¿Cómo era personalmente? Guapo, seductor, listísimo, bromista, ingenioso, divertido. Buen amigo de sus amigos. Malo, como enemigo, por su lengua acerada, cuando él quería.
Por Andrés Amorós.
Me comenta Jorge Sanz que se cumplen ahora treinta años de la muerte de Luis Miguel Dominguín, el 8 de mayo de 1996. Me parece mentira, como siempre nos pasa cuando se trata de alguna persona querida.
Gracias a la gran relación de mi padre con toda la familia Dominguín, yo tuve la fortuna de ser su amigo, desde que yo era un chiquillo; también, de ver sus corridas en aquel «verano sangriento» (como tituló su libro Hemingway), en el que se enfrentó a Antonio Ordóñez: probablemente, la última gran rivalidad taurina de la historia.
La persona
¿Cómo era Luis Miguel, personalmente? Guapo, seductor, listísimo, bromista, ingenioso, divertido. Buen amigo de sus amigos. Malo, como enemigo, por su lengua acerada, cuando él quería. Malísimo, como marido.
Se casó con la bellísima Lucía Bosé. Amó a las mujeres más hermosas: Ava Gardner, María Félix, Romy Schneider, Miroslava… Fue amigo de Picasso, de Orson Welles, de Jean Cocteau, de Jean Cau, de Peter Viertel. (Este último escribió una novela inspirada en él. La tengo, en francés: es una pena que nunca se haya traducido al español).
El torero
¿Cómo era Luis Miguel, como torero? El mejor de una ilustre dinastía. Su padre, don Domingo, fue uno de los grandes apoderados y empresarios de la historia. Su hermano mayor, Domingo, tenía una extraordinaria inteligencia y muchas inquietudes culturales y políticas; en los ruedos, fue un gran estoqueador. Pepe, el otro hermano, era un gran banderillero y un escritor de muy buen gusto.
Luis Miguel fue un niño prodigio del toreo: igual que Joselito, que Marcial, que Paco Camino, que Enrique Ponce… Veía con claridad y con rapidez las condiciones del toro. Era un diestro muy «largo», poseía un amplio repertorio, dominaba todas las suertes. Tenía un gran valor natural. No era un estilista.
Seguía Luis Miguel la línea técnica y poderosa de Guerrita y de Joselito. Así lo sitúa don Gregorio Corrochano:
«Viendo torear a Luis Miguel, me acuerdo de cuando a Joselito le llamábamos ‘Joselito el Sabio’».
Una vez , el ilustre crítico tituló así una de sus crónicas: «¡Qué gran torero se perdió la época de Joselito y Belmonte!»
Compitió Luis Miguel nada menos que con Manolete, con Domingo Ortega, con Antonio Ordóñez…
Le singularizaba, sobre todo, el carácter, el temperamento. No se dejaba ganar la pelea por nadie. En la Plaza, se peleaba con el toro, con los compañeros, con los espectadores, consigo mismo. Si un sector del público se metía con él, se crecía. En eso, fue un claro sucesor de Ignacio Sánchez Mejías. Ése es el aspecto que hoy intenta continuar Roca Rey.
A sus rivales, les caía antipático el orgullo profesional de Luis Miguel. Lo justificó y definió certeramente Corrochano: «En el toreo, sólo es humilde el que no puede ser otra cosa».
El 1 de mayo de 1949, Luis Miguel toreaba en Las Ventas. Al ver que triunfaba uno de sus rivales, le advirtió a un compañero: «Pero será de mí del que van a hablar». Hizo una grandiosa faena y se autoproclamó orgullosamente el número uno. (Así titulé yo mi biografía). Años después, me comentaba El Mozo, su picador: «Media plaza lo que quería matar y media plaza lo quería sacar en hombros».
Como Gallito, tenía el ideal de la lidia total, completa. El 1 de octubre de 1952, en la madrileña Plaza de Vista Alegre (propiedad de su familia), logró llevarlo a la práctica: pidió el sobrero, retiró a su cuadrilla y lidió él solo al toro, desde que salió del chiquero hasta la estocada.
Lo más llamativo: vestido de luces, sin protección en la pierna, se subió al caballo y actuó también como picador. Al día siguiente, ésa fue la fotografía de portada del ABC, con este pie, en mayúsculas: «NUNCA VISTO HASTA AHORA».
Se preocupó mucho por proyectar internacionalmente la Tauromaquia. Intentó organizar festejos taurinos en Roma y en Moscú. Sí lo consiguió en Belgrado, en la época del mariscal Tito: se celebraron dos corridas de toros, el 2 y el 3 de octubre de 1971, que presidió mi padre.
El suyo, en el lecho de muerte, le pidió que toreara con Antonio Ordóñez, que estaba casado con su hermana. Los que dicen que aquello fue una pura maniobra comercial, se equivocan. Yo estaba allí y pude ver, igual que todos, lo mal que se llevaban los dos cuñados.
Eran dos temperamentos y dos estilos de torear opuestos. Antonio tenía más estética; Luis Miguel, tenía más dominio del toro y era más completo.
En la Plaza, los dos eran grandes figuras: cada uno de los dos tenía sus partidarios. (Preferir a uno o a otro sin haberlos visto torear es más arriesgado). Fuera de la Plaza, sin duda, Luis Miguel no tenía rival: su personalidad era mucho más rica. Lógicamente, eso le molestaba mucho a Antonio.
En 1959, cuando escribió El verano sangriento, Hemingway estaba ya muy mayor y muy decadente. (De hecho, se suicidó una par de años después, en 1961). Acompañando a mi padre, con Luis Miguel, entonces conocí yo al gran escritor norteamericano.
En pleno agosto, don Ernesto iba por las Plazas de toros españolas con su petaca de coñac. Creyó que la Guardia Civil le iba a detener, al entrar en España, y se sorprendió de que no sólo no lo hicieron sino que habían leído sus libros…
Hacía años, había sentido una fascinación por El Niño de la Palma, que luego le decepcionó. Hemingway le dedicó entonces unas frases terribles, que un buen aficionado nunca escribiría.

