Se llama Ignacio Garibay y puede ser un gran torero.

El joven novillero mexicano logra la puerta grande de Valencia a base de buen toreo, con una mala novillada de chamaco, floja y mansa.

Por Jaime Roch.

La afición de València, que ocupó la plaza de calle Xàtiva en casi dos tercios de entrada, ya lo conocía de su etapa sin picadores. Ignacio Garibay, hijo del matador con el mismo nombre, logró salir por la puerta grande tras cortar una oreja de cada uno de su lote. Garibay ya es un buen torero y, lo que es mejor, puede llegar a ser mucho mejor por las formas y el planteamiento que demostró en sus dos faenas.

Y, además, por si fuera poco, tiene inteligencia. Tiene futuro; el futuro de quienes nacen con hechuras de figura. Con el novillo que mató por delante -el tercero- había estado más que correcto: sobrio, sin florituras y con la justa dosis de coba a pesar de que no fue nada fácil porque rehuía los engaños. Un manso con su fondo, que dicen ahora. Lo suficiente para que el público empezara a mirarlo de otra manera.

En el sexto espació otro aroma. Otro perfume. Al novillo, noble y flojo, lo capoteó con manos bajas y con lances de muy variado registro. Gustando y gustándose. Tenaz, con valor y tremendamente templado, dibujó una faena fina y estética. Armoniosa. Algún enganchón sí que hubo, pero el contenido global de la labor lo superó todo. Se trajo siempre al astado con el engaño adelantado y el trazo uniforme. Muy de verdad. Muy en torero.

Le echaba los vuelos muy sutilmente, con mucha categoría. Y así nacía su toreo, de gran dimensión cuando pulseaba la embestida con las muñecas. Una tanda por la mano izquierda brilló y la plaza entró definitivamente en su faena. Rugió directamente. Una buena estocada puso el triunfo en su mano con el novillo que más y mejor se movió de la novillada de Chamaco, que no fue buena: mansa y agarrada al piso.

Félix San Román, con poco o nada de hechura para ser torero, se le ve experimentado, pero a pesar de su entrega no hace un toreo vistoso. Más bien todo lo contrario. Esperpéntico. A pesar de que sus partidarios le pidieron la oreja en el quinto, la presidenta no la concedió para no rebajar la categoría de València. El novillo que tuvo delante sí se dejó, por lo que tuvo que tener mejor trato. Lo intentó y ese es el resumen y su mayor mérito. Dio una vuelta al ruedo por su cuenta.

Voluntad y apuntes de pinturería y buen toreo dejó Alberto Donaire en su regreso a València. Aflamencado en las verónicas en sus dos novillos, que fueron los peores, tiene unas formas y un modo de torear que gusta. Su deficiente uso de la espada le privó, posiblemente, de un reconocimiento de mayor calado.

Publicado en Levante-EMV


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