La tarde del gran entretenimiento en la Feria de Fallas: un enorme ‘Brazalete’ de Domingo Hernández.

Tomás Rufo solo obtiene una oreja y acaba en el despacho de la autoridad por requerimiento de la presidenta del festejo, Pilar Bojó, en medio de una especie de ambiente incendiario en los tendidos, que rozaron el lleno.

Por Jaime Roch.

Fue una tarde para el entretenimiento con una notable corrida de toros de Domingo Hernández, pero con un pobre espectáculo en su resultado final.

Y no por el juego de los toros, que en líneas generales sí ofrecieron posibilidades a los toreros. Y no pocas. Más en concreto, los animales resultaron algo desiguales de comportamiento en el caballo, pero con exigencias en el tercio de banderillas y con unas cuantas virtudes comunes en la muleta como la prontitud, la fijeza, la nobleza sin docilidad y el estilo de humillar, el ritmo a la hora de descolgar e irse detrás de los vuelos de la muleta, la clase en definitiva.

Y la duración, otra virtud que para los criadores de bravo es ahora mismo la mayor de las virtudes en esta lidia moderna de pases infinitos y faenas larguísimas, con muletazos aplaudidos en un ambiente festivo, con los tendidos rozando el lleno en la plaza de toros de València gracias a las entradas que la empresa había cedido gratuitamente a algunas de las comisiones falleras que las solicitaran.

Y es que ayer se vivió esta lidia, labores insistentes, adocenadas y poco claras ante unos animales que sí eran claros, francos en sus embestidas, que no ofrecieron ni una mala mirada a los toreros y, además, parte a parte, traían la sonora hoguera del almíbar en su clase.

Pero empezaré por el final porque Tomás Rufo acabó en el despacho de la autoridad por, al parecer, requerimiento de la presidenta del festejo, Pilar Bojó. La presión de una especie de ambiente incendiario con el que había transcurrido la mitad de la corrida explotó justo al final, cuando la presidenta sí concedió el único trofeo y el torero de Pepino (Toledo) se la lanzó en plan desprecio para dar tres vueltas al ruedo, con algún aspaviento algo enajenado.

Eso sí, con el reglamento en la mano, la primera oreja siempre es del público y la presidencia la debe de dar. Pero este miércoles no ocurrió así, cuando no se la concedió, también al parecer, por la colocación de la espada en el segundo de la tarde. El público, seducido por el momento, seguía pidiendo la oreja con toro ya arrastrado al desolladero, situación que también retrataba qué tipo de personas llenaban los tendidos a causa de las entradas regaladas.

El mejor toro

Precisamente, ese segundo fue el mejor toro de la corrida. Otro animal que hay que anotar en el cuadro de honor de los toros bravos de la Feria de Fallas: ‘Brazalete’ se llamaba, número 36 y de 589 kilos, tuvo un son extraordinario, ungido también de belleza preclara por la forma de colocar la cara en la muleta de Tomás Rufo. El tranco, la humillación que marcaba ya su entrega en su arrancada, el ritmo sostenido, perdurable, en el trayecto de su embestida. El fondo ilusorio de lo que pudo ser y no fue con ese ‘Brazalete’, puente de plata para los mejores sueños toreros. Cuando embestía en redondo, el de Domingo Hernández era verdaderamente excepcional.

De inicio, con el capote, ya lo cantó con su tremenda humillación. Andrés Revuelta pareó con acierto y aquello no acabó de coger la altura deseada con la muleta. El público, entregado, pidió el trofeo, no se concedió y el malestar se generalizó.

Ese fue el signo que marcó la tarde, la cerrazón presidencial -entendible o no- y el gran toro de Domingo Hernández.

La oreja sí la paseó en el sexto, como decíamos. Lo recibió a porta gayola y desde el tercio le enjaretó hasta tres largas cambiadas de rodillas. Luego, vendría un lío a la verónica, con seis o siete lances canónicos, algunos de ellos a cámara lenta, enganchados y soltados de forma extraordinaria. La verónica, una suerte que domina y que sí salió esta vez en València.

Con este sexto, Rufo firmó lo mejor de la tarde, con un toro que tuvo su fondito aprovechable, a pesar de lo huidizo que resultó en la lidia. El joven toledano anduvo técnicamente perfecto, con la muleta colocada ni muy alta ni muy baja. Los toques sutiles, la mano que tiraba de él con suavidad. Tras una estocada de ley, sí se le concedió finalmente el premio y la cosa se fue de madre.

En el cuarto también le pidieron la oreja tibiamente, pero con menos intensidad, aunque la estocada también fue buena. Al natural sí cuajó algunos muletazos sueltos de calidad. Dio una vuelta al ruedo.

Borja Jiménez no tuvo una tarde clara. Su lote, especialmente el primero y el segundo, también embistieron con claridad por el izquierdo. El primero, más temperamental; el segundo, con más calidad. Su tercero cerró la persiana pronto. La cosa quedó en nada: tres silencios fue el resultado de su tarde en València.

Publicado en Levante EMV


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