En un mundo jerarquizado por el triunfo de lo común -los superventas en la música, la literatura, los récords en la taquilla del cine y las puertas grandes en la tauromaquia-, a lo excepcional solamente le cabe rodearse de un coro de adeptos o ser un artista de culto.
La fiesta de los toros siempre ha tenido una especial querencia por quienes poseen el don de lo excepcional, aquellos toreros cuyo arte da a sus maneras, al trazo de su toreo, a su forma de sentir, un prestigio de sobrecogido clamor entre los paladares más exquisitos.
El eje de Triana-Arenal
Su manera de estar en la plaza, la forma de coger el capote o la muleta, incluso la forma de vestir, y, por supuesto, el trazo que con los engaños dibujan, cincelan y mecen las suertes y las embestidas, tiene una luz especial, un aura que los identifica.
Es el caso de Pablo Aguado y Juan Ortega, dos toreros que regresan a la plaza de toros de València en la próxima Feria de Fallas con una línea artística reconocible delante del toro que sigue siendo su principal argumento en ambos conceptos. Ellos son los fogonazos del arte que tendrá el Cap i Casal en el próximo ciclo josefino tras la retirada de los ruedos de Morante de la Puebla.
Ellos, si recurrimos al tópico, representan las dos orillas de Sevilla, la que parte el mismísimo río Guadalquivir. Un microclima urbano donde el toreo ha funcionado durante siglos como sentimiento, liturgia social y hasta paisaje cotidiano, con numerosos monumentos de toreros que son objeto de conservación patrimonial municipal.
El barrio de Triana y El Arenal son una franja histórica entre el casco monumental y el Guadalquivir que quedó marcada por la presencia de la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla.
Publicado en Levante-EMV





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