Impresentables victorinos.

Por José García-Carranza.

Ayer por la mañana, aprovechando el día festivo, me acerqué a la venta de Antequera a ver las corridas apartadas. Ha sido un acierto de la empresa recuperar esta antigua tradición. Había un buen ambiente aunque pocas corridas en los corrales, cuestión que otro año habrá que mejorar. A los aficionados nos permiten ver las corridas y su presentación. Es, por otro lado, una manera de acercar el toro a niños, jóvenes, familias que si no no tendrían posibilidad de conocerlo. Seguro que de la experiencia alguno saldrá aficionado.

La corrida de Victorino Martín, impresentable, resultó brava. En general se empleó en el caballo, y en la lidia desarrolló casta humillando en la muleta con nobleza, en especial con el pitón izquierdo, con excepción de los lidiados, en quinto y sexto lugar, los garbanzos negros.

Como digo, la corrida, aun siendo cinqueña, cuatro de los seis toros resultaron impresentables, en especial los tres últimos sin cara alguna. El quinto, un utrero cinqueño, levantó desde que salió la ira del público que, con razón, pidió su devolución a lo que el presidente hizo caso omiso. En realidad, se protestó este toro como se podía haber protestado cualquiera de los lidiados en las corridas anteriores. En realidad, era una enmienda al criterio de selección de la nueva empresa, que parece empeñada en convertir a Sevilla en una de las muchas plazas de segunda que gestiona.

Escribano, ya veterano en este tipo de corridas, estuvo dispuesto toda la tarde. A dos de sus tres toros los recibió a portagayola y, a los tres, les puso banderillas con resultado desigual. El par más destacado, entre otros más vulgares que acabaron con las banderillas en el suelo, fue un par al quiebro cercano a las tablas arrancando desde el estribo de mucha exposición. Su primer toro no destacó en los primeros tercios. Apenas se le picó. Con la muleta no acabó de acoplarse con el toro hasta el final de la faena cuando, con la izquierda, fue capaz de bajar la mano y dar una serie poderosa a la que el toro respondió desplazándose con nobleza hasta el final para rematar con unos pases por alto y despachar al victorino de una estocada, perfilándose largo, trasera y caída que necesitó la ayuda del descabello, a la vez que sonaba un aviso que posiblemente le privó de la oreja. Le tocó en suerte uno de los mejores toros de la corrida, el tercero. Tras recibirlo a portagayola, dio unas verónicas vibrantes delante de los chiqueros. El toro, aunque tardo, dio una buena pelea en varas donde se lució Juan Peña enseñando el caballo. ¡Qué bonita es la suerte de varas bien hecha! Es, triste estadística, el primer toro que se pica de verdad cuando estamos casi en el ecuador de la Feria. Empieza la faena de muleta con unos camperos doblones en el tercio que remata con un gran pase de pecho. Dándole distancia al toro, de manera más efectista que otra cosa, continúa con la derecha y después al natural sin acabar de acoplarse con un toro que quizás habría respondido de otro modo en la distancia adecuada y al que despachó, otra vez perfilándose largo, de una eficaz estocada. Poco pudo hacer con el utrero quinto, uno de los garbanzos negros de la corrida, al que despachó de una estocada trasera.

A Borja Jiménez le tocaron dos toros, segundo y cuarto, que desarrollaron una brava pelea en varas y después en la muleta, por el pitón izquierdo, en el que basó ambas faenas el diestro de Espartinas, tras unos doblones iniciales desarrollaron una gran calidad que Borja supo aprovechar en series largas y poderosas que llegaron al tendido con el victorino, humillado, entregado. El uso defectuoso de la espada, al segundo lo mató de una estocada baja y al cuarto de un pinchazo y media lagartijera y un descabello le privaron de un triunfo que tenía al alcance de la mano. Los matadores no deberían olvidar que, por encima de todo, son matadores de toros. En el último de la corrida poco pudo hacer ante un toro, flojo, que perdía las manos si le bajaba la muleta y embestía rebrincado y reponiendo quizás por la falta de fuerza. Dio otro mitin con la espada.

Salía de los toros decepcionado. De vuelta recordaba la mañana en la venta de Antequera. La infancia con mi padre. La venta del Batán, en la madrileña Casa de Campo, en los mayos isidriles de mi etapa universitaria o tiempos más pretéritos en los que los toros se traían a la plaza desde las cercanas dehesas de tablada o el cuarto a la plaza guiados, como decía Villalón, por Garrochistas de la Isla. Era una manera, quizás, de olvidar una impresentable corrida que no se debió ir al desolladero con las orejas puestas.

Publicado en El Diario de Sevilla.


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