La tarde de este domingo en Guadalajara pudimos ver la plenitud de Luis David que dejó en el ruedo la huella de su entrega y el buen momento que atraviesa.
En un mundo, como el taurino, tan propenso a la injusticia, pocas historias resultan tan incomprensibles como las que ha tenido que sobrellevar Luis David Adame. He aquí a un torero que, temporada tras temporada, se gana el sitio en las plazas grandes con la única credencial que vale: la del mérito propio. Comparece con toros serios, de ganaderías que imponen respeto, y los enfrenta con decisión, con técnica y con un valor que no necesita aspavientos. Y, sin embargo, con frecuencia se le mide con una vara distinta: se le exige más, se le minimiza, se le encasilla en el cómodo cliché de “torero nuevo”, como si no llevara ya años demostrando que pertenece al escalafón de los capaces.

Mientras tanto, ahí siguen otros, amparados por el marketing y los intereses creados, monopolizando ferias y titulares. Toreros que confunden el aplauso fácil con la profundidad y que repiten, tarde tras tarde, sin muchos méritos. Pero al verdadero aficionado no se le engaña: sabe distinguir entre el que destorea y al que torea.
Por eso conviene decirlo sin rodeos: Luis David se ha ganado el sitio no por apellido ni coyuntura, sino por constancia y torería. Es un torero de verdad, de los que no rehúyen el compromiso ni piden favores. Un matador que se ha hecho a golpe de tardes difíciles y silencios injustos, pero que sigue avanzando con la fe de quien sabe que, en esta profesión, la única justicia posible es la que se dicta el ruedo.
Por Gerardo Islas – De SOL y SOMBRA.





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