Por JC Valadez – De SOL y SOMBRA.
En la Plaza de Toros La Luz, la tarde se fue armando como esas grandes funciones que van de menos a más. Tres cuartos de entrada, ambiente de feria y una sensación clara en el tendido: León quería toros… y los tuvo.
La segunda corrida del Serial Taurino León 2026 acabó convertida en una tarde de puertas grandes para Juan Pablo Sánchez y Héctor Gutiérrez, que salieron en hombros tras firmar actuaciones distintas en concepto, pero hermanadas por la verdad con la que se plantaron delante.
Juan Pablo Sánchez tuvo que empezar desde la incomodidad. Su primero, descastado y venido a menos, no ofreció ni fondo ni emoción. Ahí, el mérito fue aguantar miradas y no moverse del sitio. Silencio.
El desquite llegó con su segundo. La plaza hizo erupción con una faena que fue creciendo en temple con muletazos largos y un pulso que sostuvo la nobleza del toro. La estocada puso rúbrica a una labor rotunda y el palco concedió las dos orejas que le abrieron de par en par la puerta grande.
En el centro del cartel, el sevillano Juan Ortega volvió a recordarle a “La Luz” que el toreo, cuando es de verdad, no hace ruido: se impone por su forma. Toreó con una suavidad que parecía que estaba tejiéndose una manta. Hubo muletazos de seda, de pulso lento, de cintura rota. Pero la espada, le negó el premio. Saludó desde el tercio en su primero, escuchó planas en su segundo y, en el sobrero de regalo, dejó otra faena de gusto y trazo fino que se fue apagando, pero nos dejó algunos buenos momentos de toreo clásico. Que buen torero es Ortega y que clase tiene su toreo.
Héctor Gutiérrez, por su parte, construyó su triunfo desde la solidez. En su primero mostró su clase con el capote y firmó un quite por saltilleras que levantó al tendido. Con la muleta llegaron los naturales largos, templados, bien rematados atrás, ante un toro con calidad y nobleza. El fallo con el acero dejó todo en una sola oreja.
En el que cerró su actuación, el escenario fue otro: un toro más corto de recorrido, incómodo, de esos que no regalan nada. Ahí apareció el Gutiérrez de razas y decisión. Estocada y una oreja más que selló su salida en hombros.
León se fue con dos triunfadores a cuestas y con la sensación, no menor, de haber visto la clase de un artista consumado como lo es Juan Ortega. Porque entre las orejas y los aplausos, quedó flotando en el aire ese hilo fino que dejó Juan Ortega… y, aunque no abrio la puerta grande, seguramente dejó algo importante en la memoria de los aficionados.
El encierro de Peñalba, de desigual presentación, acusó falta de casta en general y una excesiva nobleza en casi todos los astados lidiados.





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