Monterey: Marco Pérez, el reposo y la verdad.

Hay tardes que no son un suceso, sino una revelación. La de Monterrey fue una de ellas. En la calidez del aire norteño, con el sol tendido sobre los escaños de la Monumental, un joven torero español —Marco Pérez, apenas estrenado en los misterios del escalafón de matadores— dibujó la memoria de un toreo que no se ve todos los días en las plaza de nuestro país, y que de pronto volvió a respirar entre algunos muletazos que brotaron de su inspiración.

Fue el suyo un toreo sin estridencias, sin esa ansiedad que hoy confunde el valor con el ruido. Toreó despacio, con esa lentitud que sólo tienen los elegidos; con ese sentido de la medida que no se aprende, sino que nace con el alma. Frente a “Misionero”, de Santa Inés, compuso una faena de hondura antigua, como si dialogara con el toro más que dominarlo. Por el derecho templó con superioridad; por el izquierdo, los naturales surgieron hondos, casi silenciosos, llenos de un acento que recordaba el arte de los que toreaban sin pensar en la foto, sino en la pureza. Pinchó antes de la estocada y la oreja se le escapó, pero la plaza entera —que no se equivoca cuando vibra— le obligó a dar una vuelta clamorosa.

Luego, con “Cumpleañero”, toro de nobleza apagada, volvió a ser él: el torero de los silencios. Mando sin rigidez, temple sin alarde. Dibujó naturales de seda, muletazos de hondura serena. El toro apenas podía sostenerse, y sin embargo, en esas pausas, en ese aliento contenido, se reveló la verdad de un torero que vino a México a demostrar que puede llegar a ser la próxima figura del toreo español. Otra vez la espada le negó el premio, y otra vez el público lo rescató con su reconocimiento, obligándole a pasear el redondel con la sonrisa de los que saben que han dejado huella.

Emiliano Gamero, rejoneador, fue el triunfador numérico del festejo. A lomos de su caballo “Jaque Mate”, puso la plaza en pie con banderillas al violín de gran ajuste y emoción. En su primero, “Cristiano”, emocionó en las cortas y el rejonazo final le abrió la puerta de la oreja. En su segundo, “Tintero”, la emoción volvió a adueñarse del ambiente: caballos valientes y toreo templado. La afición correspondió con calor, sabedora de que había visto una entrega verdadera en el jinete mexicano.

Paola San Román, torera queretana, puso la nota de tesón y torería femenina. No tuvo suerte en esta ocasión, pero nuevamente dejó ver una actitud que merece más oportunidades.

La ganadería de Santa Inés lidió un encierro de juego desigual, pero con toros de nobleza y casta suficiente para el lucimiento.

Y así transcurrió una tarde en donde la afición de Monterrey fue testigo de la actuación de un torero que no busca la inmediatez ni el aplauso fácil, sino la trascendencia. Marco Pérez toreó como los que aún creen que el arte no está en el gesto, sino en la verdad.

Ficha del festejo: Plaza de Toros Monumental Monterrey. Poco más de media entrada. Toros de Santa Inés, bien presentados y de juego variado. Emiliano Gamero: oreja y ovación. Paola San Román: palmas tras aviso y silencio. Marco Pérez: vuelta al ruedo tras petición en ambos.


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