Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.
Durante el presente año se anunciaron —en algunos casos con la misma frialdad con la que se tiran viejos ladrillos— las demoliciones de la Plaza de Toros “La Florecita”, del “Relicario” de Puebla y de la “Fermín Espinosa “Armillita” en Saltillo Coahuila. Tres cosos con historia reducidos ahora a expedientes urbanos y a decisiones tomadas desde escritorios en donde no se habla de toros y en donde predomina la indiferencia política y la voracidad inmobiliaria.
La Plaza de Toros “La Florecita”, en Naucalpan por ejemplo, fue inaugurada en 1948. Por su ruedo pasaron generaciones de toreros mexicanos, desde aquellos festivales de barrio que se convertían en acontecimientos, hasta novilladas donde se probaron algunos novilleros y matadores que luego funcionaron en plazas de mayor jerarquía. “La Florecita” no era solo una plaza: era el latido humilde del toreo mexicano. Derribarla era arrancar un capítulo entero de la historia taurina del país y otro golpe silencioso a la memoria colectiva de una afición cada vez más arrinconada.

“El Relicario”, en cambio, representaba el presente de una gran época para la fiesta brava en Puebla. Inaugurado en 1988 no solo albergó carteles de relumbrón, sino que también se convirtió en un símbolo cultural para una ciudad que siempre observó a los toros con devoción barroca. Sus festejos de feria, su importancia en los años noventa: todo eso ya quedó atrás y ahora solo permanecerá en la retina de una afición (hoy envejecida) que en su momento la defendió una y otra vez hasta su demolición.
La “Fermín Espinosa Armillita”, en Saltillo, fue inaugurada en 1992 y, aunque no siempre fue una plaza de temporada, sí representó con dignidad la tauromaquia en el norte del país. Sus festejos con los hermanos Armilla, los Silveti y Eloy Cavazos entre otros, marcaron una época en donde apenas bastaban el sol lagunero y un empresario entusiasta para que se llenaran sus tendidos.
Su demolición es, en el fondo, la consecuencia directa de la prohibición de las corridas de toros en Coahuila. Esa prohibición —impuesta desde el escritorio por revanchismos políticos— dejó al coso sin actividad, sin ingresos, sin promotores y sin razón para mantenerse en pie.

Hoy, somos testigos del derrumbe de una tradición que sobrevivió durante mucho años en esas regiones y que lamentablemente se va muriendo a marchas aceleradas
Es lo que digo yo.





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