Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA
Hay personajes cuya importancia no se mide por el número de corridas que torearon o por si llegaron a la cima del toreo en su momento, sino por la pasión con la que entregaron su vida a la Tauromaquia. Arturo Magaña Gutiérrez fue uno de ellos. De esos hombres que nunca entendieron la Tauromaquia solo como un negocio, sino como una manera de vivir y de soñar.
Con su fallecimiento, ocurrido este martes en San Miguel de Allende a los 79 años de edad, desaparece uno de los últimos representantes de una generación de taurinos del siglo XX que aprendió el oficio recorriendo todas las plazas, buscando oportunidades y construyendo su camino a base de triunfos y fracasos.
Nacido en Aguascalientes en 1946, Magaña conoció la dureza del oficio desde sus inicios. Fue novillero, matador de toros y, más tarde, un apoderado intuitivo, apasionado y visionario, capaz de apostar por toreros de personalidades tan distintas como Jorge de Jesús “El Glison” y Leonardo Benítez, a los que catapultó al éxito profesional y económico.
Quienes lo tratamos recordamos a un conversador incansable, generoso con los amigos y dueño de una memoria privilegiada para contar historias de la tauromaquia desde sus entrañas. Hasta en sus últimos años nunca perdió el entusiasmo ni la capacidad de ilusionarse con un torero, una tarde o un proyecto.
Arturo Magaña fue un taurino romántico de los de antes, un personaje pintoresco cuyo legado permanecerá en la memoria de quienes compartieron camino y anécdotas con él.
Descansa en paz, Arturo Magaña.





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