La corrida de Herederos de Gregorio Garzón Valdenebro, escasa de fuerza y casta, arruina una jornada marcada por el homenaje a la Selección Española, el Día de la Japonesa y la esperada reaparición del cigarrero.
Por Gloria Sánchez-Grande.
Algunas ciudades parecen empeñadas en celebrar varias fiestas el mismo día, como si temieran quedarse sin calendario. Este lunes, La Línea de la Concepción cumplía 156 años como municipio independiente, repartía japonesas por sus pastelerías con la misma devoción con la que otros reparten estampitas, y seguía por el teléfono móvil la rúa triunfal de la Selección Española por las calles de Madrid después de conquistar el segundo Mundial. En la plaza de toros de El Arenal, sonó el Himno de España al terminar el paseíllo. Las cuadrillas rompieron filas, el público agitó banderas rojigualdas y los cánticos futboleros se mezclaron con los acordes de la banda en uno de esos instantes en los que el toreo se deja contagiar por lo que ocurre fuera de sus muros.
El problema fue que, cuando empezó a hablar el toro, se acabó la fiesta.
La corrida de Herederos de Gregorio Garzón Valdenebro resultó ser una colección de animales tan nobles como desfondados. Más que toros parecían promesas. Bastaba un puyazo, o a veces ni eso, para descubrir que llevaban la bravura escondida en una proporción casi homeopática. Eran como las japonesas de crema que esa misma mañana habían recorrido las vitrinas de las pastelerías linenses. Mucho bollo y un relleno que desaparecía a la primera cucharada. Después quedaba únicamente una masa dulce, blanda y resignada. Así embistieron casi todos.
Sin emoción, el toreo se convierte en un ejercicio de caligrafía. Puede haber buena letra, incluso belleza, pero falta el temblor que obliga al espectador a agarrarse al asiento. Y eso fue exactamente lo que sucedió durante buena parte de una tarde que había despertado una expectación enorme, alimentada además por el accidentado culebrón previo del cartel.
Porque Morante de la Puebla acabó siendo, paradójicamente, el gran protagonista antes incluso de vestirse de luces. Su incorporación de última hora obligó a desmontar el diseño inicial del abono, retrasó la presentación oficial de los carteles y desencadenó un efecto dominó que llegó a poner contra las cuerdas la presencia de David Galván, el torero de la tierra. Después de tantos giros de guion, el regreso del cigarrero merecía una corrida con más argumentos. No los tuvo.

Tampoco ayudó la presentación. Los tres primeros ejemplares, lavados de cara y justos de presencia, reforzaban esa vieja teoría de que determinadas ganaderías no crían toros para inquietar a los toreros en los patios de cuadrillas, sino para tranquilizarlos. La sangre de Núñez del Cuvillo terminó hace años por imponerse sobre el viejo encaste Núñez en la casa Garzón Valdenebro, pero lo que desembarcó en El Arenal pareció una versión reducida y de poca gasolina.
Morante abrió plaza con Tarzanillo, un toro tan liviano de fuerzas como correcto de hechuras. El sevillano lo entendió desde el primer instante. No era tarde para heroicidades, sino para administrar lo poco que el animal llevaba dentro. Lo toreó con esa naturalidad que hace parecer fáciles las cosas difíciles, encajado, despacio, cosiendo los muletazos con la cintura mientras el toro iba perdiendo combustible casi al mismo ritmo que avanzaba la faena. Había momentos en los que daba la impresión de que Morante estaba toreando en la Maestranza y el toro, sin saber muy bien dónde se encontraba, simplemente obedecía. El contraste producía cierta melancolía.





