El Pana y Rey Mago.

Un torero distinto, indómito frente a las normativas clásicas, ajeno a la escuadra y el cartabón de las ‘cartillas de torear’.

Por Fernando Fernández Román.

Ahora que dejamos Colombia servida con dos ferias taurinas de lujo -Manizales y Cali-, parece conveniente adentrarnos en tierras de México, que es, sin duda, el lugar de la América hispana en que con más fuerza tomó arraigo el toro bravo y su lidia, motivo por el cual proliferan en aluvión los cosos por su muy variada geografía. Entre ella se encuentra, ubicado en el centro del país, el pequeño estado de Tlaxcala y la ciudad de Apizaco, que cuenta con una plaza de toros recoleta, de escaso aforo, por cuyo tejadillo emerge la torre de una iglesia colindante, con su campanario presto para el toque de oración o para servir de atalaya, desde donde se podrían ver de balde festejos taurinos de máxima categoría. No en el campanario, pero sí desde el tendido, vi torear a Enrique Ponce junto a dos toreros nacionales de notable cartel.

En este entorno nació el 22 de febrero de 1952, en el seno de una familia humilde, Rodolfo Rodríguez González, apodado El Pana por haber trabajado desde casi niño junto al obrador del horno de una tahona, hasta revelarse como novillero autodidacta e impactante. He aquí uno de los personajes más sorprendentes, a caballo entre la holganza y la genialidad, que ha dado la tauromaquia mexicana en toda su historia.

De El Pana se tenían pocas referencias en España cuando triunfaba (explosionaba, más bien) de forma alternativa, con actuaciones de difícil catalogación; pero en México ya se hablaba de un torero distinto, indómito frente a las normativas clásicas, ajeno a la escuadra y el cartabón de las cartillas de torear, aún vigentes, de las que solo se había escorado Silverio Pérez, con la languidez de su toreo sin prisa que denota el carácter abstruso del indio indolente de una muy remota antigüedad. Durante el tiempo en que se encajan los años 70 hasta el año dos mil y pico, El Pana revolotea por los escenarios taurinos con su toreo exótico. Aparece y desaparece, entra y sale, sale y entra, de las plazas de toros de su país; se lanza al ruedo de espontáneo y se da a la mala vida (es un decir) por tugurios como ocioso irredento, mientras suplica contratos en la plaza México con el desespero de quien se sabe víctima inapelable de su propia revolución interior, que lucha contra el poder establecido.

En esas estaba cuando, por fin, le llega esa postrera oportunidad el 7 de enero de 2007. Se anuncia el festejo como el de la despedida de los ruedos de El Pana. Con él torean el compatriota Rafael Rivera y el catalán Serafín Marín, que confirma alternativa. Los toros son de Garfias y la Plaza registra una entrada deficiente. El Pana ha perdido actualidad; pero en esta ocasión la corrida entrará en los anales del fabuloso escenario taurino, gracias a un toro bravo y noble y a un torero de 55 años, bien cumplidos y vividos, en estado de gracia. La cosa fue así: en el coso de la avenida de Insurgentes de México D.F., el nombre de los toros se pone en los corrales, antes de realizarse el sorteo de las reses. En esta ocasión, posiblemente para sintonizar con la epifanía de la liturgia cristiana de los Reyes Magos que se celebró el día anterior a la corrida en cuestión, a uno de los de Garfias le pusieron por nombre Rey Mago… y cayó en el lote de El Pana. Aquello fue el desiderátum. Embestía Rey Mago lento y dócil a la muleta de un torero arrebatado consigo mismo que dinamitó cualquier atisbo de racionalidad en el ordenamiento de la faena. El Pana arrastraba la suela de las zapatillas por la arena para situarse frente a la cara del toro y lo traía a su jurisdicción, como si quisiera hacerle partícipe de un concierto sin otra partitura que la que iban escribiendo los purititos raptos de inspiración del torero. Los pases en redondo brotaban inconexos, pero la gente botaba en los tendidos, especialmente cuando remataba las tandas con un adorno floreado o echando a la arena los trebejos de torear, después de dibujar un pase de trinchera sencillamente colosal. Para colmo, acertó con la espada y El Pana revivió de repente, de forma casi misteriosa. Creo recordar que José Tomás estuvo ese día en la plaza, porque era un gran admirador del maestro.

También el brindis que prologa este sucinto relato es digno de destacar. Lo transcribo en carne viva, sin censura que valga: «Quiero brindar la muerte de este toro, el último que toreo en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis, putas… a todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando El Pana no era nadie, que me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, bases de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!».

Esa tarde, Rodolfo vestía de rosa y plata, con los remates en negro y los cabos en verde. La apoteosis logró revertir un occiso profesional en una resurrección en toda regla, lo cual propició su llegada a España (a los madriles, me dijo en la entrevista que sostuve con él en el programa Clarín de Radio Nacional de España).

Un torero distinto, indómito frente a las normativas clásicas, ajeno a la escuadra y el cartabón de las ‘cartillas de torear’El diestro, en coche de caballos, puro en ristre, por Carabanchel.En medio de una gran expectación, en 2008 actuó en el Palacio Vistalegre de Madrid, mano a mano con Morante de la Puebla, que reaparecía esa tarde de uno de sus necesarios descansos. Ambos llegaron a Carabanchel en coche de caballos y El Pana hizo el paseíllo fumando un puro descomunal, con el sarope de Saltillo por capote de paseo. Esta vez, el veterano diestro no dio la talla esperada. Morante se hizo dueño de la tarde.

Me ha parecido oportuno evocar a este diestro singular y su tarde de toros memorable de hace 18 años por estas fechas, en la cual, un niño grande llamado El Pana, recogió del toro Rey Mago el mejor regalo de su vida.

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real


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