Emilio de Justo y Borja Jiménez ofrecen una muy pobre imagen ante dos toros de premio, y Víctor Hernández protagoniza una actuación heroica ante el bravo y complicado sexto, que lo prendió dramáticamente en dos ocasiones.
Por Antonio Lorca.
Cuando es la casta del toro la que manda y se impone, resurge un torero grande o se hace presente la impotencia. Esta tarde, el único torero grande que ha pisado el ruedo de Las Ventas ha sido el joven Víctor Hernández, quien a estas horas se quejará de dolores por todo el cuerpo después de que sufriera dos volteretas dramáticas durante la lidia del sexto de la tarde, un ejemplar de Santiago Domecq, muy bravo en el caballo, al que empujó con genio en las dos varas, y muy reservón e incierto en el tercio final.
A ese toro le presentó el capote Hernández pegado a tablas a poco de salir de chiqueros, y en el primer encuentro lo enganchó por la cintura, lo levantó con extrema violencia, lo lanzó por los aires y con el pitón derecho enhebrado en la chaquetilla lo arrastró varios metros entre el espanto general. Cuando, por fin, el toro soltó a su presa, el único que no parecía conmocionado en toda la plaza era el propio torero, que se levantó, se deshizo de la chaquetilla y pidió el capote para seguir toreando.
Tras la emocionante pelea en varas, Víctor Hernández brindó a la concurrencia, aún conmovida por lo que acababa de suceder, y se dispuso a domeñar al toro fiero y con carácter con la muleta entre las manos. Pero el toro le dijo a poco de comenzar la faena que no se lo iba a poner fácil al torero; y así fue, incierto, áspero, de corto recorrido y miradas tenebrosas, el animal no fue franco en el tercio final y obligó a su lidiador a hacer acopio de heroicidad si quería estar delante de los astifinos pitones. La faena no fue lucida al estilo moderno, sino un ejercicio de épica deslumbrante de un torero de enorme personalidad, temperamental, dominador de la situación y seguro. Pero ninguna de esas cualidades pudo impedir que el toro volviera a prenderlo de nuevo, esta vez por el chaleco, y le levantara los pies del suelo en otro momento dramático y del que, de nuevo, con mucha fortuna, salió ileso. Mató mal, y lo que tenía trazas de ser un triunfo de clamor quedó reducido a una sentida ovación. La valentía del torero ya salió a relucir en la lidia del tercero, con el que inició el último tercio quieto como un poste con una tanda de muletazos por alto, dos de ellos cambiados por la espalda. La descompuesta embestida de su oponente impidió el lucimiento, pero Hernández ya dejó claro que no venía a echarse una siesta.
Caso muy distinto ha sido el de sus compañeros Emilio de Justo y Borja Jiménez. Ambos han dejado en la plaza una muy pobre imagen, que no se corresponde en absoluto con la vitola de figura de la que ambos pueden presumir.
El primero solo estuvo correcto, con poco mando, tandas cortísimas y un par de naturales de mérito ante un toro noble y repetidor con el que escuchó hasta dos avisos después de un mitin con el descabello. Fue silenciada su labor, pero mereció una bronca.
Un manso muy encastado en la muleta fue el cuarto, codicioso y repetidor, incansable en la persecución del engaño, y De Justo le recetó una faena irregular y acelerada en la que se mezclaron redondos de mera compañía de la fiereza del toro con varias tandas —de nuevo muy cortas, impropias para paladearlas— de naturales largos y templados. Y en esa labor destacaron más los abundantes adornos que el toreo fundamental. Total, que cuando montó la espada parecía más una faena de una y no de dos orejas, como el toro merecía. Pero Emilio de Justo volvió a fallar estrepitosamente y escuchó otra vez dos avisos. Una figura que se precie no puede hacer el ridículo de esa manera.
Borja Jiménez también recibió un recado del palco en su primero, tras un trasteo insípido y titubeante y molestado por el viento. Pero lo grave sucedió en el quinto, un encastado toro de capa sarda de Santiago Domecq, que embistió con brío y al que el diestro sevillano no consiguió entender en ningún momento. Había iniciado su labor con tres pases cambiados por la espalda a los que el animal acudió con presteza, pero ahí se acabó la historia. Todo muy acelerado, sin mando ni templanza.
Al final queda el recuerdo de un héroe que está vivo de milagro, Víctor Hernández, llamado para ser figura.
Jandilla / De Justo, Jiménez, Hernández
Cuatro toros de Jandilla, desigualmente presentados, mansos, nobles y descastados, a excepción del cuarto, manso en el caballo, pero muy encastado, codicioso y con clase en la muleta. Y dos de Santiago Domecq, quinto y sexto, bien presentados, manso y encastado el primero, y bravo y deslucido el otro.
Emilio de Justo: pinchazo y estocada baja -aviso-, siete descabellos -segundo aviso- y dos descabellos (silencio); estocada muy trasera y atravesada -aviso-, un descabello -segundo aviso- y un descabello (algunos pitos).
Borja Jiménez: pinchazo -aviso- pinchazo y estocada (silencio); estocada caída y dos descabellos (silencio),
Víctor Hernández: media estocada -aviso- y un descabello (ovación); estocada tendida, tres descabellos -aviso- tres descabellos y el toro se echa (ovación).
Plaza de toros de Las Ventas.. 4 de junio. Vigésimo cuarto festejo de la Feria de San Isidro. Lleno de ‘no hay billetes’ (22.964 espectadores, según la empresa).
Publicado en El País




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