Sonó la música. Sonó bien, con pasodobles menos transitados y un trompetista especialmente inspirado en Nerva. Pero ni la banda podía regalarle fuerzas al toro. Tras un pinchazo y una estocada baja llegó una ovación sincera, más dirigida al torero que al resultado de la faena. Camino del callejón, Morante dejó escapar una frase casi en voz baja: El siguiente. Como quien confía en que el destino todavía le deba una.
El destino respondió con Suspendido. El nombre no podía ser más oportuno. El cuarto tenía bastante más toro por fuera. Menos pastel y más corteza. Pero por dentro escondía el mismo vacío. Morante lo dejó en el caballo con unas chicuelinas al paso acariciadas por el poniente, uno de esos detalles que justifican una entrada aunque duren apenas unos segundos. Al salir de la cara del animal estuvo a punto de ser atropellado. La escena terminó con el capote al hombro, perdido ya el peligro inmediato, una zapatilla extraviada sobre la arena y ese aire gallista que sólo algunos toreros son capaces de improvisar sin proponérselo.
Brindó la faena al empresario Curro Duarte. El gesto pareció contener más de un mensaje. Quizá un agradecimiento. Quizá una forma elegante de cerrar el largo capítulo de dudas que precedió a su contratación. Quizá ambas cosas. Lo cierto es que Morante hizo un esfuerzo inhabitual con un toro al que, en otras circunstancias, habría despachado mucho antes. Insistió, buscó el sitio, le robó muletazos por ambos pitones y hasta soportó un serio aviso cuando Suspendido, con la mala costumbre de meterse por el izquierdo, le buscó la barriga en un cite algo más largo de la cuenta. Siguió toreando. Quería cortar una oreja en La Línea. Se notaba demasiado.
La música volvió a sonar. La faena se alargó más de lo aconsejable. Morante terminó prácticamente refugiado en tablas, donde entrar a matar se convirtió en un pequeño laberinto. Dos pinchazos y una estocada dejaron otra ovación. Ni el empeño del torero pudo compensar la anemia de un toro incapaz de sostener una historia con principio, nudo y desenlace.
Pablo Aguado encontró en Cantador al único toro que amagó con alterar el guion. Lo recibió con unas chicuelinas de mucho aire y firmó después ese toreo suyo de media cucharada de azúcar: justo, medido, sin una línea de más. Cuando decidió ganarle terreno, el toro lo prendió del muslo derecho y lo lanzó al aire. El susto fue grande; la fortuna evitó la cornada y sólo descosió la taleguilla. Aguado volvió sin aspavientos, mató de una estocada delantera y paseó una oreja.
Durante la vuelta al ruedo comenzaron a caer banderas de España desde los tendidos, mientras en Madrid la Selección levantaba la Copa del Mundo. En El Arenal, sin embargo, la corrida seguía empeñada en recordar que ningún trofeo podía disimular la pobreza del encierro.
El sexto terminó de certificar el naufragio ganadero. Salió inválido, incapaz de sostenerse sobre las manos, y el público, que bastante paciencia había tenido ya, acabó imponiendo el pañuelo verde entre gritos de “¡fuera, fuera!”. Lo grotesco vino después. Sin cabestros preparados para devolver el toro a los corrales, se intentó apuntillarlo desde el callejón. Tuvo que ser Iván García quien, con más sentido común que el resto, condujera al animal hasta chiqueros. El sobrero, el doble de voluminoso que toda la corrida, confirmó la sospecha de la tarde: había cuerpo, pero seguía faltando alma. Aguado quiso arañar la oreja que le abriera la Puerta Grande junto a Ortega, pero entre el pinchazo y el descabello sólo quedó una ovación mientras buena parte del público emprendía ya el camino de salida.
Ficha del Festejo
Plaza de toros de El Arenal. Primer festejo del abono. Tres cuartos de entrada. Toros de Herederos de Gregorio Garzón Valdenebro. Justos de presentación y lavados de cara los tres primeros. Algo más fuertes los últimos. Nobles, pero escasos de fuerza. Varios pitados en el arrastre por su pobre juego. Al sexto, lo echaron para atrás por inválido y salió el 6º bis, de la misma ganadería, pero el doble de volumen que todos los anteriores.
Morante de la Puebla, de nazareno y azabache, ovación y ovación; Juan Ortega, de visón y oro, oreja y oreja; Pablo Aguado, de canela y oro, oreja y ovación. En las cuadrillas saludaron Juan Carlos Sánchez, Jorge Fuentes e Iván García.
En el callejón, varias autoridades y personalidades: Julián López “El Juli”, Fermín Bohórquez, El Tato, Almudena Martínez, Carlos Herrera…
Publicado en Europa Sur



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