David de Miranda conquista La Línea mientras Talavante se lleva la bronca de la feria.

La entrega del onubense, que toreó lesionado y cortó dos orejas, contrastó con la apatía del extremeño en una corrida desigual de Juan Albarrán en la que Castella salió a hombros sin dejar huella.

Por Gloria Sánchez-Grande.

La tarde terminó siendo un examen de conciencia. No para el público, que bastante tiene con pagar la entrada. Para los toreros. La última corrida de la Velada y Fiestas de La Línea de la Concepción dejó precisamente eso: una pregunta incómoda. ¿Qué se le debe al espectador? David de Miranda respondió toreando con el cuello maltrecho. Sebastián Castella, cumpliendo el expediente con la eficacia de quien nunca pierde el tren. Alejandro Talavante, en cambio, pareció cuestionarse durante dos horas qué hacía allí.

La corrida de Juan Albarrán tampoco ayudó demasiado. Toros de hechuras muy dispares, varios con una fealdad llamativa, mansos en conjunto aunque con movilidad. Un lote que pedía oficio antes que inspiración. De esos que obligan a inventarse la tarde. Sólo uno aceptó el reto de verdad.

Porque David de Miranda venía lesionado. Apenas veinticuatro horas antes había tenido que caerse del cartel de Mont de Marsan por un fuerte traumatismo cervical que apenas le permitía mover el cuello. Podía haberse quedado en casa. Nadie le habría reprochado nada. Pero decidió hacer el paseíllo. Hay toreros que consideran suficiente aparecer anunciado. Otros creen que el contrato empieza cuando suena el clarín. Esa diferencia, que parece pequeña, acaba midiéndose desde el tendido.

Y La Línea estaba con De Miranda incluso antes de que abriera el capote. Su primero fue castigado con una lidia incomprensible en el caballo. Dos puyazos. Uno en la contraquerencia y otro casi de propina cuando el toro ya hacía amago de buscar la puerta. Otro episodio para esa colección de varas que esta feria merecería estudiarse en una academia, pero como ejemplo de lo que no debe hacerse. Rajado, sí. Pero con movilidad.

De Miranda brindó al público. Sonó enseguida el pasodoble Virgen de la Macarena y allí se quedó plantado, como si el cuello dolorido perteneciera a otro. Hubo naturales de mucho ajuste, un toreo siempre hacia delante, de valor seco, sin demasiadas florituras, con esa sensación de hambre que no se puede fingir. Porque el valor puede ensayarse; el hambre, no. La estocada fue rotunda. Las dos orejas también. Y, sobre todo, el reconocimiento de una plaza que agradeció mucho más la actitud que el número de muletazos. Menos mal que estaba David de Miranda.

Su segundo encontró todavía menos colaboración. Otro toro muy mal picado —como casi toda la corrida— y un tercio de banderillas digno de una comedia de enredo desembocaron en un clarinazo interminable para ordenar el último tercio. Tan largo fue que dio tiempo casi a despedir oficialmente la feria y citarse para el año que viene. El onubense brindó a la presidenta de la Diputación de Cádiz, Almudena Martínez. El toro apenas quiso saber nada de nadie. Reservón, deslucido y siempre pensando más en defenderse que en embestir. De Miranda volvió a tirar de vergüenza torera, que no cotiza en bolsa pero sigue teniendo mucho mercado entre los aficionados. Acabó imponiéndose a base de cercanías y voluntad. La ovación final tuvo menos premio que reconocimiento.

Antes había pasado por allí Talavante. O algo parecido. El extremeño llegaba condicionado por una infección en un pie provocada por una rozadura que terminó complicándose hasta obligarle a tratarse con antibióticos e incluso a torear descalzo en otros compromisos. El problema existe y duele. Nadie debería discutir eso. Lo discutible fue otra cosa.

Su primero, probablemente el toro de mejor presencia del envío, fue recibido con aplausos por el público. Talavante nunca terminó de querer verlo. Cinco minutos de probaturas, dudas que parecían más teatrales que técnicas, una faena sin argumento y una muerte tan fea como precipitada. Leves pitos.

La sensación que quedó no fue la de un torero limitado por el dolor. Fue la de alguien que había decidido que aquella tarde no merecía demasiado esfuerzo. Y el tendido lo percibió enseguida. El quinto terminó de romper cualquier posibilidad de reconciliación. Derribó al picador, rompió la vara del reserva y desarrolló una embestida anárquica, de esas que obligan a inventarse una lidia distinta. Las cabras también tienen pastor. Pero Talavante renunció antes de empezar. Entonces estalló la plaza.

Los reproches llegaron desde todos los sectores. Algunos perfectamente reproducibles. Otros pertenecen ya al patrimonio oral de cualquier plaza de toros cuando el enfado alcanza temperatura de ebullición. Talavante mató de un bajonazo. Mientras sonaban los gritos de “¡Fuera, fuera!”, buscó refugio tras las tablas. Allí terminó su tarde. Casi con la misma discreción con la que había transcurrido.

Castella, mientras tanto, hizo exactamente lo que acostumbra. Ni más ni menos. Abrió plaza con un toro terciado, con cierta casta y bastante sentido por el pitón derecho. Comenzó sentado en las tablas, recurrió pronto al cambiado por la espalda que forma parte de su curriculum artístico desde hace dos décadas y construyó una faena eficaz, perfectamente ensamblada, sin demasiadas grietas ni demasiadas emociones. Mató de una buena estocada. Una alguacililla, con las uñas pintadas de un naranja fosforito que probablemente fue el detalle cromático más rompedor de la tarde, le entregó la oreja.

La segunda llegó con el cuarto, quizá el toro más antiestético del envío. Feo de hechuras. Más feo todavía de cara. Castella respondió con el catálogo habitual: estatuarios, cambiados por la espalda, firmeza y oficio. Todo correcto. Todo reconocible. Todo perfectamente olvidable. Salió a hombros. Y probablemente mañana nadie será capaz de recordar un muletazo concreto.

La corrida de Juan Albarrán, procedente de una casa ganadera asentada en Badajoz y construida sobre sangre de Juan Pedro Domecq con aportes de Núñez, Torrestrella y buena parte del legado de José Luis Pereda, confirmó una movilidad apreciable, pero demasiada mansedumbre y un comportamiento desigual. 

Al final, la fotografía de la tarde resultó bastante reveladora. Castella salió a hombros. De Miranda salió a hombros. Talavante salió como pudo. Pero la verdadera puerta grande fue otra. La del respeto al oficio. Esa sólo la cruzó uno.

Ficha del festejo

Plaza de toros de El Arenal. Última de feria. Media entrada. Toros de Juan Albarrán, dispar de hechuras y caras. Varios ejemplares, feos. Mansos con movilidad, en líneas generales. Sebastián Castella, de grana y plata, oreja y oreja; Alejandro Talavante, de catafalco y plata, leves pitos y bronca; y David de Miranda, de verde y oro, dos orejas y ovación. En el callejón, Enrique Ponce.

Publicado en Europa Sur


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