La tauromaquia actual, abarrotada de público en Sevilla y Madrid, y más divertida que emocionante, corre el serio peligro de morir de éxito.
Por Antonio Lorca.
La corrida del pasado Domingo de Resurrección en Sevilla —apertura de temporada en la Real Maestranza, cartel de “no hay billetes”, ambiente festivo y un público entregado— dejó una conclusión inquietante: el éxito aparente puede estar ocultando una deriva peligrosa para la tauromaquia.
Fue, sin duda, un triunfo en términos de taquilla y proyección. Ganó el empresario, José María Garzón, al sostener el regreso de Morante de la Puebla como eje de la feria. Ganó la Real Maestranza de Caballería, beneficiaria directa de los ingresos. Ganaron también los actores políticos, cómodos en el callejón y en la narrativa de respaldo a la fiesta. Incluso la presencia del rey emérito añadió un componente simbólico que reforzó la dimensión social del evento.
Pero lo que ocurrió en el ruedo contó otra historia.
El festejo evidenció carencias profundas: toros mal presentados, faltos de casta y fuerza; una lidia sin exigencia; una presidencia cuestionable en la concesión de trofeos; y, sobre todo, un público complaciente, más dispuesto a celebrar que a juzgar. Ovaciones sin fundamento, olés a destiempo y orejas concedidas con generosidad excesiva dibujaron un espectáculo más cercano al entretenimiento que a la esencia del toreo.
La Maestranza, históricamente símbolo de rigor y sensibilidad, pareció irreconocible.
En este contexto, la politización de la tauromaquia emerge como un elemento determinante. La fiesta ha sido absorbida por la lógica de la confrontación ideológica: mientras unos la rechazan como bandera, otros la defienden con un fervor más político que taurino. En medio, el espectáculo queda reducido a instrumento electoral.
Este fenómeno tiene consecuencias visibles. La presión institucional, la búsqueda de audiencias y la necesidad de evitar conflictos han generado un mensaje implícito: facilitar el espectáculo, suavizar la exigencia y privilegiar el ambiente festivo sobre el criterio técnico.
Los presidentes de plaza, designados por instancias políticas, operan bajo ese equilibrio delicado. El resultado es previsible: decisiones complacientes, reglamentos interpretados con flexibilidad y una progresiva erosión de la autoridad en el palco.
En este escenario, Morante de la Puebla ocupa un lugar central. Su regreso ha revitalizado el interés del público y ha devuelto magnetismo a la temporada. Su figura, convertida en referencia casi unánime, trasciende lo estrictamente taurino y conecta con una nueva audiencia que lo eleva a categoría de icono.
Pero ese mismo fenómeno contribuye a distorsionar el juicio. Cuando todo gesto se celebra y toda actuación se magnifica, el análisis crítico se diluye. El toro deja de ser eje del espectáculo y el equilibrio fundamental de la lidia se rompe.
La paradoja es evidente: plazas llenas, gran ambiente y alta visibilidad mediática conviven con una pérdida progresiva de autenticidad. La fiesta, en su versión más complaciente, resulta más accesible y divertida, pero también menos profunda.
El peligro es estructural. Si el público que hoy acude por la experiencia festiva pierde el interés, la tauromaquia quedará desprovista de su base sólida: la afición formada y exigente. Y cuando desaparezca el atractivo político o mediático, el sistema quedará expuesto.
Aún hay margen de corrección. La tauromaquia ha sobrevivido históricamente gracias a sus principios: integridad del toro, rigor en la lidia y autenticidad en el espectáculo. Recuperar esos pilares no es una opción estética, sino una necesidad estratégica.
Porque sin exigencia no hay verdad.
Y sin verdad, la fiesta pierde su razón de ser.
Publicado en El País




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