Antonio Ferrera realizó el toreo en su primero y circo en su segundo este sábado en la Monumental de Aguascalientes. Ferrera es un todoterreno que entrega a manos llenas su voluntad de agradar, hace un esfuerzo evidente, ejercicio continuo, sudor y la clara sensación de un trabajo constante y honrado. Pero tiene una dualidad. Es una especie del Dr. Jekyll & Mr. Hyde del toreo.
Lo más destacable de su actuación lo hizo en su primero ante un toro noble, pero muy débil, al que entendió a la perfección en una faena a media altura, con temple, inteligencia y firmeza. Sin embargo, no estuvo fino con el acero y perdió la oreja.
Con su segundo, el toro más potable del festejo, que tenía una embestida dulce como el almíbar, llegó el circo. Sus chicuelinas fueron unos mantazos a gran velocidad; intentó picarlo, pero perdió la vara al hacerlo; después realizó un tercio de banderillas desigual. Ya envalentonado, tomó la muleta para enjaretarle al toro pases seguiditos, unos templados, otros violentos; unos con el pico, otros con la pala. El toro los aceptaba todos y lo seguía, en los buenos y en los malos. Estaba en éxtasis y arreaba pases como quien sacude el polvo de un sillón: ¡plas, plas!, un pase y otro y otro. Con Ferrera pasa algo muy extraño.
—Es que pone el alma en cuanto hace —me comentaba un aficionado.
—Pero los demás toreros también —le contesté—. Pero con la diferencia de que a los otros los miramos con lupa —si retrasa la pierna, si templa, si mete el pico, si equivoca los terrenos, si da la distancia exacta, si se encorva, si se endereza, si pestañea, ¡qué sé yo!—, mientras que con Ferrera todo da igual.
La última locura de su faena fue plantear la suerte de recibir varios metros de por medio. Pero el toro no le galopó como él hubiera querido y dejó un bajonazo que mandó al toro al más allá. Pero la plaza estaba enloquecida con la obra de Ferrera y le daba igual la colocación de la espada. Le pidieron la primera oreja y se la dieron; luego la segunda, con más fuerza, pero afortunadamente el juez no se la concedió. Molesto con la autoridad, se desquitó dando dos vueltas al ruedo que, en realidad, nadie le pidió. Todo un show.
David de Miranda ha tenido muy mala suerte en los sorteos en México; el pasado fin de semana (en Aguascalientes y Apizaco) no le habían embestido los toros y hoy tampoco fue la excepción. Aun así, a sus dos toros les plantó cara con un meritorio muleteo de generosa entrega, que no pareció agradecer mucho la afición.
Isaac Fonseca estuvo aseadito, a secas, con su primero, y a su segundo le hizo una faena maratónica que no tenía razón de ser. Habría que explicarle a Fonseca que torear es —al menos eso siempre he creído— responder a la embestida del toro con el tipo de lances o pases que aquella necesite, y en el terreno, la distancia y la cantidad que determinen las condiciones de la res. No pegar y pegar muletazos como si la embestida de los toros y su fuerza fueran infinitas. Si hoy Fonseca pegó cien pases, cien zapatillazos también le pegó al toro. En un momento parecía que, además de torear, estaba matando hormigas. Falló con el acero y se retiró entre una marcada división de opiniones.
Bruno Aloi, nuevo en esta plaza, puso mucho de su parte con su primero. Templó derechazos y luego dio algunos naturales corriendo bien la mano, componiendo una meritoria faena que le valió para llevarse una oreja de ley. Se mostró tremendamente voluntarioso con su segundo, otro toro manso y deslucido que no se prestaba para el lucimiento, y se retiró en silencio.
CAMPO REAL Y SANTA INÉS / FERRERA, DE MIRANDA, FONSECA Y ALOI
Cuatro toros de Campo Real y cuatro de Santa Inés, desiguales de presentación; en general, mansos y la mayoría absolutamente descastados; solo el cuarto y quinto dieron mejor juego.
Antonio Ferrera: ovación y oreja.
David de Miranda: silencio en su lote.
Isaac Fonseca: silencio y división de opiniones.
Bruno Aloi: oreja y silencio.
Incidencias: El picador Mauro Prado encabezó el paseíllo en su despedida de los ruedos.




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