que dice es ‘nosotros estamos muy bien’. ‘Pero ¿y el coche?’, preguntó mi amigo. ‘El coche está siniestro’”. Carlos recuerda el accidente: “Me estrellé contra el paseo marítimo. En ese momento, no pasaba nadie. Barrimos las farolas. El coche no cayó al agua de milagro. Si llega a caer al agua, no salimos”.

“El padre del chaval no sabía que había cogido el coche. Decidió, como es lógico, no hacerse cargo de los gastos. El chaval llamó a Francisco porque yo no tenía dinero para pagar el arreglo. Intenté hacer un chanchullo con el seguro del entonces novio de mi madre, pero nada, no hubo manera, así que ahí quedó la cosa”, añade Cayetano. Al cabo del tiempo, Cayetano empieza a torear. “Cuando tuve un poco de dinero, llamé a mi amigo para saldar la deuda. Eran unos 15.000 euros. Mi amigo tuvo la idea de usar el dinero para organizar unas vacaciones con el resto del grupo. Y alquilé una goleta para los siete”.

Un rato antes de la corrida, Cayetano, que acaba de ser “tratado” -una de sus palabras favoritas- por el fisio, quiere ir a la playa. Su familia – “algunos rondeños y los Rivera”- empieza a ocupar un comedor. Da un beso a la tía Teresa -a quien brindará el toro que lo voltea sin consecuencias-, y sale por el parking del hotel. Aunque ha vuelto a subir la habitación a por un jersey cuando ya había bajado, vuelve al hotel sin camiseta y descalzo. “Es una situación muy rara. En el aire huele a brasas. La gente está relajada. Y yo voy haciéndome al miedo, preocupado por el piso de la plaza y pendiente de que no haga demasiado viento”.

La corrida del día siguiente, en Bolaños de Calatrava, será suspendida. Todavía no lo sabe y por ganarle terreno a la noche, adelanta su salida de la portátil de Zahara. Deja toreando a Canales Rivera. Tiene prisa. Al subir en la furgoneta, el chófer no arranca. “¿Qué pasa? ¿Dónde están Ramiro y Ángel [el ayuda]?”, dice enfadado. “Terminando de recoger”, señala alguien. “Disfruta, hombre”, aconseja Curro Vázquez. “Venga, sal”, ordena Cayetano, que no termina de dar la orden. En seguida llegan Ramiro y Ángel. Y el ambiente se relaja. O se relaja solo Cayetano. No sé si ha tenido un acceso del carácter Rivera, pero desde luego ha tenido un acceso del carácter Cayetano.
Publicado en El Mundo




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