Al regresar a España, el escritor creyó recuperar su perdida juventud adorando al hijo de El Niño de la Palma, Antonio Ordóñez, que se dejó querer. El verano sangriento (El verano peligroso, en otras ediciones) es la recopilación de los artículos que escribió para los lectores norteamericanos de la revista Life. Está muy bien escrito, como todas las obras de Hemingway, pero su errores taurinos son mayúsculos. Los desmontó don Gregorio Corrochano, en el libro Cuando suena el clarín.
Luis Miguel apenas había estudiado pero era una de las personas con una inteligencia natural más grande que yo he conocido. No leía mucho pero era tan brillante que parecía poseer una gran cultura.
Cuando él me pidió que escribiera su biografía, me dijo que tenía confianza conmigo y que me lo contaría todo, con una sola excepción: «Las señoras. Un caballero no habla de eso». Me pareció muy bien, naturalmente.
Luis Miguel había tenido una vida muy intensa, muy aventurera, muy variada. En su última etapa, le ayudó mucho a encontrar cierto equilibrio Rosario Primo de Rivera, su mujer, toda una señora.
De los poemas que le dedicaron, el más conocido es el de Rafael Alberti, fechado en la Plaza colombiana de Medellín, en abril de 1960, Un solo toro para Luis Miguel Dominguín, que concluye así:
«¡Oh, qué gloria, Luis Miguel!
¡Qué inmortal corrida extraña!
El negro toro de España,
libre al sol del redondel!
Que nada puede doblarlo,
que nadie puede matarlo,
porque toda España es él,
¡oh gran torero de España,
Luis Miguel!»
Quizá el ministro Urtasun se asombre de la pasión taurina de un poeta tan de izquierdas como Rafael Alberti y de que cante al «negro toro de España», como símbolo de nuestra Patria: «porque toda España es él». Quizá…
En el cine, recomiendo mucho la película Yo he visto la muerte (1965), de José María Forqué, una singular recreación de la realidad taurina. En uno de los episodios, Luis Miguel, con la seguridad de un galán de cine, rememora, en una caseta de feria, la tarde trágica de Linares, en la que murió Manolete.
Algunos, que sólo conocieron la apariencia de Luis Miguel, creen que no le importaba el toreo: se equivocan, puedo atestiguarlo con múltiples ejemplos, vividos a su lado. Su vida entera se centró en el toro. Me limito ahora a citar lo que él declaró a François Zumbiehl: «Quisiera que me recordaran como un hombre que realmente ha sacrificado toda su vida al toreo, porque creo que lo he hecho».
Sabía que se había equivocado muchas veces pero que también había logrado algunas cosas grandes de verdad. Estaba orgulloso de tener buenos amigos, de categoría, repartidos por el mundo entero.
Bromeaba con el hecho de que algunos acabaran conociéndolo como «el padre de Miguel Bosé»: en realidad, estaba encantado de eso y orgulloso, de los éxitos de su hijo. En sus últimos años, sin que trascendiera a la prensa, se preocupó mucho por sus hijas y por sus nietos.

Luis Miguel no era una persona religiosa pero al final, igual que les sucede a tantos, aumentaron sus inquietudes espirituales, su preocupación por el destino del ser humano. Contribuyó mucho a ello su gran amigo Juan Antonio Vallejo-Nájera.
En el libro La puerta de la esperanza, recoge José Luis Olaizola lo que éste le contó: en 1989, cuando recibió la noticia de que ya no podían operarle, salió una mañana con Luis Miguel, a caballo los dos, en la finca del torero.
Le rogó entonces Vallejo-Nájera que rezara con él un Ave María, aunque fuera sólo la segunda parte. Los dos lo hicieron, a coro: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…» Al llegar a ese punto, Juan Antonio le interrumpió: «Que tú, Luis Miguel, lo eres de narices…»
Le pidió Vallejo-Nájera a Luis Miguel que rezara un Ave María todas las noches. El torero se lo prometió. Sucedió entonces una escena tragicómica: el médico, emocionado, se acercó, para abrazar a su amigo, pero se resbaló, se agarró al cuello del caballo de Luis Miguel y los dos, juntos, cayeron al suelo…
Esa noche, el diestro le llamó por teléfono: «Juan Antonio, dile a tu Dios que yo le ofrezco mi vida por la tuya y que éste es el primer favor que yo le pido».
Pero Dios no aceptó ese ofrecimiento. Vallejo-Nájera falleció, unos meses después.
Por detrás de la fachada arrogante, provocativa, de triunfador, que tenía Luis Miguel se escondía un hombre inteligente, brillante, entrañable. Por eso, sus amigos de verdad lo recordamos con gran cariño.
Me acuerdo muy bien de una frase que él me dijo: «Daría este brazo derecho por creer». Y estoy seguro de que, esa vez, sí hablaba en serio.




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