Por Jorge Bustos.
Solo dos personas en este mundo contingente pueden permitirse creer que hacen falta, y además decirlo:
– Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta.
Uno es Donald Trump, que volvió a la Casa Blanca para terminar la obra que dejó inacabada en su primer mandato, sea esta la que sea. El otro, que es quien realmente pronunció esas palabras el Domingo de Resurrección en La Maestranza, es Morante de la Puebla.
No hay arrogancia en la sentencia del torero, que en todo caso concedió la fealdad del autoelogio, cortesía que a Donald jamás se le habría ocurrido. Pero más allá de la genialidad de un torero de época, y de la crucial diferencia entre jugarse la vida en el ruedo y librarse de ir a Vietnam falsificando un informe médico gracias a las influencias de papá, la sobrada de Morante presentándose como lo que nos falta trasciende quizá los márgenes culturales de la tauromaquia. Del mismo modo que la eclosión del procesionismo que se ha vivido esta Semana Santa -favorecido por el buen tiempo- informa también de una carencia sociológica y de la necesidad popular de satisfacerla.
Los racionalistas más obtusos atribuirán el buen momento de salud de los toros o de las cofradías o de otras manifestaciones de la tradición española -que el fino olfato de Rosalía está sabiendo renovar y explotar- a una rentable combinación de negocio e ideología: el gusto del algoritmo por lo exótico sumado a la ola nacionalpopulista. Pero sospechamos que hay algo más en este fervor por la saeta en una noche cirial, o por la verdad de un capote lentísimo. Sospechamos que la gente experimenta un anhelo de certezas éticas y estéticas en un mundo cada vez más incierto y mutante. A medida que el futuro se torna más amenazador y la disolución de los vínculos comunitarios consolida la soledad del hombre ante la pantalla, se incrementa el valor de aquellas experiencias físicas, predigitales, más reconocibles en la herencia de familias y naciones: la plaza de toros atestada, la cofradía con lista de espera para ingresar, los conciertos de bote en bote. Ocasiones para el cultivo de un sentido de pertenencia algo más cálido que un anónimo puñado de followers.
La historia vive un momento conservador. Hay un visible repliegue identitario que gravita por instinto en torno a las raíces culturales de comunidades formadas por usuarios con nostalgia de personas. Morante tiene razón: hacía falta. Por eso ha vuelto.
Publicado en El Mundo




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