Opinión: Belleza que yo he visto.

Todo en la vida tiene fin menos la belle-za, la belleza es eterna, aunque mueran los ojos que la miran, aunque cese en su trabajo el artista que la crea. El domingo 12 de octubre -pero ¿qué significa hoy la palabra ayer?- fue la última tarde en los ruedos de José Antonio Morante de la Puebla. ¿La última? No: la primera de una serie infinita (Borges). En la memoria de los aficionados, de los presentes y de los que aún no han nacido, la del doce de octubre del 2025 será la primera gesta del hé-roe, la que da sentido a una vida, como desde la tarde de Talavera o de Linares se comprende a Joselito, a Manolete, a Belmonte en las soledades de Gómez Cardeña. Como un manantial radiante, de esta última tarde brotará un carrusel de instan-tes, una galería o museo de eternidades, de esa quintaesencia de la belleza que da sentido a la vida -¿qué otra cosa es si no el arte? – y nos acompañará siempre, más allá de la luz al final del túnel.

Haría falta ser Shakespeare o Sófocles para poner palabras a la tragedia de Morante, a su soledad metafísica en el centro de un ruedo apoteósico mientras se adentraba en la morada de los inmortales. Rugía la multitud que lo llevaba en volandas hacia la calle de Alcalá («cómo reluce cuando suben y bajan los andaluces») y uno no podía evitar pensar en la zozobra y la angustia interior de este hombre roto por las cornadas del espíritu. No podía más, pero tampoco podía menos. Carácter es destino (Heraclito). Elevado al cielo de las volteretas mor-tales, trapecista sin red, buzo sin campana, el cuarto toro de la tarde lo lanzó al abismo para que lo raptaran los dioses. De no haber sido así solo era cuestión de una o dos tardes más que el toro lo partiera como a Joselito en su gloria o
Ignacio Sánchez Mejías en el Guernica.

Antes había brindado cada uno de sus toros a las dos Españas (la tercera, la cuarta y la enésima están en el graderío de la abstención o en el banquillo de la historia), porque donde dos o más españoles se reúnen en nombre de su pa-tria, habita la discordia en medio de ellos. Mo-rante no da puntada ni recibe puntazo sin hilo. Con el hilo de oro de la tauromaquia erigía un monumento a la concordia. La plaza es un hemiciclo donde las papeletas son pañuelos que vuelan como palomas.

Hay muchos héroes sin capa y luego están los toreros. Héroes que se abren de capa con el superpoder de parar el tiempo, el que transcurre en la lidia y el histórico, el que acontece en la memoria y el que registran los libros y los cantares de gesta. Junto a las efigies de Pedro Romero, de Pepe-Hillo, de Cúchares, del Esparte-ro, del Guerra y Lagartijo, de Rafael el Gallo, de Joselito y Belmonte, de Ignacio y de Chicuelo, de Manolete y Pepe Luis, de Bienvenida y Or-dóñez, de Paula y de Romero; hoy, los ángeles escultores de Benlliure y el toreo están tallando una medalla de mármol con cartela de oro vivo, la viva moneda heroica e irrepetible con el perfil marismeño de Morante de la Puebla.

Y nos sentimos huérfanos, enviamos telegramas -«SE ACABARON LOS TOROS»- y damos cuerda a la moviola de la nostalgia para rememorar tantas tardes, tanta lentitud demorada. Yo quiero recordar ahora aquella de abril del año siete de este siglo cuando lo vimos arrodillado ante la puerta de toriles de la Maestranza ofreciéndose en sacrificio: «¿queréis mi vida?». Las cámaras registraron las palabras del genio que lucha contra la incomprensión y contra los elementos. Es este aspecto sacrificial de Morante, dentro y fuera del ruedo, reside su misterio existencial, José Antonio era ya entonces, lo fue siempre, «el ser de lejanías» del que nos habla Heidegger. En aquel instante, que se resolvió en unos lances de mano baja y podero-sa, ya estaba todo previsto: la larga travesía en el desierto sin suerte en los corrales, la asechanza de la enferme-dad, las tardes de gloria y las tardes de gestos, la tarde del rabo en La Maestranza, como culminación de esa proyección en el futuro que tanto tardaría en resolver-se. Como también estaba escrita en ese instante la tarde de ayer en Madrid, esa plaza limpia de ojana, la de las doce puertas grandes de Paco Camino, la de las ocho de Diego Puerta y las siete de Curro Romero. La plaza que más ha querido a los toreros de Sevilla, por la misma razón que los cuadros de Velázquez se guardan en el Prado.
Nadie le ha cortado la coleta, nadie lo hizo to-rero. Existencialmente solo, Morante como Mozart ante su ‘Réquiem’, cesaba como artista -»lo que queda es silencio» (Hamlet)-, pero ante él se abría el enigma de una vida que ha sido para él más astifina que el toro. No digáis que, agotado su tesoro, muere aquí la tauromaquia, podrá no haber matadores, pero siempre existirá el toreo de Morante de la Puebla. Y como clamaba Juan Ramón Jiménez, ante la fugacidad de la tarde «última y serena, corta como una vida», me digo ante el arte eterno de Morante: «Belleza que yo he visto ¡no te borres ya nunca!»

Por José Maria Jurado.

Publicado en ABC Sevilla.


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